La instalación del almacén nuclear vuelve a poner bajo los focos a Villar de Cañas

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El municipio conquense de Villar de Cañas, que el pasado 30 de diciembre se convirtió en noticia por la aprobación del Consejo de Ministros de construir allí un almacén de residuos nucleares, está de nuevo de actualidad. El Colegio Oficial de Geólogos (ICOG) considera que es importante cotejar de manera rigurosa los estudios realizados hasta el momento, a fin de certificar que los perímetros de seguridad en materia geológica y geocéntrica son  idóneos. 

Esta pequeña localidad se convirtió en foco principal de alarma y expectación cuando el actual Gobierno decidió construir el Almacén Temporal Centralizado (ATC), un cementerio nuclear cuyos costes ascenderían a más de setecientos millones de euros y que generaría trescientos puestos de trabajo, asegurados durante los cinco primeros años. 

La aprobación del proyecto se fundamentó en la extensión, topografía, geometría, sismicidad y meteorología de la zona, cuyas condiciones resultan idóneas para levantar la construcción. Sin embargo, los geólogos se mantienen en alerta por el temor de que estas facultades no sean tan beneficiosas para la proyección del complejo y los vecinos de Villar de Cañas, que en su elección por el cementerio compitió con Zarra (Valencia), Ascó (Tarragona) y Yebra (Guadalajara).

A finales de 2011, el Gobierno de Mariano Rajoy estimó que era indispensable la implantación del ATC ante la existencia en España de varias centrales nucleares que requieren un tratamiento de residuos más seguro y económico. El futuro almacén, diseñado según el modelo holandés HABOG, consta de una estructura modular de 283 metros de largo, 78 de largo y 26 de ancho. La instalación exigirá una superficie total de veinte hectáreas, de las que trece se dedicarán  al propio almacén y el resto albergarán un centro tecnológico asociado.

En la actualidad, España sólo posee un cementerio nuclear acondicionado para actividades de baja y media actividad -con una máxima de vida de 300 años-, el cual se encuentra situado en el municipio cordobés de Hornachuelos. Este centro es conocido como El Cabril y cuenta con varios laboratorios, instalaciones para recibir y acondicionar los residuos, una incineradora, celdas de almacenamiento, una piscina de agua y un depósito ciego para filtraciones. Se encuentra en pleno corazón de Sierra Morena, con quince hectáreas construidas al lado del hábitat natural de ciervos, conejos y buitres. No obstante, el almacén tiene 36 puntos de control de agua, aire y vegetación.

De los nueve reactores nucleares presentes en España, tres de ellos -Garoña, Trillo y Zorita- son los emplazamientos que más residuos atómicos destinan al cementerio cordobés, dejando patente la importancia del alojamiento residual.

Sin duda alguna, la noticia originó un doble mensaje entre los habitantes de Villar de Cañas: para unos, el nuevo almacén podría generar enfermedades a largo plazo debido al tratamiento de los residuos radiactivos; para otros, este nuevo proyecto fomentará la regeneración y el progreso de un municipio que, en la actualidad, sufre un alto índide de desempleo.

La radiación altera el sistema genético humano y puede llegar a causar la muerte de las células. Estas alteraciones, en última instancia, podrían derivar en casos de cancer, sobre todo leucemia y linfoma, ya que los órganos más sensibles a la radioactividad son los hematopoyéticos -encargados de la creación de células-. Hoy en día existen dos tipos de residuos cuyo tratamiento y repercusión son muy diferentes: por un lado, las radiaciones de origen natural, que no perjudican la salud del ser humano, y por otro lado, la radiación artificial, que sí puede ser mortal.

La polémica en torno a los beneficios y perjuicios del uso de la energía nuclear emergió en Europa, sobre todo en Alemania, tras la catástrofe de la central de Fukushima, consecuencia del terremoto y posterior tsunami que asoló Japón en marzo de 2011. 

Fotografía: La legra negra.

 

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