Vinagre y rosas con olor a despedida

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Eran las 10 en punto de la noche del pasado 26 de junio, y con puntualidad inglesa, quizá aprendida en aquellos años de exilio en Londres, saltaba al escenario de la Feria de Muestras de Valladolid, acompañado de su sempiterno bombín, el inigualable Joaquín Sabina.

Después de su habitual paseíllo por  Las Ventas, el de Úbeda con corazón de chotis aparecía en la capital castellana para deleitarnos con su show.

Son muchos los años que el cantautor andaluz lleva encima de los escenarios, muchas las horas dedicadas a su público, y muy pocas las horas dedicadas a  desmentir esa fama de crápula-vividor que siempre le acompañará.

Se desprende de sus últimas entrevistas que este cuento se ha acabado, ha llegado la hora de meterse a las siete en la cuna y que sean otros los que le levanten la falda a la luna.

Viéndole en directo una vez más, corroboré estos rumores. Denota su cara cansancio, hartura de kilómetros y escenarios, urgente necesidad de calmar su existencia escribiendo para otros, apareciendo más bien poco; aunque por el bien de sus admiradores, espero que su arte no nos abandone antes que él, y que hasta el último momento nos haga disfrutar de sus canciones aunque sea por boca de otros, de sus versos y de su prosa fácil inigualable en el mundillo musical patrio.

Busca Sabina en la gente el aplauso fácil, por momentos observa a su público mientras  parece decir con la mirada: “venga, aplaudirme, que ya no vuelvo”, y lo consigue, por supuesto que lo consigue. Cuando chocábamos nuestras palmas y veíamos al maestro emocionarse en su ruedo particular, sabíamos que no aplaudíamos la última canción, ni siquiera ese concierto, simplemente le aplaudíamos a él, le dábamos un homenaje por tantos y tantos años de arte con mayúsculas penetrando en nuestros oídos.

Sabina sabe esto, y por eso el también se da un homenaje, tocando en sus conciertos auténticos himnos para sus seguidores como: “Y nos dieron las 10” o “La del pirata cojo”,  recuperando temas de discos anteriores que nos enfrascan en un auténtico viaje al pasado durante las 3 horas que dura el espectáculo.

Pero también obsequiándonos con lo mejor de su último disco: “Vinagre y rosas”. Un disco en el que Sabina vuelve por sus fueros, letras, músicas, canciones que recuerdan al mejor Joaquín de “Fisica y Química”, Yo, mi, me, contigo”, “Esta boca es mia”, o “El hombre del traje gris.

Un cantante hecho poeta o un poeta metido a cantante, no lo tengo muy claro; en definitiva un artista de los pies a la cabeza, que nos regala y se regala una última gira rodeado como siempre de auténticos musicazos.

Porque Sabina, además de gran artista es listo, y consciente de sus limitaciones vocales, se rodea cada vez mejor de auténticos malabaristas de la música que consiguen tapar con arte y experiencia cualquier desliz del utrerano, además de permitirle tomarse sus descansos, cada vez más largos y necesarios, sin que la gente apenas le eche de menos.

Son  sus músicos los que durante los “recreos del genio”, nos deleitan con  temas que la castigada garganta de Sabina ya no puede más que tararear. Músicos que a buen seguro podrían hacer carrera por si solos si se lo propusieran, pero que se mantienen al lado de su amigo y compañero; sobre todo en el caso de sus dos guardaespaldas oficiales desde hace muchísimos años, los maravillosos Pancho Varona  y Antonio García de Diego, y fue este último el que en uno de los descansos entono de manera sublime, el espectacular himno al amor que es “A la orilla de la chimenea”, para mí el mejor tema de Sabina, compuesto cuando alcanzó su punto más álgido con “Física y Química”

Así es Sabina y así nos hace disfrutar de sus últimos momentos encima de un escenario. A buen seguro, que aunque se haga de rogar, volverá alguna vez para homenajear, ayudar o simplemente acompañar a algún amigo que se lo pida, algunos estaremos muy atentos para no perdérnoslo, porque son muchos años siguiéndole, y esto es como el tabaco (que tanto le gusta), hay que dejarlo poco a poco.

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2 Comentarios

  1. Escribe bien Óscar, me llaman la atención sus artículos por el trasfondo, muy personal, que imprime. Habla de fútbol desde fuera del campo, habla de un concierto, desde fuera del recinto, es una visión original con alguna reflexión que suele estar acertada.
    Me entretuvo y gustó un largo relato-cuento.
    Enhorabuena y que siga.

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