Si no concilias es porque no quieres

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Llegas a casa, enciendes la televisión y aparece un anuncio, o una película, o una serie en el que se ve a una mujer joven, delgada, femenina y perfectamente arreglada que se levanta por la mañana con una sonrisa, despierta a sus hijos, les da el desayuno, los viste y los lleva al colegio, después coge el coche y se va a trabajar, tras ocho horas sin parar vuelve con el pintalabios y el rímel intactos, va una reunión en el colegio, recoge a los niños, les baña, da la cena a ellos y su marido, después éste le da un masaje a ella, hacen el amor tras disfrutar de una conversación amena e interesante y se van a dormir. Al día siguiente sale el sol y se repite la misma historia. ¿Qué decís? ¿Qué no es real? ¿Qué parece una escena sacada del Show de Truman? ¿Qué vuestra vida no es así? Será porque no queréis.

campaña yo no renuncio club de las malasmadresEl tema de la “conciliación laboral y familiar” está en boca de todos. Hay que admitir que suena bonito. Si eres político queda muy bien decir que abogas por la “conciliación”, que estás a favor de que hombres y mujeres cobren lo mismo, trabajen por igual fuera y dentro de casa y compartan de forma justa las tareas del hogar, cuidado de menores y ancianos. Sin embargo, ese ideal dista mucho de la realidad, ellas trabajan fuera y dentro de casa –aunque la segunda jornada no está reconocida–, ellas continúan cobrando menos por igual trabajo y sufren mayor inestabilidad laboral. Según la publicación del Instituto Nacional de Estadística (INE) sobre “Mujeres y hombres en España”, las mujeres dedican de promedio 1 hora y 57 minutos más a las actividades del hogar y familia que los hombres y el 91,9% de ellas frente al 74,7% de ellos emplean una media de dos horas más al cuidado de niños, dependientes y ancianos.

Por lo general ellas lo tienen más difícil para ascender en sus carreras, para ser madres sin renunciar a su trabajo, para cobrar lo mismo que ellos. Ellas, obligadas a ser buenas madres, buenas amantes, trabajadoras activas, siempre atentas, siempre serviciales y, también, siempre culpables. El Club de las Malasmadres publicó hace tres meses un informe y encuesta #Concilia13F, que revelaba que 8 de cada 10 mujeres tienen problemas para conciliar la vida laboral y familiar, y en el que ponían el foco en la “doble jornada” a la que se ven sometidas diariamente muchas mujeres: “La doble jornada genera, en la mayoría de casos, un sentimiento de culpabilidad por no poder llegar a cumplir con todas las responsabilidades. Esta presión es característica de las mujeres puesto que son a quiénes socialmente se les asigna el deber de cumplir con el trabajo no remunerado realizado en la esfera privada”.

En pleno S.XXI las mujeres se enfrentan a una “reasignación de roles”. Tradicionalmente ellas han sido las que han estado en casa, relegadas a la limpieza y cuidado del hogar y los niños, mientras ellos se curtían en la calle, en las empresas, se desarrollaban profesionalmente y accedían a puestos de responsabilidad. Pero esto ha cambiado. Es lo que explica Almudena Hernando, arqueóloga y profesora de la Universidad Complutense de Madrid, al hablar de la “identidad individualizada dependiente” propia de los hombres, y la “identidad relacional” de las mujeres. Ellos se dedican a sí mismos, a la esfera pública, al mundo laboral y al poder, pero son dependientes a su vez del trabajo que ellas realizan en el campo relacional y afectivo, dedicadas al cuidado, a la familia, de los vínculos y relaciones personales. Sin embargo, estos modelos tradicionales se transforman en la modernidad cuando ellas comienzan a adquirir rasgos de la identidad individualizada, sumergiéndose en un proceso personal muy complicado al tener que compaginar ambos tipos de identidad: la individualizada, característica de ellos; y la relacional, tradicionalmente asociada a la feminidad.

