Universalidad mal entendida

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El Mundial de fútbol sala ha dado inicio en Tailandia, con Brasil como gran favorita. Las selecciones europeas, comandadas por España, Rusia, Portugal e Italia, intentarán derrocar a la vigente campeona, pero tendrán que prestar atención en los primeros partidos ante rivales débiles, no porque sus respectivas clasificaciones para la fase de eliminatorias directas corra peligro, sino por las secuelas que pueden dejar algunos aspectos organizativos que la FIFA ha descuidado de forma negligente.

El ‘Búfalo’ Lozano anotó en el debut de España ante Irán.

La selección española no ha comenzado con buen pie su travesía en Tailandia, con un merecido empate ante Irán (2-2) que, si bien no complica en absoluto las opciones de los de José Venancio López para pasar a la siguiente fase, sí da un serio toque de atención para evitar que la relajación haga mella en el equipo nacional. 

Cuando un equipo tiene los galones de favorito como la selección española, resulta obvio pensar que uno de sus principales enemigos es la propia selección, teniendo en cuenta el desigual desarrollo del fútbol sala a lo largo y ancho del globo. Por desgracia, los favoritos en Tailandia tendrán que hacer frente a otros enemigos externos, casi todos con raíz en la propia FIFA.

Con el presidente Joseph Blatter volcado de lleno en la universalización del deporte rey y sus dos hermanos pequeños (el fútbol sala y el fútbol playa), se está dejando de lado algún detalle básico. Aspirar a que el fútbol llegue a todos los rincones por igual chirría bastante cuando la base está descuidada, algo que en Tailandia se puede apreciar en las porterías y en los árbitros seleccionados para impartir justicia.

Una portería anclada al suelo puede ser un factor de seguridad importante en el fútbol sala callejero, pero cuando se trata de profesionales puede volverse en una fuente potencial de gravísimas lesiones. En cada partido hay varios lances en los que los porteros, los defensas y los delanteros se lanzan con todo para salvar o lograr un gol, impactando a menudo con los postes. En las principales ligas del mundo, las porterías están fabricadas con materiales que evitan que un jugador ponga en riesgo su integridad física cada vez que realiza su trabajo y, por supuesto, no están ancladas al parqué. Resulta curioso -e insensato- que en la principal competición de selecciones del mundo sí lo estén. 

Por otro lado están los arbitrajes. Abrir un Mundial a la participación de todas las selecciones que quieran jugar no es negativo y fomenta la práctica del deporte; lo que sí es nocivo es que los jueces no tengan la formación suficiente. La pareja de árbitros titulares del España-Irán, formada por el mexicano Francisco Rivera y el cubano Sergio Cabrera se demostró incapaz de llevar un partido entre dos selecciones que tienen muy desarrollado el concepto del fútbol sala. Lastrar a dos selecciones llamadas a tener un papel protagonista en el certamen con amonestaciones derivadas de una interpretación técnica a la hora de hacer las sustituciones es una aplicación rigorista del reglamento, que debería ser interpretado de forma que el espectáculo salga beneficiado. Los parones fueron constantes y las decisiones que tenían que tomar dentro del parqué estuvieron lejos de ser las acertadas.

Por asimilación, a nadie se le ocurriría que un partido del Mundial de béisbol entre Japón y Venezuela fuera arbitrado por un colegiado español, por mucho que conozca el reglamento al pie de la letra. La aplicación que este podrá hacer, aun siendo escrupulosa, nunca estará al nivel de la de un árbitro de una liga potente, acostumbrado a lidiar con equipos punteros y a tener un mejor entendimiento del juego.

Con una actividad burocrática apabullante, creando Comités de Ética o Responsabilidad Social, la FIFA está buscando convertirse en una fuerza evangelizadora, olvidándose de que para un fomento correcto del deporte hace falta no descuidar la base. En la raíz se encuentran principalmente estas competiciones mundiales, las que dan prestigio y difunden la imagen que se ha generado durante los últimos cuatro años en el fútbol sala, una imagen que muestra un abandono patente. 

De cara al futuro, el máximo organismo rector del fútbol mundial debería dejar de considerar que el fútbol sala y el fútbol playa deben organizarse bajo el mismo paraguas administrativo por respeto al aficionado. Por mucho que sean derivados del fútbol, el parqué y la arena tienen escasos puntos en común.

Fotografía: LNFS (vía FIFA.com)

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