Urtain y Guerra: el adiós del encajador, el adiós del fino estilista

0
334

Colmado de autoridad, cerebro de un ejecutivo sin oposición y patrón del partido que lo sostenía, Alfonso Guerra se aventuró a bautizar su década en la cumbre con un eslogan que habría de resumir, con su verdad y sus disfunciones, el tiempo que la nación dependió de sus designios. “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”. Y entre el 82, año del desembarco socialista en la Moncloa y del Mundial de fútbol, y el 92, el de la Barcelona olímpica ya con el sevillano fuera del gobierno, transcurrieron los diez años de vigencia de la declaración.

El clan de la tortilla festejó su primer triunfo electoral en el hotel Palace madrileño. González y Guerra, binomio entonces indivisible, condujeron al PSOE hasta el poder. Jóvenes nacionalistas españoles, como les definió el New York Times, dirigirían una España que habitaba en el vaivén. La reciente muerte de Adolfo Suárez ha devuelto el inventario con los problemas de toda índole que acechaban el discurrir cotidiano de aquella sociedad. Cabría suponer, sentencia del vicepresidente mediante, que la modernidad posterior a la dictadura habría de llegar con los socialistas. Por delante, evolución social y cultural y un camino hacía el progreso más avanzado que los hitos, valórese cada cual según se desee, de la Movida madrileña o la ley del divorcio.

La España que imaginó Guerra se mostró fiel a sí misma en 1992. Un amplio abanico de celebraciones, efemérides y saraos jalonaron la vida pública del país de los milagros. Sólo tres lustros le hicieron falta a España para ponerse a la altura de sus vecinos de continente. La transformación era aquello: alegría y derroche. Se incorporaba a occidente, como miembro de pleno derecho, quien décadas atrás se proclamaba su centinela. Otra mudanza: de recio guardián de las esencias a despreocupado patio de recreo. Juegos Olímpicos, Exposición Universal, capitalidad europea de la Cultura y Quinto Centenario del Descubrimiento de América. Doce meses para ponerse guapos.

Alfonso Guerra durante la campaña electoral de 1982. / EFE
Alfonso Guerra durante la campaña electoral de 1982. / EFE

Guerra había salido del gobierno un año antes, después de nueve de poder omnímodo. Las fotografías de la época, aunque poco le gustaran, exhiben orgulloso a Felipe, posando para la posteridad con gracia sevillana. Los retratos de aquel González le muestran sonriente y templado pero con el garbo propio de la tierra, tan de Curro Romero perfumando un paseíllo en la Maestranza. El presidente se había desembarazado de su inseparable número dos y afrontaba el escrutinio popular sin parapeto. Pero el brillo del 92 quedó íntegro para él: nadie le haría sombra.

La barcelonesa montaña de Montjuic reunió, y fue la cima más alta de aquel curso, a personalidades políticas y deportivas durante las jornadas de competición olímpica. Sobre la pista, ídolos de masas; en las tribunas del estadio, centenares de dirigentes políticos de todo el planeta. Un nuevo mundo se congregaba a orillas del Mediterráneo: en Berlín cayó el muro y con la misma facilidad que aquellos pedazos de hormigón se había desintegrado el bloque soviético. El socialismo real decía hasta luego por la puerta trasera de la historia. Años antes, Guerra había pedido a los españoles inversión en perestroika. Fue la propia fórmula aperturista verdugo del sueño modernizador de Gorbachov.

El capitalismo venció una guerra, cruenta sólo en escenarios secundarios, extendida durante décadas. El deporte abrazó los valores del bando ganador. Televisión y promoción agresiva serían los altavoces de grandes eventos y estrellas. Los Juegos se convirtieron en un negocio floreciente. Juan Antonio Samaranch regateó los fantasmas del boicot y llevó al olimpismo a una era de esplendor y opulencia. Surgían los primeros iconos globales y una economía deportiva antes desconocida. La cita de Barcelona rebasaba el decimonónico ‘Citius, altius, fortius’ y ponía a un ramillete de prácticas en una nueva dimensión. La España del deporte, un reducto para quijotes solitarios, también ingresaba en el club. Como en la OTAN o en la Comunidad Económica Europea. Un país de fútbol y héroes individuales cerraba sus Juegos con más de veinte metales y bien posicionado en gimnasia, natación y atletismo.

