Entrevista a Carmen G. de la Cueva (II)

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La Huella Digital agradece a Carmen G. de la Cueva, que acaba de publicar Un paseo por la vida de Simone de Beauvoir, y a la editorial Lumen la entrevista que nos han permitido realizar y el tiempo que nos han dedicado.

Asimismo, agradecemos a nuestra fantástica redactora Esther M. García Pastor su disposición para efectuar la entrevista y sus interesantísimas preguntas.

Llegamos en la parte I de la entrevista a la madurez de Simone de Beauvoir. En esta segunda parte “desendiosamos” a la autora de El segundo sexo.

Pregunta.: Realmente es ya en el final de su vida cuando ella comienza sentirse cercana al feminismo.

Carmen G. de la Cueva: Le pasa con el Movimiento de Liberación de la Mujer, con el manifiesto de las 343 y todo lo del aborto. Y aun así era súper conservadora porque, lo que cuento al final, cuando llega Carol Downer a enseñarles el cuello del útero a las mujeres con el espéculo y el espejo, que ella se tapa los ojos… Pero es que en ese momento ella era una mujer mayor, eso la hace darse cuenta de que ella también ha sido muy injusta consigo misma. Porque ella era la más dura consigo misma.

P.: Tiene muy poca autoestima para ser nuestra diosa, que la tenemos endiosada, ella se quería muy poco.

C.G.C.: Pero eso me parece súper importante porque si hay algo que he intentado contar, que he tenido siempre muy presente era ver cómo ella había desarrollado su voz autorial, esa búsqueda de la voz autorial. Que lo que tú cuentas y lo que tú tienes que contar merece la pena, que eso es muy difícil para las escritoras.

Si conoces también la obra de Mary Beard, sus ensayos La historia de una británica, en los que habla de cómo a lo largo de la historia a las mujeres se les ha negado el espacio público, y el espacio público también es el espacio de las escritoras. Muchas escritoras han tenido que publicar con seudónimo masculino… o sea, la historia cultural no es machista, es misógina. Todo lo que sufrió Emilia Pardo Bazán, por ejemplo, Jane Austen, las hermanas Brontë, Emily Dickinson, incluso Elena Fortún era considerada una autora popular, y hasta ahora no se la está empezando a poner en el canon. Pues eso también le pasaba a ella, porque todas sus referencias eran masculinas. Ella no empieza a leer a las feministas hasta que no es mucho más mayor.

P.: Ella buscaba mucha su habitación propia…

C.G.C.: Sí, es que además no tenía dinero. Yo pensaba que era rica, que había nacido en una familia muy buena, en París. No sé, todo lo que hizo, su manera de vestirse, siempre pensé que tenía dinero. Pero te das cuenta de que hasta que no gana el Goncourt vivía en cuartuchos de hotel. Y ella ya es muy mayor cuando lo gana con Las mandarinas. Hasta entonces no tenía dinero.

P.: Bueno, se alimentaba del entusiasmo. 

C.G.C.: Ella pudo ser funcionaria, pero no le llenaba. Y también, aunque pueda verse que tenía poca autoestima porque, en realidad, su entorno no la alentaba demasiado; su padre, su madre… Jean Paul le cuestionaba siempre su autoridad de su obra. Pero realmente, ella creía mucho en sí misma.

P.: Eso lo pensaba muy en el fondo, creo yo.

C.G.C.: Pero como todas. Hay una voz que te dice “haz esto, eres buena en esto”, pero como tienes un entorno que, por ser mujer, te está diciendo que o tienes que casarte, o tienes que ser madre o mejor búscate algo más estable. Es que era una mujer en un mundo de hombres (somos mujeres en un mundo de hombres). Es que tu imagina principios y mediados del siglo XX, con un entorno súper machista y misógino, con todos esos hombres súper machistas a su alrededor, los existencialistas. Y ella, “la Notre Damme de Sartre”, ¡toma ya!.

