Vacíos

2
735

Todos tenemos alguna debilidad, muchas incluso. Irrelevantes, absurdas, importantes. Todos hemos culpado al azar, a la buena estrella; y, teniendo razón o no, no ha dejado de calarse en algún rincón de nuestros pensamientos, siendo conscientes de que tal vez nos mentíamos a nosotros mismos.

Visitando un programa de radio en directo, acudiendo a una conferencia interesante, escuchando embelesado una clase, existe cierta tendencia de mirar a nuestro alrededor buscando gente que piense lo mismo que uno: ‘estoy en el sitio donde quiero estar y no puedo ser más feliz por ello’. Pero a veces, las caras, o la inexistencia de ellas, te demuestran lo equivocado que puedes estar pensando tal cosa de ellos.

La gente se centra en lo que no tiene. Pero no intenta ni prueba lo que le ponen en las manos. Ellos no se equivocan, pero tampoco ellos arriesgan, no actúan, no viven, no mueren. Son muertos ambulantes en una vida que no les pertenece.

La falta de luz propia me anula, me ciega; ya nadie piensa en méritos ni esfuerzos, ahora hablamos de buena suerte, de gente que, capaz o incapaz, hacen magia para estar donde los demás ansían sin mover un dedo.

Nadie puede negar que hay gente que de verdad tiene ese trébol de la suerte. Pero, ¿cuánto dura ella?.

He caído en la cuenta a raíz de un artículo de Maruja Torres, El Maestro, que la cuestión es mucho más profunda y preocupante. Ya no hay personas que guíen o ayuden a aquellos que quieren formarse en una profesión. Mentores que expliquen que la suerte no existe, sino una trayectoria que comienza desde abajo, y que, trabajando con esfuerzo, y buscándose la vida también, se puede salir adelante.

La universidad, si algo tiene, y no puedo decir que tenga poco, es la ausencia de éstos. Una paradoja cruel y triste. Aunque siempre hay alguna sorpresa de esas que conmueven. Pareciendo incluso que uno debe dar gracias por ello. El hecho de que algo que debería existir sorprenda también resulta triste y confuso.

He de confesar que desde el bachillerato siempre he ido arrastrando cierta aprensión a una materia. Ésta me volvía completamente loca. Recientemente me he dado cuenta lo que influye el profesor que la imparte. Y todo esto, ¿para llegar a dónde? A la necesidad de la que hablaba Maruja Torres. Estamos tan faltos de ellos, que cuando uno parece proyectar luz, todos quedamos encandilados.

Estamos faltos de maestros, de personas que traten a sus alumnos, a sus empleados, como seres pensantes que son, no máquinas para ganar dinero, ni cerebros de apuntes memorizados. Olvidados.

Asusta la idea de adónde vamos. Aterroriza no tener una persona a quien admirar, de quien aprender, por el cual perder una comida, cancelar una cita, porque durante horas y horas has querido escucharlo.

No se trata de magia ni de suerte. Todos poseemos esas dosis de valentía y de miedo también, unidas por la ilusión de desear algo muy fuerte y convertirlo en esfuerzo y trabajo diario. Dadas en uno mismo, descubiertas porque alguien creyó en nuestro valor y porque supimos decir: “podemos hacerlo, aquí y ahora”.

Fuentes de las imágenes:
http://jovenesconvision.blog.com/page/2/
El Maestro
, de Maruja Torres: http://www.elpais.com/articulo/ultima/maestro/elpepiult/20110317elpepiult_1/Tes

2 Comentarios

Dejar respuesta