Venezuela, tras la Crónica de una muerte anunciada

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El “espíritu” de Hugo Chávez monopoliza el periodo electoral abierto para elegir al nuevo presidente de Venezuela el próximo 14 de abril, una omnipresencia explotada por el oficialismo y letal para el candidato opositor Henrique Capriles.

Persona con mascara de Hugo Chavez, por Omerta-ve, Wikimedia CommonsEn esta Crónica de una muerte anunciada versión venezolana no hay un asesinato por venganza, al menos hasta que se demuestre la teoría de la conspiración yanqui para inocular un cáncer al líder bolivariano, ni turbias relaciones sexuales, que sepamos. Sí hay un dueño de una hacienda muy querido por el pueblo, solo que esta hacienda era todo un país. Además de la imposibilidad de conocer toda la verdad tras una muerte, el genio colombiano Gabriel García Márquez trataba en su novela otros asuntos como el revanchismo, la credulidad, el simplismo y, más importante aún, el destino, que por mucho que se trate de evitar, siempre llega. 

“Nunca hubo una muerte más anunciada” dada la gravedad de la enfermedad contra la que Hugo Chávez llevaba tanto tiempo luchando. Desde el pasado 5 de marzo, fecha oficial de su muerte, esos elementos antes comentados se vienen utilizando sin ningún pudor por el “hijo político” del “Cristo de los pobres”, Nicolás Maduro.

Cualquiera podría afirmar que cada uno de los movimientos de Maduro han sido fríamente calculados por un estratega que ha sabido ganarse su sucesión y controlar el aparato estatal que su mentor le dejó como legado, pero el patinazo con el anuncio del embalsamamiento del cuerpo de Hugo Chávez “para ser contemplado de por vida”, que al final no podrá ser, desacreditaría bastante esa teoría. Más bien el régimen chavista se encuentra en una huida hacia delante hasta al menos llegar a la victoria electoral el 14 de abril y, ya con el poder asegurado, podrá bien redefinirse y transformarse, o bien hundirse como cualquier barco que navega sin un capitán.

Por lo que se ve, el instrumento a utilizar es recurrir a los sentimientos y creencias más profundos de la gente, una gente a la que Hugo Chávez, al margen de otras críticas, sacó de la miseria extrema y puso en el foco de su política. Todos los malos datos macroeconómicos que se puedan aportar, las corrupciones que puedan aflorar y la falta de libertades que se puedan achacar al régimen bolivariano seguramente no cuenten para unas personas que por primera vez en su vida consiguieron disfrutar de un mínimo de bienestar. En toda esta historia hay alguien que está buscando su lugar, la cabeza visible de la oposición, Henrique Capriles, un personaje en el que no hay que ahondar mucho para pronosticar la causa de su previsible fracaso: su trama no encuentra páginas en la historia.

Capriles, que logró algo más del 44% del voto en las elecciones de octubre de 2012, diez puntos por debajo de Chávez, goza de una mayor relevancia en el extranjero que en su propio país, en el que con unos medios monopolizados por el chavismo y las calles cubiertas de imágenes del líder caído y su obra, poco margen de maniobra le queda. Por suerte para él, siempre le puede quedar la esperanza de que el destino, a veces, puede ser caprichoso y dar sorpresas.

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