‘Hecatombe’, la anticipación de William Gerhardie

0
387

hecatombe-sep-2016

William Gerhardie vuelve a las librerías españolas gracias a la editorial Impedimenta, que ya en 2015 publicó la obra más alabada del autor, Los políglotas (1925). Gerhardie, nacido en la Rusia zarista, tuvo gran éxito con su producción literaria en la época de Entreguerras. Sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial, su nombre se perdió entre la fama de otros que hoy forman parte del Olimpo de la literatura, como Vladímir Nabókov o Graham Greene. Es llamativo que ambos fueron admiradores de la obra de este autor inglés olvidado por la crítica literaria. No fue hasta finales del siglo XX que resurgió el nombre de Gerhardie cuando el también escritor y guionista William Boyd nombró a Los políglotas la novela inglesa más influyente de todo el siglo. Crítica especializada, editoriales y lectores comenzaron a recordar la obra de William Gerhardie.

Los políglotas es considerada su obra maestra, pero Gerhardie fue un escritor prolífico. Tras su gran éxito, escribió Hecatombe, publicada por primera vez en 1928. Se trata de una novela contemporánea a la época en que fue creada. Puede parecer una novela costumbrista, pero pronto el lector se percata de que no era ese en absoluto el objetivo del escritor.

Ya desde el principio, Gerhardie presenta a los personajes de una forma particular. En los primeros capítulos el lector conoce a Frank Dickin, un escritor al que todo el mundo confunde con Dickens  que pretende vender su historia al gran magnate de los periódicos ingleses, lord Ottercove. Este le pedirá a Dickin que le lea un fragmento del relato que el autor presenta como autobiográfico. Cuando el lector, tras la salida del protagonista del despacho de Ottercove, comience a conocer a los personajes a los que se ha nombrado en el relato puede que ya tenga un juicio hecho sobre ellos, aunque el propio Dickin haya asegurado que solo se trata de literatura, que deforma las realidades para poder mostrarlas mejor. Curioso el juego metaliterario que volverá a aparecer en algunos momentos de la novela.

Practica el personaje la misma técnica que el autor: la sátira social, una deformación casi grotesca de la realidad. Y la deformación de la realidad es, sin duda, una de las mejores formas para denunciarla. A lo largo de las 345 páginas, Gerhardie presenta todo un abanico de personajes que viven en una especie de burbuja de felicidad ociosa de posguerra. Sin embargo, alrededor de toda esta languidez y desidia, planea la sombra de la amenaza de una nueva gran guerra.

En medio de los conflictos bélicos pasados y futuros y la indolencia de los personajes, Gerhardie retrata con su chispa satírica temas como la forma en que los grandes medios de comunicación dominan la opinión pública a discreción. Afila también su pluma contra la agresividad del capitalismo, sustentado, por supuesto, por la prensa: “Soy un hombre de pueblo y me solidarizo con él. Pero no se trata de aliviar los males del pueblo. El mayor rendimiento abaratará el precio del pan, sin duda, pero solo para que bajen los sueldos. Tendrá de nuevo pan, y en cantidad, Dios y lord De Jones mediante, pero lo mío es darle espectáculos, cautivar su atención, distraer las viles tendencias de las mentes ociosas, o no sería periodista”, se vanagloria lord Ottercove ante Dickin.

Y dentro de la anterior cita encontramos el otro tema central de esta novela: el avance científico deshumanizado. Motivos de ciencia ficción se entrelazan con la sátira costumbrista. Un personaje caricaturesco, lord De Jones, un científico loco, quiere acabar con el mundo gracias a sus descubrimientos sobre el átomo. ¿Acaso la raza humana no aprende de sus errores? ¿Por qué se empeña en seguir sufriendo? ¿No sería mejor que todos nos desintegráramos? Son algunas de las cuestiones que este personaje, que prevé la época atómica, plantea.

Crea Gerhardie una novela de anticipación, una ficción proyectiva que plantea una realidad paralela a la contemporánea donde sucede algo que no puede ocurrir en ese momento, pero que es verosímil. El autor no presenta una explicación elaborada sobre la división del átomo, no es necesario, pues lo que esboza es una sociedad sumida en la banalidad; una sociedad en la que Dios ha muerto y otros han decidido jugar a serlo gracias a los descubrimientos científicos. “Siempre he situado a Dios por encima de las matemáticas”, manifiesta Herr Kogl ya hacia el final de Hecatombeun titular bastante acertado para el retrato anticipatorio de Gerhardie.

El lector, gracias a la deformación satírica del costumbrismo europeo de Entreguerras, se dará cuenta de lo banal que parece el sistema establecido, lo que se supone que nos dicen que es importante, ante el fin. Un Apocalipsis que amenaza con llegar, no de manos de un ser superior, sino de un igual que ha encontrado la forma de ser Dios y que se olvidará de su humanidad.

 

Dejar respuesta