Transitando por la memoria del aire

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Casi no ha empezado 2019 y ya tengo un libro al que le pongo la etiqueta de «lectura necesaria para la existencia». Que me diréis que soy una exagerada, lo sé, pero es que cuando andaba yo terminando de leer La memoria del aire con unos escalofríos recorriéndome la columna vertebral me encontré con la clave de la necesidad de esta lectura en las propias palabras de la autora, Caroline Lamarche: «Dicen que el cuerpo, cuando es sometido a un dolor muy grande, produce su propia morfina; yo creo que el alma también».

Caroline Lamarche. Foto: Catherine Hélie ©Editions Gallimard

Pues bien, en ese momento me di cuenta de lo que, a lo largo de poco más de cien páginas, estaba provocando en mí este libro; mi dosis diaria de morfina emocional se estaba diluyendo para dejar paso al dolor transmitido por el relato autobiográfico de Lamarche entremezclado con los resortes de mi propia memoria dolorida. La memoria del aire tiene la capacidad de hacernos despertar del letargo. Un efecto este muy acorde a lo que la recién nacida editorial Tránsito dice querer provocar en sus lectores.   Afirman ser editores de «libros salvajes», de los que dejan huella. «Creemos que la literatura descarnada, la que atraviesa, es precisamente la que produce un cambio en quien la lee, y eso es lo que buscamos», aseguran.

En La memoria del aire la lectora acompañará a la autora en un viaje a donde yace «la muerta», una Caroline Lamarche pasada que sobrevivió, muerta en vida, a una relación de siete años de lo que ella califica como «amor borderline» con un hombre que la paralizaba con su estado depresivo, iracundo e imprevisible. Los recuerdos se entrelazan en una masa onírica que se detiene con clarividencia en sensaciones y observaciones que, vagas al principio, como no queriendo entrar en el fango de la memoria, acaban adentrándose en un segundo episodio en el que otro hombre, tiempo atrás, la amenazó cuchillo en mano: «si lloras, te mato».

Violencia, violencia que esta escritora encontró un día mientras corría por el parque y que luego encontró en casa con aquel que decía amarla, pero que solo se quería a sí mismo. Si tuviera la oportunidad de tener a Caroline Lamarche delante le preguntaría si sigue visitando a «la muerta» y le diría que, por favor, le llevara flores de mi parte. Aprovecharía también para darle las gracias por plasmar su voz en este precioso y desgarrador testimonio, porque, sí, la belleza puede ser desgarradora.

A vosotras, lectoras, os digo que este libro es necesario porque, como diría Kate Millet, lo personal es político. Escribir y publicar este relato es un acto político, levanta el velo de una dolorosa realidad emborronada por las morfinas cotidianas; y leer este libro también es un acto político de recepción de una memoria colectiva de mujeres que alzan su voz contra un modelo de amor que, sí, también es político.

«Parece que todo amor es político. Es político el modo en que una mano se posa sobre la nuca, la rodilla, el vientre; la historia que ha modelado esa mano, la memoria que la dirige, su intención secreta. Las manos de Deantes eran pesadas, igual que decimos de un sueño que es pesado hasta tal punto que solo salimos de él con pesar».

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