Una sobremesa con Anaut

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Ahí está, el segundo disco de Anaut, Time goes on. Imagen: José Aguilar

Anaut llevan toda la mañana promocionando su último trabajo, Time goes on. Sentados a la mesa del bar donde ahora comen, han recibido visitas de periodistas interesados en hablar de su segundo disco. Entienden la promoción como parte fundamental de la música y asumen las entrevistas, algunas con ese regusto a fritanga que tienen las preguntas contestadas mil veces, con profesionalidad.

El bar es un local moderno del centro de Madrid, con la misma decoración original y exclusiva que todos los locales modernos de la zona, mesas de madera decapada, sillas metálicas, adornos que antes estaban sobre los muebles de la abuela y, por supuesto, camarero de brazos hipertrofiados que atiende las mesas con parsimonia. “Hemos pedido el primer plato a las dos y aún no nos han traído el segundo”, se queja Alberto Anaut, guitarrista y cantante de la banda. Son las tres de la tarde cuando, finalmente, les traen el resto de la comida. Ninguno ha pedido el mismo plato. “Puedes apuntar que a Gabri le gustan las sardinas”, señala Alberto sonriendo, refiriéndose a Gabriel Casanova, teclista del grupo.

Mientras terminan de almorzar hablan de música, de la comercial que llena estadios y de la que sobrevive en salas pequeñas. De la artificiosidad de la primera, de las poses y los playbacks en directo, y de las dificultades de supervivencia de la segunda, de la autenticidad y de la cercanía. Su segundo disco lo han grabado completamente en analógico, “tocando como si fuera en directo, todos a la vez”, explica Javier Gómez, batería. Lo industrial frente a lo artesanal. Llegan los cafés y, de nuevo, nadie coincide. En lo que sí están todos de acuerdo es en que el disco les gusta. Mucho. Algunos músicos llegan a aborrecer sus propias canciones después de haber pasado semanas, meses, escuchándolas un día tras otro durante las sesiones de grabación. “Yo había días que estaba muy rayado con las voces”, explica Javier Geras, bajista. “Te vuelves un poco loco”, admite Gabri. Pese a ello, hoy escuchan Time goes on y lo disfrutan. No es para menos.

El objetivo de Anaut ahora es la presentación en directo del disco, el 23 de abril en la sala Joy. “Estamos muy centrados pensando en el show”, cuenta Gómez. “Todavía estamos decidiendo el orden de las canciones, las partes entre medias, la continuidad… Tomando ideas de otros bolos a los que vamos como público para intentar adaptarlas a nuestro rollo”, añade Alberto. “Estamos pensando en las verdades que hay en el disco, qué es lo que queremos transmitir… si daremos más caña o no”, concluye. El directo de Anaut es tremendo, como pudimos comprobar hace unos meses, durante su actuación en la sala Arena dentro de los Mad Town Days. Lo cuidan mucho, intentando dar matices diferentes que los que hay en el disco. “Es fundamental”, señala Gabri. “A veces te arriesgas y no sabes cómo va a reaccionar la gente”, apunta Gómez. “Aprendemos mucho de otros bolos, de cómo una balada se transforma en un tema mucho más cañero, de la reacción del público”, interviene Alberto.

Los conciertos de Anaut comienzan a un ritmo altísimo, casi electrizados. ¿Cómo se logra esa intensidad desde el inicio? “Obsesionándose”, contesta Alberto entre risas. “Hemos estado muy preocupados con esa historia durante mucho tiempo”, cuenta Geras. “La intención era precisamente ésa, empezar muy agresivos”, termina. “Hay mucho compañerismo también. Cuando has pasado muchos meses trabajando en un disco y luego, en directo, miras a tu lado, ves a Gabri a los teclados y al resto de la gente con la que llevas partiéndote los cojones todo ese tiempo, ¿cómo no va a salir esa energía?”, explica Alberto. “Sueltas los perros. Sólo puedes tocar a ese volumen y con esa intensidad en directo. Lo tienes en la cabeza y ahí lo dejas salir. Todo el mundo está empujando”, apunta Gómez.

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Portada de Time goes on

La perspectiva sobre el escenario es completamente diferente a la que tiene el público desde abajo. “Me gusta medir cómo va el bolo fijándome en las caras, tomo tres o cuatro referencias de gente que está atenta”, cuenta Alberto. “Es súper importante, y la energía que te transmiten también”, señala Geras. “Esas caras de felicidad que, cuando las ves, te vienes arriba de una manera increíble”, recuerda Gómez. “Además, que como el show no está cerrado al completo, en función de lo que vemos, hablamos entre nosotros y decimos, venga, hacemos este tema. Esas cosas las manejas según lo que vas viendo”, explica Alberto. “Siempre hay espacio para alguna sorpresa. Los conciertos de Anaut tienen ese punto loco que no sabes nunca qué va a pasar. En ese sentido obliga al público a estar muy pendiente, no saben de antemano qué van a escuchar”, concluye Gómez. “Vamos a arriesgar, lo vamos a pasar bien”, sentencia Alberto.