Salirse del rol asociado a tu género no es sencillo. Aunque ellas se pongan los pantalones y salgan fuera de casa a trabajar y sean excelentes profesionales, liberarse del peso que supone sentir que debes cumplir con una serie de mandatos que son inherentes a tu persona por el hecho de haber nacido mujer –tener la casa ordenada y cuidar de los niños– no es sencillo. Y ahí es cuando aparece el sentimiento de culpa.

“Puedes hacerlo”, “tú eres capaz de hacerlo”, “hay mujeres que lo hacen”. En todas partes, todos los discursos, en la televisión, el cine, las series, lo recuerdan: hay mujeres que lo consiguen, que pueden con todo, que son buenas madres, buenas amantes, buenas trabajadoras. Que son como la mujer del relato con el que comienza este artículo. El foco se sitúa con demasiada frecuencia y únicamente en ellas. Si no concilian es porque no quieren. En pocas ocasiones las miradas se dirigen hacia el otro lado, hacia las empresas, los gobiernos o el patriarcado.

Recientemente la marca de cosméticos Clinique publicaba un spot publicitario en el que se dice lo siguiente: “Si una mujer puede hacer cuatro cosas a la vez, su hidratante también” “(la crema) te ahorra tiempo para que sigas siendo compañera, madre y trabajadora”. También Kaiku sin Lactosa, a principios de año realizaba otro en el que varias mujeres –todas occidentales y blancas– cantan una canción muy pegadiza que dice cosas como éstas: “No me gustan los clichés, no me gusta renunciar, no me gusta que me juzguen, no me gusta no llegar”, “soy madre, amiga, currante y amante”, “no me complico, vivo mi vida, a mí lo que me importa es sentirme muy bien”, ”tú hazme caso, da el paso y cámbialo tú también”. De nuevo el mismo discurso: sois vosotras, mujeres, las que podéis cambiarlo, está en vuestra mano. Al igual que los cánones de belleza que nos hacen desear tener cuerpos imposibles, el “canon de mujer” que es difundido y ansiado es el de aquella que puede con todo: trabajar 12 horas seguidas dentro y fuera de casa y estar siempre perfecta, reluciente y con una sonrisa en los labios.

¿Cuándo un anuncio que le diga a las empresas que asuman horarios flexibles y no exploten a sus trabajadoras, que las paguen igual, que no las despidan si piensan quedarse embarazadas? ¿Cuándo un anuncio que inste al Gobierno a tomar medidas para que dichas empresas cumplan y sancione a las que no lo hagan? ¿Cuándo un anuncio que les diga a ellos que en casa no “se ayuda” si no que se reparte por igual?

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Imagen campaña “Yo no renuncio” del Club de las Malasmadres

Es lo que han pedido nuevamente el Club de las Malasmadres con una petición en Change.org que ya lleva casi 50.000 firmas. La campaña #YoNoRenuncio se centra una vez más en el tema de la conciliación y pide abiertamente al Gobierno de España que se comprometa a “incentivar fiscalmente a las pequeñas y medianas empresas para que instauren la jornadas continuas para todos los empleados y empleadas con flexibilidad horaria de entrada y de salida y se contribuya así a una verdadera conciliación laboral”. Así mismo, proponen concienciar a la sociedad para que se comprenda que “el equilibrio entre la vida laboral, familiar y personal se tienen que entender como un modo de vida”, no como un lujo o una excepción.

Lograr una verdadera conciliación de la vida laboral, familiar y personal no será posible sin un profundo cambio social que solo se podrá conseguir a base de concienciación y mucha pedagogía. Y desde luego que no será posible sin medidas gubernamentales que apuesten por las personas y que incentiven e insten a las empresas a adoptar jornadas laborales flexibles y humanas. Mientras tanto, las mujeres se seguirán enfrentando a rutinas vitales imposibles, sintiéndose culpables por no llegar, por no poder, por no ser como la mujer del anuncio que todo lo consigue, por no ser la mujer ideal que todas desean y creen poder ser. Iniciativas como la promovida por el Club de las Malasmadres suponen pequeños pasos en la lucha, pequeños oasis donde hombres y mujeres puedan sentirse algo comprendidas y quitarse, por un ratito, el disfraz de superheroína.

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