Velázquez y el pasodoble

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Últimamente me ha dado por los museos. Para entrar en estos lugares sólo hay que tener en cuenta unas reglas básicas: no pisar la línea de seguridad, no dar voces, no comer en las salas y no tocar. Lo básico. Hay gente que ni eso. Los turistas del montón, los de a diez céntimos el puñado, que son mayoría, esperan ante un cuadro u obra una revelación impactante, esclarecedora. Cosa que no ocurre nunca, porque las exposiciones no tienen por qué ser didácticas, aunque algunas sí lo sean. Lo más probable es que sólo encontremos una invitación para documentarnos, a priori o posteriori, sobre un asunto concreto. Lo más probable es que debamos traer deberes hechos de casa.

Para contemplar La rendición de Breda o La Gioconda hay que tener en cuenta muchas cosas, que el cuadro no nos dirá, porque ese no es su cometido. Es una cuestión que no debemos olvidar. Todos hemos visto al típico grupo de turistas capaz de verse el Museo del Prado en veinte minutos. Así no hay manera. Este es el motivo, por el que se producen la desidia o desprecio ante ese trozo de tela pintarrajeado, mudo y obstinado, porque nos frustra. No hay nada más aburrido que un museo que no tiene nada que decirnos.

La principal misión del turista que he nombrado más arriba es la de hacerse fotos con todo lo que encuentra a su paso. Tanto da que sea una escultura mediocre, que un sarcófago egipcio de piedra de las duras. Todo es factible de ser fotografiado, y se mosquearán si no se les permite ese “derecho”. Son capaces de hacerse fotos hasta con los vigilantes de sala. Enfocan el objetivo de su flamante cámara de vídeo hacia todo lo que encuentran, pose torera de rigor, y se marchan a otra cosa.

Si el museo es gratuito la cosa se pone aún más marchosa. Entonces es pasto de transeúntes aburridos y turistas tacaños que rentabilizarán hasta el último minuto para sus propósitos, tocando y “flasheando” todo objeto que tengan a la vista. Los museos es lo que tienen, que en verano se está fresquito y en invierno se calienta uno. Es aquí donde podemos ver en todo su esplendor a otro tipo de visitante, más “sin complejos”, más honesto con su condición e interés por la exposición. Al menos no se engaña a sí mismo, y obtienen el mismo resultado, que es pasar el rato. Una muesca más en su currículo de “yo estuve allí”, y se largan buscando el bar más próximo.

La escena que quiero contarles empieza así: un niño entra corriendo por una nave de cruz griega, patinando a medio camino y mirando hacia atrás satisfecho. Su madre le sigue con paso corto, dejando manga ancha al infante. Detrás vienen abuelo, abuela y marido, con pinta de no haber pisado un museo en su vida. Mirando a ambos lados con displicencia.

La exposición es de tapices del XVI. Telas de Flandes y telares de la época que la nobleza de la ciudad hizo traer y que, por azares de la historia, acabaron en los fondos públicos del museo que ahora los expone. Otros desaparecieron para la historia o se quedaron en manos privadas. Pero no viene al caso. El abuelo se dirige al primer tapiz situado a su derecha y lo levanta ostentosamente. Para ver lo fino del trabajo, suponemos, aunque no se pronunció el sujeto sobre su acción. La vigilante de sala le recrimina la acción y le recuerda que a un tapiz de cuatro o cinco siglos el sobeteo le vienen pero que muy mal.

Ops, perdone usted -Dice el abuelo contrariado-. Pues nos ha jodido la finolis esta. – Finaliza entre dientes.

La visita sigue su curso. Entre correteos del niño y despreocupación de los padres suena un pasodoble a todo volumen. Los presentes se miran el bolsillo, por si es su móvil el que se ha puesto folclórico.

Adiós con el corazón, que con el alma no puedo. Al despedirme de ti, al despedirme me muero…

El dueño del móvil cantarín saca el aparato del bolsillo. Por supuesto no es otro que el padre de la criatura, que salta y corre por toda la sala. El sujeto descuelga sin contemplaciones y se pone a charlar animadamente. A media conversación, de la que ya estaban al tanto todos los presentes, interviene la vigilante de sala otra vez, indicando la salida con un gesto.

Señor, por favor

El interfecto le mira con insolencia. Su Nokia último modelo, su camisa blanca remangada y su barriga prominente le dan un aire superior que le permiten ciertas licencias, o eso piensa él. Contra todo pronóstico, acata la invitación y sale de la sala. Mientras camina habla por el teléfono y hace un gesto con el dedo para que le siga la tropa.

No es una escena aislada. A poco que frecuentemos museos podemos presenciar en directo escenas parecidas. Sólo tenemos que buscar a la persona o grupo adecuado y seguirlos durante unos minutos. Nos ofrecerán seguro un rato divertido. Si para algo nos sirve este tipo de turismo es para que descansemos un rato en nuestra visita. Después de los minutos de asueto que nos ofrezcan podremos volver al tajo de la historia y sus artistas, ya relajados y listos para empresas intelectuales más complicadas.


Fuentes de las imágenes:
http://www.alvarodelcastillo.com/blog/2009/02/21/tontolhabas/
http://talibansevillista.blogspot.com/2009_06_01_archive.html

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