En el escenario se visten con traje, a modo de acompañamiento adicional al tipo de música que interpretan. Cuestión de maridaje, como dicen en restauración. “Cuando te haces fotos sin los instrumentos, te ves mucho más raro, pero cuando ves las fotos con traje, tocando, ahí sí cobra sentido”, opina Gómez. “La imagen es importante, aunque tenemos muy claro que no vamos a hacer nada con lo que dejemos de ser nosotros, sea en traje, o en camiseta y vaqueros”, matiza Geras. “Además, cuando vas vestido de rockero y haces el rockero, vale, tiene su cosa, pero cuando vas vestido de traje y haces el rockero… Me acuerdo en un bolo en el que no me funcionaba el monitor que estaba mis pies y el técnico no me hacía ni caso, estaba comiéndose un bocata y hablando con una tía. No llevábamos ni quince minutos y yo ya estaba afónico, así que le pegué un patadón al monitor para que el tío lo oyera y se diera cuenta de lo que estaba pasando. Y verme ahí, vestido de traje, pegándole un patadón al monitor… qué guapo, ¿no?”, cuenta Alberto.

La sensación de hablar con Anaut es la de estar entre un grupo de amigos a los que se acaba de conocer y que, con toda la afabilidad del mundo, abren su círculo para compartir con el recién llegado sus bromas particulares. Del mismo modo que en directo intentan enganchar al público desde el inicio, fuera del escenario se comportan igual, acogiendo al desconocido rápidamente. En una situación así, el periodista debe pasar desapercibido, no molestar a los amigos, igual que en un documental de naturaleza, observar y escuchar, sin interrumpir ni hacerse notar. Justo todo lo contrario que solemos hacer los periodistas.

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Anaut. Imagen: José Aguilar

Antes de salir a escena siempre recuerdan a Gregorio, su mánager imaginario, al que todos imitan sucesivamente, con voz y maneras cazalleras y que, además, tienen como imagen en su grupo de whatsapp. “Es el mánager que siempre hubiéramos querido tener, que nos llama en el último momento para darnos ánimos, porque nunca está ahí, siempre está trabajando en el extranjero… venga, chicos, hacedme ganar dinero”, explica Gómez entre risas. “En cuanto vamos en la furgoneta para tocar con Anaut, ya empezamos a imitar su voz y estamos todo el día así… yo llego al bolo ya reventado”, cuenta Alberto. “Muchas veces, a la mañana siguiente, después del bolo, Javi (Gómez) me despierta con la voz de Gregorio… qué tal, muchacho, ¿has descansado?”, añade riéndose. “Cuando después del bolo hacemos cuentas y no sale casi nada, siempre interviene Gregorio y nos dice… tranquilos, chicos, que me dice el promotor que nos va a volver a llamar”, recuerda Geras entre la carcajada general.

Sobre la presencia en redes sociales, Anaut lo tienen claro. “Se trata de ponérselo fácil a la gente que te quiere seguir”, explica Alberto. También gracias a estas herramientas de comunicación entran en contacto con asociaciones culturales y locales, que les invitan a tocar en otros sitios, “y que te tratan de puta madre”, señala Gabri, “y que se juegan sus propios cuartos”, añade Alberto. “Sin esta gente sería imposible sobrevivir”, reconoce Gómez. Ese circuito de salas de mediano y pequeño tamaño que necesita de la complicidad del público para sobrevivir, “que tratan a los músicos de puta madre y que tienen una programación espectacular”, según Gómez y que, cuando el público falla, no tienen más remedio que cerrar las puertas. Compren los discos de las bandas a las que siguen en directo, y no olviden tomarse también una cerveza en la sala. La música se lo agradecerá.

Y música es, sobre todo, lo que ofrece Anaut en Time goes on. Música de influencia norteamericana, soul, rock, folk, pop, country, una mezcla de estilos basados, sobre todo, en el talento de estos músicos. “Tanto sufrimiento merece la pena”, recuerda Gómez imitando a Gregorio. “Seguir tocando buena música, sacando tu proyecto adelante, así me veo dentro de unos años”, añade, ya con su voz. “Y ojalá que la difusión sea mayor, que lleguemos a más gente”, pide Geras.

“La convicción a la hora de defender una cosa es fundamental. Si tú te lo crees eso va a hacer que la gente entre. Si no te lo crees tú, aunque sea la hostia, no conectas. Nosotros no hacemos nunca nada de lo que no estemos convencidos”, concluye Gómez. La vocación, los sueños, los ideales. Nadie lo resumió tan bien como Tim Burton en Ed Wood, cuando el director protagonista de la cinta se encuentra con Orson Welles y, tras un par de minutos de conversación, el segundo concluye el diálogo de modo brillante. “Merece la pena luchar por los propios sueños. ¿Por qué pasarse la vida realizando los sueños de otro?”. Y en ese empeño están Anaut.

Si yo tuviera que tocar para otros, haciendo algo en lo que no creo, no me dedicaría a la música”, reconoce Alberto. Talento tienen de sobra. Ojalá tengan también suerte.

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Antonio López
Periodista, técnico en imagen y sonido y medio biólogo. He trabajado en radio, producción de eventos audiovisuales, agencias de publicidad y diferentes medios digitales. El periodismo es sencillo: papel, boli, mucha calle y honestidad, nada más. Escribo donde me siento a gusto.

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