La maquinaria del amor según Iris Murdoch

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«Yo creía que las fuerzas eran más previsibles que los seres racionales».

 

Últimamente han caído en mis manos muchos libros de escritoras irlandesas y me quedaba la espinita de que mi estantería todavía no contara con ninguna obra de la gran escritora de este país en el siglo XX: Iris Murdoch. Más flaglarente el asunto si se tiene en cuenta que una de mis editoriales de cabecera lleva un tiempo editándola (además de la novela de la que os voy a hablar, han publicado Monjas y soldados, Bajo la red, El libro y la hermandad, El unicornio, Henry y Cato). Así, cuando vi que traían a las librerías El amor sagrado y profano pensé que había llegado el momento de redimirme

Iris Murdoch.

Monty es un popular escritor de novelas de detectives que acaba de quedar viudo. En estado de shock e incapaz de sobreponerse a los vívidos recuerdos de los últimos días de vida de su mujer, se centra en los problemas de sus amigos y vecinos, Blaise, un psicoterapeuta charlatán, y su mujer, Harriet, un ama de casa de revista, locamente enamorada de su marido y su hijo. Lo que Harriet no sabe es que desde hace una década, Blaise ama a otra mujer, Emily, y el propio Monty es cómplice del engaño. La historia comienza en el momento en que la verdad amenaza con salir a la luz, y Blaise tendrá que tomar una decisión. O quizás no.

 

«Tampoco parecía capaz de aclarar en su memoria aquella transformación de sus primeros afectos que le habían llevado a pensar que Harriet era su amor sagrado y Emily su amor profano».

Lo magnífico de esta obra no es el tema del muy trillado triángulo amoroso, tampoco es el estilo ni la forma (aunque sean perfectos), es la construcción de los personajes y la forma en la que parece incoporarles engranajes que encajan perfectamente para poner en marcha esta prodigiosa máquina del amor (el sagrado y el profano). Blaise, Harriett, David, Edgar, Emily, Pim son tan desastrosamente humanos, tan perfectos en sus imperfecciones, manías, miedos, filias e ilusiones, que apabullan. Y podría decir que Monty también lo es, pero hay algo en él de demiurgo malicioso (no siempre de manera voluntaria), de pieza central del engranaje, algo que me hace pensar: «tú no eres humano». Y parece ser, por lo que he podido averiguar, que Murdoch solía introducir un personaje masculino perverso y poderoso que impone su voluntad sobre los otros. Esta es sin duda la (interesante) figura de Montague «Monty» Small en La máquina del amor sagrado y profano.

«Y en aquellos momentos vio a Monty, ya no como un refugio, sino como una persona perseguida por espíritus, condenado a la perdición, contaminado por sus espectros».

Y como esta es una novela de personajes (aunque también de espacios, ya os daréis cuenta) me siento en la obligación de hablar de ellos. En este caso de ellas, de Harriet y Emily, el amor sagrado y el profano. He sentido predilección por ellas. Por Emily, una mujer irreverante atrapada en su amor sacrílego con Blaise. Emily tiene una mente tan lúcida y a la vez tan contaminada por las ideas del amor romántico. Es un personaje capaz de definir a su amante como un egocéntrico sin paliativos y de ver lo pérfido de las relaciones de poder de los hombres hacia las mujeres.»[Somos] tan buenas contigo, la figura importante, central y suprema», le espeta a Blaise mientras se dirige a la propia Harriet, mujer frente a mujer ,para advertirla del desprecio con el que los hombres las tratan:»Piensan que solo somos parte del personal».

«Ella está segura; te tiene a ti, no tiene que preocuparse de cosas personales, porque todo marcha sobre ruedas. Puede dedicarse a pensar en la vajilla de oro y si asistirá a vísperas. Sí, yo soy la carne y ella el espíritu, no hace falta que me lo digas, ¡lo sé!».

Y luego está Harriet, que, mientras ignora la aventura amorosa (con hijo incluido) que su marido ha mantenido en secreto durante años, vive, efectivamente, como Emily la define, preocupada por sus menesteres de ama de casa. Sin embargo, en el momento en que la verdad sale a la luz comienza a construirse como persona, como entidad independiente con agencia propia y cada vez más consciente de su psique. Los lazos que Harriet establece con el resto de personajes son tiernos y dulces, pero, a la vez virulentos. El amor de la plácida Harriet es aplastante.

Es quizás por ello, por el amor arrollador hacia cualquiera de sus seres queridos, que Harriet es una pieza fundamental de la maquinaria, la más exterior, la más evidente. Sin embargo, el giro (uno de ellos) acabará por fin desvelándonos esa pequeña tuerca que faltaba, la que parecía subsidiaria, pero que hace entender un pasado que engrasó ciertas partes de la máquina. Os invito a conocer a Edgar, un personaje que, como diría aquella canción, siempre se va a enamorar de quien de él no se enamora. Os invito a conocerlos a todos, incluido a Monty, que no es del todo humano, pero es un personaje fantástico. Espero que, como yo, queráis más Iris Murdoch en vuestras vidas.

«Tenía la ilusión de estar conversando con un semejante sin barrera alguna, sin una puerta de acero, sin una capucha negra tapándome la cabeza».