‘El cuaderno perdido’, lo infinito en lo finito

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Evan Dara pergeña una obra descomunal que sólo puede ser reivindicada desde la emoción. Inteligente, avanzado, divertido y complejo, estamos seguramente ante uno de los mejores libros de la literatura contemporánea.

Cuaderno_CubiertaAdvierto desde ya que esta es una de esas reseñas en las que me encuentro tan abrumado que no sé muy bien qué voy a decir en las siguientes líneas. Supongo que por intentar hallar un principio lo mejor es felicitar a la editorial Pálido Fuego por recuperar y poner en su justo lugar este magistral libro y al traductor José Luis Amores por lo que se intuye un trabajo excelso.

Hablando de pálidos fuegos, precisamente si hubiese que colocar El cuaderno perdido junto a otra obra de similar grandeza y magnitud en el panorama contemporáneo, esa no sería otra que La broma infinita del llorado David Foster Wallace. Ambas novelas comparten tanto el magistral sentido de compleja universalidad global como la inteligente, aguda y por momentos dolorosa, por momentos hilarante, premonición topográfica de la prosa de sus autores. Nadie sabe quién se oculta tras el pseudónimo Evan Dara, hecho que parece entroncar con el espíritu de su libro. Una novela fractal, en la que sólo existe un punto en la penúltima frase. Un libro compuesto por monólogos entrelazados de distintos personajes a los que el lector accede, la mayoría de veces, sin conocer el principio y nunca conociendo el final que se solapa por otro personaje, en otro lugar, en otro contexto. Y que pese a cierta complejidad o asombro o segura y precisamente por eso, resulta uno de los mejores viajes literarios que uno se puede permitir.

En este sentido resulta apasionante cómo en El cuaderno perdido, escrita en 1995, Dara se adelanta a la era de Internet y las redes sociales (en cierto aspecto esta lectura se asemeja a la primera vez que leímos Facebook o Twitter) pero también, y de manera más inquietante, el autor profetiza la entonces inminente era de la (des)información por exceso de ésta. Igual que Foster Wallace (también encontramos a Gaddis, Pynchon o Franzen) en esta impecable novela hay un emocionante y necesario mensaje ecologista y humanista, posthumanista sería quizá más acertado decir.

Concebido como un cuadro global interconectado, El cuaderno perdido exige tanto la concentración de un lector cómplice como una segunda lectura tras recuperar el aliento y calmar la emoción. Estamos ante un tamiz de almas majestuoso en cuanto a técnica y abrumador en cuanto a fondo. Dara va dejando lo que podríamos llamar pistas en los diálogos, historias o reflexiones de  sus personajes. Desde el crucial diálogo sobre Beethoven hasta el impagable sobre El Coyote, desde la reflexión sobre la construcción de un nuevo lenguaje o narrativa hasta la de las antenas: todo en este libro que a priori parece producto del caos está colocado en la justa medida de un delicioso, raro y exquisito artefacto ideado para remover la anquilosada literatura coetánea de Dara así como las conciencias que todavía hoy tan solo comienzan a bostezar.

Finalmente termino esta reseña sin saber si dije todo lo que habría que decir sobre El cuaderno perdido. No importará si en cualquier caso he convencido a alguien de que lea este libro.

Considérenlo un regalo.

2 Comentarios

  1. ¡¡Interesante!!Siento motivación por comprar y leer éste libro.Esperemos que el precio esté al alcance del lector.
    Y no lo dudes..Tu invitación a conocer “El cuaderno Perdido”..¡¡Es un regalo!

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