Vínculo inherente

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Es una noche de invierno. El aire es seco y frío. En la ciudad se juntan los vapores de los coches, del alcantarillado y del aliento de la gente. La figura de un hombre emana de ellos. Camina cabizbajo ataviado con una gruesa bufanda y una larga gabardina negras. Vaga sin un rumbo fijo. No presta atención a cuanto le rodea: el grupo de señoras conversando, el niño tirando de la chaqueta de su madre insistentemente, el perro que ladra mientras persigue a su dueño, o aquella pareja que se besa sentada en la parada del autobús. Su mente genera imágenes del pasado que le hacen suspirar. Levanta la vista súbitamente y se queda observando una tienda de juguetes, la cual le despierta cierta curiosidad. Entra en ella. Se queda fascinado por las cosas que allí se encuentran.

–¿Hola?

No obtiene respuesta. Continua andando entre dos pasillos en dirección al fondo de la tienda. Cruza la puerta que da a la trastienda, la cual es como una vivienda. Todo está oscuro excepto el resquicio de luz de una habitación medio abierta. Cruza un estrecho pasillo en dirección a esa luz sin dedicar tiempo a mirar a su alrededor. Empuja con suavidad la puerta mientras dice suavemente:

–¿Hay alguien ahí?

Vuelve a responderle el silencio, pero oye una risa proveniente del interior. Al entrar se encuentra con una habitación repleta de diferentes colores con motivos infantiles. Al mirar a su derecha le sorprende la figura de una niña sentada en una cama. La niña se le queda mirando con una sonrisa. Su pelo es ondulado, poco cuidado, su cara vivaz, con una mirada perspicaz impropia de su edad, su tez pálida, como la piel de un enfermo. Está ataviada con un vestido rojo, como si fuera una muñeca. Él le pregunta con dulzura:

–¿Estás tú sola?
–Sí. No hay nadie más. Sólo yo.

El hombre mira un momento hacia el suelo mientras piensa. Levanta de nuevo la cabeza para encontrarse con los ojos de la niña. Sin saber bien por qué le pregunta:

–¿Te apetecería venir conmigo a dar un paseo? Me vendría bien un poco de compañía.
–Estaba deseando que alguien me lo pidiera.

La niña baja de la cama con gran velocidad y con cara de ilusión. Mientras se coloca los guantes, la chaqueta y el gorro tarareando una canción desconocida para él, éste sigue dándole vueltas a por qué siente la necesidad de estar más tiempo con esta niña a la que no conoce de nada.

–¡Ya estoy lista!

El hombre sale de la habitación inmediatamente después que la niña y apaga la luz. Le llama la atención una habitación cerrada a la que no había prestado atención mientras caminaba por el pasillo y que tiene la luz encendida. La puerta está decorada con una luna rodeada de estrellas que brillan en la oscuridad.

–¿Qué hay dentro de esa habitación?
–Nada importante. ¡Vamos! ¡Quiero salir!

La niña tira de su mano. Él se la aparta. Ella mira cómo camina hasta la puerta con cara enfadada. Al abrir la puerta se encuentra con una habitación llena de juguetes y peluches colocados estratégicamente, como si se tratara de personas reunidas en un sofá charlando y bebiendo té o café. Pulsa el interruptor para apagar la luz. Vuelve a cerrarla y vuelve a donde está la niña. Se golpea con unos juguetes que están colgados en el techo.

–Nos estás retrasando…
–Lo siento.

Mientras se va con la cabeza gacha, oye los pasos acelerados de la niña.

–¡Eh! ¡No salgas sin mí!

El hombre corre en su búsqueda. Cruza de nuevo la juguetería y sale a la calle. Para en seco. Mira por todos lados, pero no la encuentra. La angustia y la culpa inundan ahora sus pensamientos. Gotas de lluvia caen sobre su cara, pero no las siente. Sus ojos son el miedo en sí mismo. Decide ir calle arriba a buscar a la niña. Pregunta a la gente, pero nadie le presta atención. Le responden con caras serias y de no importarles la desaparición de la niña. El hombre se siente frustrado por el egoísmo de esa gente. Mira las calles, las tiendas que allí se encuentran, pero no ve nada interesante, Coloca su mano derecha sobre su frente mientras cierra los ojos con la cabeza baja. Algo tira de la manga de su chaqueta. Abre los ojos para ver lo que es. Es la niña con cara burlona.

–No me encontrabas, ¿eh?

El hombre suspira aliviado y sonríe.

–¿Dónde estabas?
–Dando vueltas por la ciudad, mirando los edificios, a la gente, los árboles de aquel parque…
–Yo antes también hacía eso, salía a la calle para respirar el aire puro y mimetizarme con la ciudad y su gente.
–¿Y ahora por qué no? No creo que haya nada tan importante que te impida seguir disfrutando de los placeres de la vida, ¿no?

La niña salta sobre un charco salpicando agua sobre los zapatos del hombre. Él le mira sorprendido por ese razonamiento tan impropio de una niña de su edad.

–No sé, quizás tengas razón.
–A ver si yo consigo que vuelvas a hacer todas esas cosas.

La lluvia cesa y unos tímidos rayos de luz atraviesan las nubes. La niña le coge la mano al hombre.

–¡Vamos, vamos! ¡No perdamos tiempo!

Ambos corren sin rumbo, él con una sonrisa que no expresaba desde hacía mucho tiempo.

Fuente de la imagen:
http://www.savingadvice.com/articles/2007/08/05/101669_photo-essay-25-money-confessions.html

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