Ya no queremos ser princesas

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Cuando era niña vi tantas veces La Bella y la Bestia (Trousdale y Wise, 1991) de Disney que desgasté la cinta VHS—sí, cuando no existía Netflix— y mi madre tuvo que comprarme otra que, por supuesto, volví a reproducir en bucle.

Hasta que Mulán (Bancroft y Cook, 1988) llegó a la balda de las películas de casa yo quería ser como Bella: leer a todas horas y encontrar un castillo donde vivir las aventuras que antes había leído. Cierto es que no lo pasaría muy bien con la bestia que habitaba en aquel castillo, pero el señor Disney nos enseñó que la belleza está en el interior, solo hay que saber verla. Aunque, si nos paramos a pensar, la Bestia tampoco es que tuviera una personalidad que brillase por su bondad, sosiego, paciencia y estabilidad. Hemos de suponer que todas esas buenas características las adquirió cuando se convirtió en el apuesto príncipe Adam y que él y Bella fueron felices y comieron perdices.

Covadonga González-Pola imagina, en un relato epistolar, lo que sucedió a Bella tras casarse con su antiguo captor —sí, esta princesa Disney sufría un leve síndrome de Estocolmo—. ¿Qué se podía esperar de un hombre que había sido una bestia? Exacto, que continuara siéndolo. Y es que el hechizo cambiaba el aspecto del príncipe, pero no, como nos hicieron creer, el interior. Es igual lo dedicada, obediente y abnegada que fuese Bella, pues no era ella el problema, sino su maltratador.

Por suerte, La Bella y la Bestia solo es una ficción; por desgracia, las ficciones crean y reproducen modelos de la realidad y todas nosotras—o casi todas—hemos visto esta y otras películas de princesas reproductoras de feminidades idealizadas y valedoras del amor romántico. Ninguna mujer va a acabar en un castillo encantado habitado por cachivaches que cantan, pero, en nuestra vida cotidiana, el modelo de Bella nos ha lanzado el mensaje de que un beso de amor verdadero puede cambiar a una persona; nos han hecho creer que, con amor, podemos cambiar a un hombre violento.

La editorial Esdrújula publica Las niñas ya no quieren ser princesas, una antología de cuentos en la que la escritora Covadonga González-Pola reescribe las películas Disney que han marcado a generaciones de mujeres desde una óptica feminista. La escritora cambia las versiones de La Cenicienta (Geronimi, Luske y Jackson, 1950), El rey león (Minkoff y Allers, 1994), La sirenita (Musker y Clements, 1989), La Bella y la Bestia (Trousdale y Wise, 1991), Aladdin (Musker y Clements, 1992), La bella durmiente (Geronimi, 1959) y Blancanieves (Hand, 1937) para denunciar el trasfondo de estos cuentos maravillosos que nos vendían identidades femeninas dependientes y sumisas como modelos a los que debíamos aspirar si queríamos ser felices para siempre.

Es posible que Blancanieves, si hubiera podido contarnos su historia después de que el príncipe azul la sacara de la urna con un beso de amor verdadero, nos dijera que casarse con un desconocido no era tan buen plan como podía parecer, que era más feliz con sus amigos del bosque y con los enanitos. Aunque no sé yo si lo de limpiar la casa mientras los siete hombrecitos trabajan en la mina es muy igualitario.

También es probable que Cenicienta nos hiciera ver lo absurdo que resulta el anhelo de asistir al baile del príncipe ataviada con ropa y calzado incómodos cuando está siendo esclavizada y maltratada por su madrastra y hermanastras; que Jasmín nos llevara recapacitar sobre lo difícil que es alcanzar y mantener el poder a una mujer si no adopta rasgos del género dominante: el masculino; y que Nala nos hiciera darnos cuenta de que para expulsar a un tirano no es necesario buscar el apoyo de un macho.

Tras leer Las niñas ya no quieren ser princesas nos lo pensaremos dos veces antes de desear vivir una historia de cuento de hadas con final feliz

 

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