Mudaba la piel de la piel de toro. Con el mismo entusiasmo con que el gran público adoptaba disciplinas de escasa raigambre y menor comprensión, otras con tradición y poder de convocatoria desaparecían del uso habitual. La España transformada despidió sin honores a José Manuel Urtain, estrella retirada del boxeo que se quitó la vida en Madrid sólo unos días antes del inicio de la fiesta en Barcelona. La historia reciente del país, en tantos pasajes ligada a un cuadrilátero, perdía un icono en la víspera olímpica. En los noventa, el deporte de combate por excelencia se había quedado sin espacio en el imaginario colectivo.

A la batalla entre dos púgiles le abandonó la literatura. La intelectualidad biempensante rechazó la pelea reglada como forma de expresión. Desaparecieron prosistas interesados en un hecho deportivo singular. El interés de las élites fue menguando y con él la capacidad para llegar al público. La liturgia propia de un rito teatralizado no era argumento suficiente. El envoltorio del boxeo, oscuro y turbio, sirvió como excusa para enviar a la clandestinidad a una actividad multitudinaria y transversal durante el tardofranqusimo. El Morrosko de Cestona, el ídolo caído, se marchó sin empañar los fastos inaugurales en la ciudad condal.

José Manuel Urtain, campeón de Europa en 1970. / Manuel Sanz Bermejo, ABC
José Manuel Urtain, campeón de Europa en 1970. / Manuel Sanz Bermejo, ABC

Sobre las circunstancias vitales del guipuzcoano trazó Juan Cavestany una suerte de biografía desordenada -cronológicamente-, que nacía con el suicidio y moría en los días de gloria. Andrés Lima, de la compañía Animalario, dirigió la obra de teatro basada en el texto de Cavestany y bautizada con el apellido del púgil. La adaptación televisiva (recientemente repuesta), con arreglos de Andrés Luque, llegó a la pequeña pantalla de la mano del legendario Estudio 1 de Televisión Española. Poco más de quince años después, la tragedia se había convertido en material didáctico. Un adiós en singular para explicar la metamorfosis colectiva.

La sombría desaparición de Urtain agotó el último relato heroico gestado en la dictadura. Aquel encanto pretérito y lejano, esculpido sobre las gestas de boxeadores, de ciclistas y de toreros, repetía un mismo guion: muchachos pobres y humildes de origen rural conquistaban fama y fortuna durante el ejercicio de su profesión. Y tras el vértigo de la batalla, un epílogo cómodo y asegurado por los réditos de la etapa de actividad. La célebre carrera de aquellos individuos inspiradores modeló el deseo de la generación de la posguerra. Cuentos populares para soñar.

Pero la que descorchaba el último decenio del siglo era una nación optimista, de jolgorio sin interrupción. Los años anteriores encaramaron a una nueva generación de triunfadores. Se extendieron la cultura del pelotazo y la beautiful people. Talento, estética y cierto aire divino reemplazaban sufrimiento, garra y furia.  Perdió vigencia el catálogo de valores para adjetivar propio del régimen anterior. Y para glosar los tiempos modernos no servía ningún eslogan precedente. Quizás el ‘Spain is different’, aunque cada vez dijera menos la verdad. Porque después del reencuentro, del cuánto tiempo hace -que se dijeron la solitaria España y el resto del orbe-, asomó una sociedad insípida. Definitivamente, al experimento de equilibrio cartesiano entre quijotismo y sanchismo no lo reconocía ni su progenitora.

Urtain y Guerra fueran víctimas del mismo proceso evolutivo. El vasco no asimiló el nuevo paradigma; el andaluz diseñó una criatura que amenazó con devorarle. En el año de los prodigios ambos firmaron su propia defunción. El púgil besó la lona del asfalto madrileño y de ahí no regresó. Pero el político, que no se ha movido para seguir saliendo en la foto, resiste. La ruptura del boxeador fue definitiva; la del número dos con los suyos sólo una retirada de la primera línea. En el teatro y la política las muertes son menos crueles.

El boxeo y sus caídos vagan por un limbo de olvido, arrinconados y sin memoria histórica. Tratamiento diferente reciben los desheredados de la representación pública, habituales de las segundas y sucesivas oportunidades. En la retaguardia del Congreso ha residido Guerra desde su divorcio con el felipismo. Su periplo como diputado se alargará ininterrumpidamente desde la restauración democrática hasta el final de la presente legislatura. Abandona la política, así lo ha anunciado, un fino estilista. Al púgil se lo llevo un tiempo nuevo, muy diferente al que había conocido. Quien fuera referente de la izquierda en España contempla disgustado el cambio de era: en el futuro parece no tener cabida.

Dejar respuesta