P.: ¿Por qué aguantó a Sartre?

C.G.C.: Ella no reflexiona sobre eso y elige muy bien qué no contar. Como ella no lo contaba, yo lanzo preguntas para que tú juzgues por ti misma, para que tú entiendas por ti misma, pero yo no estoy aquí para darte todas las respuestas. A mí me ha costado mucho, el entender por qué narices estaba con ese tío. Que ya no es solo que fuera feo, sino que, además, ejercía una autoridad terrible sobre ella. A ver, ahí también hay una contradicción: económicamente él la apoyaba. Entonces, llegaron a ese acuerdo de que ella escribía, pero vivían de la herencia de él. Eso también se me hacía duro, pero…

P.: A ella se la conoce por eso, por su relación, y el lugar más de sombra de Simone es al lado de Sartre. Ella parece más luminosa cuando no está a su lado.

C.G.C.: Yo he intentado dejarlo muy al margen, pero es difícil. Ella escribe su autobiografía en primera persona del plural desde el segundo volumen. Y te preguntas: ¿Por qué para contar tu vida tienes que contar la de él? Si viviste un montón de cosas sin él. Pero bueno, son decisiones que ella tomó. Y eso es lo que te digo, que no puedes juzgarla porque, al final, también fue valiente y fue fuerte y al final lo consiguió; consiguió vivir de escribir y que la sigamos recordando hoy.

P.: Que también podríamos juzgarlo a él, que parece que ella es más cuestionada.

C.G.C.: Bueno, claro. A mí me ha costado no ponerlo de vuelta y media y no decir que era feo y horrible. No era mi trabajo porque yo intento trabajar desde la construcción, quiero crear espacios y no tirar abajo, no destruir. Era importante contar la vida de ella sin él y no criticarlo a él, eso era lo fácil. Además, él no es el único, mira a Nabokov, a Hughes con Sylvia Plath, a Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, a Rafael Alberti con María Teresa León…

P.: Hay una cosa que me llamó la atención y me dolió un poquito. El juicio al que ella va con Movimiento de Liberación de la Mujer. Pensé en el juicio de “La Manada” y dije “bueno, en el caso del juicio en París los jueces hicieron una sentencia ejemplar”. ¿Qué tendría que pasar en España para que pasara lo mismo? 

C.G.C.: Claro, pero piensa en la manera en la que se organizan ellas. Bueno, el manifiesto de las 343, son personalidades que afirman haber abortado. Pero en lo del aborto hay una cuestión de clase muy fuerte y, claro, yo con lo de “La Manada” también me quedé muy mal con el tema. Estos días he estado viendo la segunda temporada de la serie Por trece razones.

En esta temporada se desarrolla el juicio. Los padres de Hannah Baker denuncian al instituto porque no ha vigilado que su hija no sufriera acoso. Pasan por el estrado para declarar todos los amigos de Hannah y el chico que la violó, pero esto no va sobre la violación. Cuando el tema de la violación sale en las declaraciones, la prensa, que está fuera esperando, y que todos los días saca noticias terribles de lo que sucede dentro y sobre Hanna Baker, pasa completamente por alto que la han violado. Como si no fuera algo que hubiera que debatir, porque Hanna Baker era tan contradictoria y tan fresca que, en realidad, lo que le pasó era culpa suya, eso es lo que se da a entender. Y ese sigue siendo el pensamiento general, y eso es lo que ha ocurrido con “La Manada”. Eso y que tenemos un sistema judicial en España no ya conservador, sino franquista. Con jueces que tienen todavía una estructura mental muy, muy misógina.

Y aun así, es bonito ver cómo las mujeres nos hemos manifestado y después de la sentencia salimos a la calle. Pero, al final, el mensaje sigue siendo el mismo: este es un espacio controlado por hombres, en el que las decisiones son tomadas por hombres y las mujeres siempre van a ser víctimas, pero nunca van a tener el control.

