Alcanzar fama literaria: poesía rescatada (1)

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Libros
Libros y literatura. Fuente: Instagram

Un paseo por la biblioteca me hace ver lo complejo que es eso que se ha dado en llamar “alcanzar la gloria literaria”. Por un lado están los grandes clásicos, autores indiscutibles como Cervantes, Shakespeare o Kafka a los que generaciones de lectores han ratificado como modelos dignos de ser imitados, bien por su inventiva, bien por su estilo (clásicos en el sentido de ‘dignos de ser enseñados en clase’).

Por otro lado, los autores recientes, en trance de ser aún considerados, pero cuya presencia en las librerías, en los dominicales especializados en literatura donde se los alaba, en las estanterías de las bibliotecas, ya indica al menos un reconocimiento público momentáneo.

Por último, quedan aquellos que publicaron su libro, tuvieron una escasa o nula difusión y duermen en los estantes de bibliotecas públicas locales o universitarias sin mayor sorpresa que la de una mano azarosa que los rescate.

Pues bien, me quiero centrar en estos últimos, por lo porosa que es la frontera entre ese segundo y este tercer tipo, y por las varias sorpresas que me he llevado.

No hace mucho hojeaba unos consejos para el escritor novel sacados de un taller de escritura que me hacía pensar en los consejos para «aspirantes a escritor» de Wisława Szymborska: si, efectivamente, la literatura se compone en buena medida de arte y técnica, no todo lo que cumple con los requisitos técnicos (rima, similicadencia, trama, estructura) llega a ser arte, de ahí que sea más fácil conseguir una buena tarta sumando los ingredientes en su justa medida que un buen poema o una buena novela…

Pero en este recetario falta un ingrediente importante que en el mundo literario se da y, sin embargo, en el mundo de los sabores es difícil que se sustente: la intermediación mediática, la crítica. Imaginemos esto: un pastelero quiere vender sus tartas y paga una campaña publicitaria maravillosa que llega a ojos de cientos, miles de persona, e incluso amaña un premio para que hagan de su tarta la mejor de la región. Es seguro que esto hará que acabe vendiendo a corto plazo muchas más tartas que sin ese premio o esa campaña, pero, al probarla, si no es buena (o peor aún, si es mala, muy mala), el boca a boca hará caer en picado a largo plazo sus ventas.

Creo, desde mi opinión personal, que algo diferente ocurre con la literatura. Sin que sea generalizable a todos los casos, he leído ya en bastantes ocasiones libros premiados de poesía y novela que difícilmente habrían pasado el baremo de una editorial imparcial que quisiera publicarlos por su calidad literaria. Recientemente me ha pasado con dos de muy distinto cariz, galardonados con jugosos premios, y esto me ha hecho desconfiar una vez más de enviar manuscritos a premios que, ya sea por las redes de amistad de ciertos miembros del jurado —que desconozco—, ya por el beneficio de venta que puede repercutir a la editorial que los convoca, concederá sus galardones a autores preacordados. Uno se pregunta si las circunstancias extraliterarias y los círculos de amistad influyen demasiado en las concesiones, algo así como si la recomendación de tus conocidos hiciera que la tarta te supiera mejor… En la literatura, a un premio sigue otro premio, puede que también concedido por influencias, hasta que la tarta acapara el mercado y hace desaparecer las pastelerías con otras tartas que saben mejor.

Por fortuna, como decía, en ocasiones hay sorpresas. Premios de alcance más local y galardones menores, que no cuentan normalmente con personalidades en sus jurados, pueden mostrar destellos de calidad (aunque, no obstante, también hay mucho que debe descartarse). También figura en otros libros aparecidos en editoriales independientes, pequeñas, de tiradas cortas y menor difusión, por lo general relacionado con un coste de distribución inasumible.

