Varianzas…

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Epístola de Gulka el llamado Basajaún a Virginia Angélica de Segaelo
Déjame comunicarte por escrito- no sabría hacerlo ante la negrura de tus ojos- que desde el momento en que huiste de mi encierro no encuentro asilo en la soledad de mi alma. Sé cómo te has debido sentir ante mis arrebatos y ante los de nuestra patria entera, tuya y mía. Tan nuestra como ese pequeño ducado que heredé de tu legado y que no sé cómo gobernar sin mencionarte.
Te juro- y juro a la Virginia que conozco, con todo lo que implica el juramento a un alma tan devota- que pensé que si recogía tu testigo, tan cruelmente arrebatado de tus dulces manos, en el fondo estaría honrando tu herencia. Confieso que me tentó el poderío. ¡Juventud maldita qué fácil puede pudrirte! Pero nunca pensé en traicionarte aunque supongo que fue eso lo que di a entender a los pocos valientes que se atrevieron a decir que te apoyaban en público sin temor a represalias. Yo ante tu marcha sólo quería cuidar de un territorio asolado y sumido en una supuesta guerra civil. Lo que ocurre es que en el fondo, nunca existió tal guerra. Estoy seguro de ello porque ahora más que nunca comprendo que nadie de estas tierras estuvo en tu contra durante el tiempo de tu arresto y supuesta muerte- en realidad exilio- y quien no lo mostró así fue por mero temor de perder sus posesiones, materiales o de espíritu.

Ahora bien que me recriminan aquellos que entonces se escondieron de apoyarte, cobardes, una y otra vez, de reiterativa forma, de nuevo una y otra vez como un perdido, que no soy lo que tú fuiste, que ni siquiera se refleja en mí un detalle de tu esencia. ¿Qué podría hacer? Quise negociar un armisticio y por poco causo una contienda. Y esta vez realista…

Por eso te desvelo y te confirmo que no puedo sacarte de mis pensamientos. No te aparto de mi cabeza. Cada día, cada minuto y cada instante se me carga con la enorme roca de tener que sucederte. Ya son cinco años ¡cinco! y en ese tiempo he notado cómo me rasga de dolor- creo que el mismo que tú sentiste- la soledad y la persecución de aquellos que se decían mis apoyos pues ya con el resto ni cuento. El dedo que me regaló este puesto no ha sido más que una temible maldición que arrastraré en mi innata vida. Poco a poco… y virtualmente acompañado: realmente solo.

Te confieso que te he odiado, te he detestado como cualquier vulgar mercenario haría por ser lo que fuiste, por todo lo que dijiste, porque nadie dejaba de compararme contigo, porque no lograba congregar el sortilegio que tú congregaste. Para suplirla quise ser uno entre tantos, te utilicé como reclamo… y ahora simplemente soy el que señalan con un dedo que no es el que me regaló mi condena.

¡Mi Virginia! dicen que el amor conduce al odio pero en mi caso, como en toda mi vida, los pasos se invierten. ¿Recuerdas cómo rescataste para la Corte a ese muchacho huérfano del más bajo vulgo? ¿Cómo me educaste? Invertiste mi futuro de Tercer Estamento y me elevaste hasta el Primero. Pues ahora es lo mismo con el amor y el odio. Una vez te odie… y ahora te quiero. Te quiero más que nunca porque sé lo que pasaste, porque yo mismo lo he sentido y porque no soy capaz de soportarlo como tú hiciste. ¿Cómo podría resistirlo? Quiero retenerte y quiero devolverte lo que es tuyo. ¿Lo tomarías? Negociemos una salida. Creo que es lo que mejor se me ha dado hasta ahora.

Te adoro, mi devota; te deseo, mi inocente. Cuerpo de niña; rostro de dama; sonrisa que esconde la lágrima. Y me siento tan culpable, tan iluso, tan infantil a tu lado… Llámame como quieras, como te gustaba llamarme “fauno” en tu idioma por traducir el término que usan en tu tierra amada. Discúlpame si no recuerdo su denominación exacta.

Te dejo, como siempre. Y te revoco a mi propia esencia. Pero te confieso que lo poco que nos juntamos durante nuestro breve reencuentro fue suficiente para que me diera cuenta de que uno de mis pocos consuelos se debe a la música, sí, la misma salida que adopté cuando te creía muerta como todos los ignorantes de la verdad. La música será quien me recuerde que una vez compartí tu aliento.

Dictada por mi mente está la carta. Respóndeme a ella si soy digno.

PD: Voy a hablar con nuestros superiores para que me arrebaten lo que ellos mismos me concedieron, este ducado insulso que muere sin tu esfuerzo. Intentaré que con las palabras que tan famoso me hicieron se termine este mal negocio. Si todo sale bien, serás tú de nuevo, si así lo deseas, la dueña de estos poderes. Si no, supongo que estas son mis últimas letras porque tú mejor que nadie sabes cómo proceden nuestros poderes con los que creen que les traicionan. Que mi carta llegue de manos de tu amiga Izaskun.

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