“Turn on, tune in, drop out”: recuerdos lisérgicos

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El psicólogo Timothy Leary (1922-1996) fue una de las figuras más relevantes de eso que se dio en llamar la contracultura y del movimiento hippie, si bien a este último llegó más bien empujado por las circunstancias. Fue uno de los pioneros (en ningún caso el primero de ellos) en la experimentación con LSD y la cultura de las drogas, lo que con el tiempo le acarreó serios problemas legales con el gobierno de su país, con los Panteras Negras, con la CIA y el FBI, y a todas luces, con el estado de permanente paranoia que se vivió durante la Guerra Fría.

LSD Flashbacks, editado por Alpha Decay, es la autobiografía de Leary. En ella nos relata a grandes rasgos su niñez y adolescencia para centrarse en los inicios de la experimentación con ácido, su expulsión de Harvard por ello, sus años en la colonia hippie de Millbrook en el estado de Nueva York, su amistad con el brillante escritor y consumidor de enteógenos como la psilocibina Aldous Huxley -sustancia con la que comenzó Leary a experimentar los estados alterados de consciencia-. Con la prohibición, en 1966, del LSD, las autoridades le pusieron en el punto de mira, y los problemas del psicólogo con la ley le hicieron huir del país por medio mundo. Así comenzó a relacionarse con algunos personajes delirantes, como los Panteras Negras exiliados en Argelia que en aquellos años habían sido reconocidos como gobierno en el exilio de Estados Unidos por el gobierno argelino, y que tenían como líder a Eldridge Cleaver, posteriormente cristiano renacido y defensor de las políticas de Ronald Reagan.

El autor añade un recuadro en cada capítulo en el que esboza pequeñas biografías de personajes relevantes para la Historia. Por estos recuadros pasan desde Allen Ginsberg, amigo personal del autor, hasta Ken Kesey, escritor y famoso consumidor de LSD; lunáticos como Aleister Crowley, mentirosos como Carlos Castaneda, el gurú charlatán George Gurdjieff, el creador de la secta antroposófica y sus apéndices las escuelas Waldorff y Triodos Bank, Rudolf Steiner y la secta y líderes sectarios que los generaron, la teosofía de Madame Blavatsky, además de personalidades realmente relevantes. En este aspecto, Leary adolece con claridad del síndrome Galileo, presentándose como un personaje perseguido por su visionarias teorías incomprendidas, más que por un tipo al que le gusta pegarse algún viaje que otro de LSD y a cuya hija han pillado con marihuana en un bolsillo de viaje con su padre a México. Aunque Leary se presenta a veces como un científico y a veces como un filósofo, lo cierto es que, al menos en el libro, hay más de lo segundo que de lo primero. Y hay, desde luego, en su etapa de Millbrook, una clarísima influencia de las enseñanzas de la secta teosófica de Madame Blavatsky y más aún de la posterior líder de la Sociedad Teosófica a la muerte de la embaucadora rusa y el cándido Henry Olcott, Annie Besant.

La visión del mundo de Leary, que en el fondo era la del movimiento hippie, nos propone un sustituto a la lucha revolucionaria, a la sindical y al cambio social: individualismo y revolución interior, pseudociencia y budismo para occidentales con dinero, o lo que para él era lo mismo, el consumo de LSD y otras drogas psicodélicas para propiciar un cambio de conciencia global. Si el FBI hubiera sabido esto, ni se habría molestado en perseguir y acosar a los líderes de la contracultura. En ese sentido, el cambio propuesto no deja de ser reaccionario. Ese cambio en la conciencia se ve claramente superado, involuntariamente, con su ingreso en la prisión de Folsom, donde compartió galería con Charles Manson, quien también propició un cambio de conciencia por medio del LSD en los suyos destripando a Sharon Tate. Manson obsequia a Leary con productos de lujo para un lugar como Folsom, y se declara admirador del psicólogo.

Un libro realmente interesante que anuncia sin pretenderlo muchos de los males que periódicamente asedian a la reaccionaria izquierda alternativa que no quiere ser de izquierdas ni de derechas, un retrato de los años 60 contado a buen ritmo por el que asoman la cabeza las glorias de aquellos años, desde John Lennon a los Ángeles del Infierno del capítulo de Oakland, y que, a pesar de Leary probablemente, deja claro que lo mejor de aquellos años fue la música. Y algún canuto que otro.

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