Algunos de estos casos son el de José María Antón Morla, autor de El don de la luz (XIV Premio Internacional de Poesía Miguel de Cervantes de la ciudad de Armilla, Granada), 2010, y, rescatado de los depósitos de la biblioteca, el de Ángel Moreta, Manual de arqueología (Juan Pastor editor, 1993, Colección Niebla de poesía, sin premio). Sorpresas agradables, quizá debido a una misma manera de ver el mundo, a una actitud más reflexiva y pausada ante la vida y a un alejamiento de la poesía mediática del desamor y circunstancias de poetuiteros. Una poesía madura, entendible y capaz de hacer pensar a quien la lee por encima de lo sucedido a esa persona; universalizable, en definitiva, al estilo de la de Joan Margarit.

Del primero destacaría su sosiego y capacidad de observación, su gusto por el detalle y la ampliación de una pequeña anécdota a algo atemporal; del segundo, la estructuración homogénea, basada en series (como la de monumentos: castillos, catedrales, estatuas yacentes) que dan pie a reflexiones sobre los momentos vividos, por uno mismo y por los que nos precedieron. La serie “Poemas de la periferia”, aunque con altibajos en calidad, bien podría ser, por ciertos poemas con imágenes casi fotográficas, un antecedente de Las afueras de Pablo García Casado

Obviamente no son todos poemas conseguidos en estas obras, pero en las chispas es donde se ve ese fulgor de la poesía. ¿Cuántos otros autores rescatables dormirán en las estanterías de los no premiados? ¿Cuántos habrán sido apartados en concursos a favor del favoritismo de los galardonados, con menor calidad, quizá, pero mayor prestigio mediático o amistad con los jurados? Podemos pensar al menos que el tiempo pondrá en su lugar aquello mediocre publicado, pero ¿qué pasará con lo publicado con relativa calidad, que apenas se distribuyó ni fue leído por casi nadie? ¿Se perderá, sobrevivirá? ¿O será como en el poema Guarrazar de Ángel Moreta: «Campo elemental, tierra de sequía, / olivos, viñas, trigales, silencio.»?

Rescato aquí cinco poemas breves, los dos primeros de José María Antón Morla (1, 2), casi al estilo de Dionisia García, y los tres últimos (3, 4, 5) de Ángel Moreta, para que no se olviden:

 

1

El reloj

Deja caer el péndulo
sonido tras sonido en el pozo
insondable del tiempo.

Me asomo a su brocal por si encuentro
allí el tesoro de los días claros.
Me devuelve unos cuantos
objetos oxidados entre lodo.

2

Escena

Entra por la ventana
la claridad como si el día
hubiera florecido con la nieve
de las ramas que asoman por la tapia.

Sobre la mesa, el limpio
reposo de la luz
en el agua de un vaso;
el halo que proyectan en el suave
tapete los cristales de unas gafas
para vista cansada;
aún tibia la ropa
recién planchada
y olorosa a las manos de mi madre.

Perduran no sé dónde
los objetos y vuelven
de dentro de nosotros y componen
esta escena que ahora me conmueve.

 

 

3

Titulcia [nota: pueblo de Madrid donde se han encontrado restos celtibéricos y romanos, cercano al río Jarama y Ciempozuelos, que sufrió hace años la especulación inmobiliaria]

Ni siquiera ruinas lamentables,
ni una piedra labrada, trofeo,
en los cimientos de los chalés.

Devastada Titulcia. Pero brillan
destellos de cristales de yeso
en el monte de Venus.

Y entre los terrones del barbecho
un fragmento de terra sigilata,
memoria de antigua ventura.

4

Capilla de Anaya, claustro de la catedral vieja, Salamanca

Gutierre de Monroy y Constanza de Anaya,
su mujer, duermen vestidos, preparados
para levantarse cuando sea de nuevo
el tiempo glorioso de los elegidos.
El arzobispo Don Diego sonríe icónico,
contempla la eternidad con los ojos abiertos;
sin embargo,
quien colocó la reja en torno a su sepulcro
no admitía dudas.

5

Sepulcro del obispo don Luis de Acuña, Diego de Siloé, catedral de Burgos

Impaciente, desconfiado o incrédulo,
el obispo quiso asegurarse la inmortalidad
de la piedra y el arte en un sepulcro.
El escultor que labró el monumento
recibió por su oficio doscientos ducados,
con ellos subsistió una temporada.

 

 

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