Voluntad Propia

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Haz clic en la imagen para ampliarlaHay un hombre que reparte entre 100 y 200 euros al día. Nadie sabe cómo se los agencia. El caso es que elige entregarlos en la mano de mendigos, de las personas que deambulan y duermen en las calles de Madrid. A cada uno les da un euro y nada más que añadir. No pregunta sus historias ni se empeña en cuestionar la forma de sus vidas. Tiene borrado su nombre del telefonillo para que no se le moleste. Los que suelen verle a diario le llaman “padre”. A la vista, parece serio, pensativo, esquivo.

Es curiosa la similitud de su comportamiento y la del anciano que en El palacio de la Luna de Auster, peregrina con el mismo espíritu las calles de Nueva York. El personaje del libro también selecciona los barrios meticulosamente y aun más los destinatarios de su obra. Siente predilección por los que están enfermos, discapacitados, solos. ”No es momento de tomarse un respiro. Todavía tenemos dinero que repartir. Vamos, muchacho. Venga, venga, vámonos. ¡Es una orden!”, implora animoso el viejo Effing bajo la tormenta a Marco Stanley Fogg. Es magnífica la fuerza que adquiere el pasaje en que, calado hasta los huesos, no desfallece en la realización de la que considera la obra más importante de su vida.

Vivo muy cerca de la plaza de Isabel II. Seguro que más de una vez habeis entrado y salido de la boca de metro de Ópera, cruzado la plaza o, a lo que voy, habeis visto quiénes son los que de hecho la viven. Hay una señora que tiene un puesto de libros próximo a la caseta donde ahora regalan el olor que desprenden las castañas al ser quemadas, Allí, encima de una mesita improvisada de plástico, puedes encontrar desde un libro de Economía Aplicada hasta un tomo de cuentos ilustrados, desde una novela de Umbral hasta el libro Guinness de 1998. Está también un anciano al que, de tanto cabello blanco alborotado, barba blanca hasta la altura del pecho, gafas de sol sorprendentemente grandes y oscuras, apenas se le distinguen los ojos, la boca, la barbilla. Eso sí, siempre elige el mismo banco, cruza los brazos y su cabeza se eleva en dirección al frente con inclinación al cielo. En el veo decisión. En el sentido opuesto, observo la figura de una joven que no debe sumar más 30 años. No para quieta. Aunque no se aleja más de cien metros de la plaza, como si un imán le hiciera volver, como si se pertenecieran.

Si escribiera a cámara lenta me fijaría más en éstos detalles. Pero corro el riesgo de tocar cierta irrealidad. Y siento que de la delectación ellos se convierten en objeto de estudio y nosotros en ficticias almas cándidas al sentirnos víctimas de una punzada instantánea. No sé proponer una alternativa a la pobreza ni me siento en éstas fechas con más ingenuidad que en otras.  Sólo admiro la determinación redentora del “padre” de tantos en Madrid y el personaje de Auster en la novela. Cualquier manera de inventar otra posibilidad.

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