Vergüenza infinita

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Desde que un día se introdujo el deporte en las universidades inglesas, allá por la segunda década del siglo XIX, las cosas han cambiado… a peor por supuesto. El juego, que forma parte de las sociedades desde tiempos ancestrales, se introdujo en la educación universitaria para erradicar la violencia y también como un efectivo sistema de formación del alumno. En la actualidad se ha convertido en un banal espectáculo que mueve millones. Y aquí es donde entra el fútbol, pues si bien todos los deportes que son televisados mueven mucho dinero, mucho más lo hace este deporte, que ha pasado de ser el símbolo de identidad de las clases obreras frente a los patrones, a ser el símbolo de identidad de los ricachones que se benefician a costa de la ingenuidad de los aficionados.
En esta conversión repulsiva a la espectacularidad, juegan un importante papel los medios, demostrando que cada día, el periodismo deportivo puede ser peor. Y es que no se puede olvidar la fatal retransmisión de la Copa del Rey en TVE cuando, de primeras, cortaron el himno español por las pitadas que allí se estaban produciendo. Después trataron de hacer con que recuperaban la imagen poniendo a un aficionado del Bilbao con la mano en el corazón cual patriota de primera. Como no fue suficiente esta metedura de pata, mandaron a cubrir el partido a una “periodista”, Silvia Tobar, que dejó por los suelos la tonta ilusión de creer que en TVE la información era mejor tratada. Con su pregunta de: “¿Increíble no?” repetida una y otra vez ante cualquier jugador del Barcelona al final del partido, dejó claro que lo de documentarse antes de hacer un buen trabajo periodístico, es sólo un mito. Sin embargo, se debió de dar cuenta que hasta ella misma se aburría preguntando siempre lo mismo, y al llegar a Pep se le ocurrió preguntarle, “¿por qué eres tan…así?”. Para preguntar esas chorradas mejor es quedarse en casa.

Pero no se queda atrás Antena 3, en su vergonzosa retransmisión de la final de la Champions. Ellos se enorgullecen de haber congregado a más de once millones de espectadores, pero lo que no cuentan es cuánto dinero se han metido en el bolsillo a pesar de haber hecho la peor retransmisión de la que tengo noticia. Uno de los comentaristas empezó a repetir tras el primer gol que el Barcelona ya tenía la copa conseguida, mientras intercalaba la programación de la cadena y absurdos comentarios que no aportaban nada. Me hubiera gustado saber cómo habría cambiado el discurso al final si el Barça llega a perder. Más que nada porque en un partido de fútbol puede suceder cualquier cosa hasta el último minuto.

Pero las decepciones no terminan. No sólo los periodistas contribuyen a desprestigiar este deporte, sino también sus protagonistas. Porque tratar a los jugadores como mercancías que se compran y se venden por cantidades extraordinarias de dinero, no deja de producir en el ciudadano de a pie un cierto reparo. Lo peor es que los jugadores se dejan y se crecen ante los medios creyéndose estrellitas, cuando muchos de ellos no tienen ni dos dedos de frente. Vergüenza ajena es lo que me ha producido la noticia del fichaje de Cristiano Ronaldo por más de 90 millones de euros. Y ya no sólo eso, sino el desdén con el que habla este chico, que se cree Dios o algo parecido. Este fichaje multimillonario ha fortalecido sin duda alguna su prepotencia. Y sino, ojo al dato: “Soy Cristiano Ronaldo y puedo ganar más que nadie”.

Y por último decir que nada de esto sería posible sin los ciudadanos, que después de trabajar más de ocho horas diarias por una miseria, llegan y se sientan frente a la televisión a ver el partido de turno, cuando no se gastan una pasta para ir a verlo al campo. Vergüenza es lo que me produce este mundo de locos en el que vivimos y que todos, a base de ponernos vendas en los ojos, hemos construido.

Fuentes del texto:
“Un análisis cultural del deporte”, de Ramón Cobo Arroyo, profesor de periodismo deportivo de la UCM.
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Imágenes: google

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