P.: No tienen libertad para pasear como paseaba Simone.

C.G.C.:Porque no tenemos libertad (bueno, ahora tenemos mucha más libertad que entonces), pero no tenemos libertad para ocupar el espacio público. Porque, bueno, podemos pasear, pero siempre está ese peligro. En ese momento en el que a ella la cogen en autostop y ella se libra. ¿Ves? Ese es otro momento en el que ella no se da cuenta del control machista. Ella piensa que con vigilancia y precaución se puede salir de todo. No, amiga, no. Que no te pasara a ti, no significa que no les pase a otras. Y eso fue un ejercicio que ella tuvo que hacer también. Entonces al final es ocupar el espacio público, ocupar tu sitio en la calle, en los medios de comunicación, en los juzgados y en las redes sociales.

P.: Tenemos que hacer un gran ejercicio, sobre todo, de pedagogía. Y todo comienza leyendo a las y sobre las feministas.

C.G.C.: Hombre, contarle la vida a la gente que no sabe nada de Simone y que ve, como has dicho antes, como una diosa.

P.: Está endiosada.

C.G.C.: Claro, porque piensa que nos han contado la historia de tal manera que las mujeres de las que nos han hablado en la historia las conocemos como excepciones. No las vemos en su propio entorno con sus amistades, como las mujeres contemporáneas, sino que las vemos totalmente sacadas de contexto. Estas mujeres tienen vidas ejemplares, que tienen que servirnos a nosotras. Pero es muy difícil reconocerse en una diosa, porque ves todo lo malo que tienes tú. Entonces, existía la necesidad de ver que ella también se equivocaba y de que ella también se contradecía. Y eso no la hacía ni menos feminista ni menos fuerte ni menos mujer.

P.: En Mamá, quiero ser feminista, Simone está muy presente, pero aparecen otras muchas mujeres interesantes, ¿tienes ganas de biografiar a alguna?

C.G.C.: De momento no, de momento tengo ganas de escribir otro libro más personal y dejar un espacio porque no ha sido un trabajo fácil, la verdad. Y, claro, afrontar la escritura de este libro en una vida tan precaria es mucho más difícil porque, bueno, te pasa como a Simone: te estás cuestionando todo el tiempo. “¿Debería escribir? ¿Soy buena? ¿Debería buscarme otro trabajo más estable y luego en los ratos libres intentar escribir? ¿Qué hago? ¿Renuncio a todo porque de verdad soy buena en esto?”. Ha sido como atravesar un montón de lugares de sombra propios también, al ver cómo, aún siendo Simone de Beauvoir, lo pasó tan mal. Yo solo pensaba en el currazo que le llevó El segundo sexo y cómo la machacaron y yo pensaba “madre mía, cuando yo publique el libro de Simone, todas las que la conocen mejor que yo van a venir a decirme que no he hecho un buen trabajo”. Es ese síndrome de la impostora, que a ella la acompañaba y que, bueno, yo creo nos ha pasado a todas. Esto tiene que ver en cómo nos educan y en cómo se construye nuestra autoestima y nuestra voz, que es a base de decirte que no vales y que te dediques a otra cosa y que tu opinión no es importante.

P.: En la que te sales del molde…

C.G.C.: Jo, pero estás en el molde e imagínate que vas a ser madre, pues no veas ahí lo que viene, por ejemplo. O tienes una profesión que es muy masculina, no sé. Pienso en la ciencia o en algo que tenga que ver con ingeniería. En todos esos espacios masculinos lo pasamos mal. Al final, ¿dónde lo pasamos bien? Es como una lucha constante por demostrar que mereces estar ahí. A los hombres los educan con la idea de que ser ellos mismos es lo mejor que pueden hacer y a nosotras nos educan para que intentemos ser siempre otra cosa. ¿Cómo no vamos a contradecirnos? Si es que esa búsqueda de nuestro propio yo nos lleva media vida.

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