“Yonqui”, deprisa, deprisa

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Paco Gómez Escribano se mete en la piel de un yonqui de finales de los setenta en una novela fabulosa y adrenalítica, realizando un extraordinario ejercicio de memoria histórica y social.

YonquiEs magnífico lo que hace Paco Gómez Escribano en Yonqui, publicada por la editorial Erein, y que según el autor significa el comienzo de lo que él llama thriller quinqui. Magnífico por lo difícil que es escribir esta novela como él lo ha hecho, es decir, dejando que sea su protagonista “El botas” quien haga las veces de narrador durante toda la historia con su lenguaje de yonqui de barrio y con el argot de la calle de la época. Es difícil hacerlo y no incurrir en errores, por ejemplo caer en pasajes demasiado literarios para un chaval de dieciséis años de barrio, o en expresiones anacrónicas. También es arriesgado y valiente por lo que tiene de ocultación del escritor y por la superficial sencillez del estilo elegido. Felizmente Paco Gómez Escribano sortea todos esos peligros con apabullante maestría.

De esta manera a través de la mirada de “El botas” realizamos un viaje en el tiempo hacia un pasado no tan lejano y a un lugar, Canillejas, un barrio de Madrid como por desgracia entonces tantos otros en los que la miseria, la droga, el paro, la violencia o la prostitución eran el pan diario. Una época que leyendo la magistral reconstrucción realizada por el autor se parece de manera escalofriante a la actual más de lo que todos nos atrevemos a reconocer. Sin embargo Yonqui está lejos del nihilismo de Trainspotting o de la mitificación de muchas películas de la época; Gómez Escribano se ahorra juicios morales o nostalgias épicas y sencillamente narra unos hechos en su contexto dejando que cada cual saque sus conclusiones o, como mucho, que sean los propios colegas de tropelías quienes se juzguen a sí mismos a través de los sentimientos del protagonista.

Lo malo es que la gran baza del libro, el gran acierto del autor, también juega en su contra muchas veces. Al ser contado todo por el protagonista que vive todo desde la pátina de indolencia de la droga, al evitar subrayar el dramatismo y la sordidez con la loable intención de no caer en el burdo sensacionalismo, la emoción se diluye y el lector se ve arrastrado a dicha indolencia ante lo contado. Por otro lado durante gran parte del libro se da una reiterativa sucesión de hechos ya contados anteriormente, el autor repite demasiadas veces pasajes demasiado similares lo que hace pensar que quizá el libro ha sido estirado o, al menos, que de haber contado con menos páginas habría sido más conveniente. Esta sensación se acrecienta al comprobar cómo el autor remonta de nuevo gloriosamente en el último tramo, mostrando la parte no contada de la movida madrileña, y sobre todo con ese estupendo final en que de manera sutil y ambigua detectamos cierto poso de amargura tan real como la vida misma.

Con todo Yonqui es tan adrenalítica y adictiva, tan disfrutable y tan necesaria como retrato social de nuestra historia más reciente y está tan bien escrita, que las virtudes superan con creces los desaciertos haciendo que nos encontremos ante una excepcional novela escrita por un autor soberbio.

 

En la imagen principal, el autor.

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