¡Una propina, patrón!

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Todos, como clientes, hemos dejado alguna vez una propina en un bar. Algunos, como camareros, se han alegrado mucho al ver descansar unas monedas en el platito de la cuenta cuando los clientes se marchan. Pero, ¿a quién benefician realmente las propinas?

El trabajo de camarero no sólo es desempeñado por jóvenes estudiantes para sacarse unas perrillas. También es la profesión de padres de familia cuya vida entera han dedicado a la hostelería. Como profesión, tiene su sueldo base, pero, además, cuenta con los llamados incentivos. Yo temo las veces que he tenido que firmar un contrato en el que, además de mi sueldo, tenía la “fortuna” de cobrar por incentivos. Esos incentivos, cuyo objetivo reside teóricamente en la motivación del trabajador para que dé lo máximo de sí, en muchas ocasiones sirven como excusa para reducir el sueldo base del trabajador. Pues bien, cuando las propinas tienen esa función excusatoria, definitivamente han dejado de ser un beneficio para el trabajador, y lo son para el patrón.

5 de la tarde, Cádiz, 40 grados a la sombra, parrillada de pescado para 10, cervezas, vinos, postres, agua y pan. El camarero lleva dos horas de la cocina a la terraza sin parar, sudando la gota gorda. Además, es alegre, sonríe y hasta bromea con los niños. Llega la hora de la cuenta. Total: lo que cuesta la comida, y por supuesto la propina. El camarero se lo merece, ha hecho bien su trabajo y, además, ha sido agradable con los clientes. Esa es su recompensa. Pero, ¿es realmente la propina lo que hace al camarero sentirse a gusto en su trabajo? ¿Pensar en esas monedas sueltas en el plato es lo que hace afrontar felizmente otro duro día de arriba para abajo sirviendo comidas? Definitivamente, no. No es únicamente necesaria la aprobación de un buen trabajo hecho por parte de los clientes. Lo que a un trabajador motiva realmente no es la recompensa que llena el bote, sino la que llena su nómina. Que el jefe premie el esfuerzo, que se muestre contento y agradecido con su trabajo, es lo que hace que un empleado se sienta realmente motivado. Steven Covey da la clave en su libro Los siete hábitos de la gente altamente efectiva con una frase que me parece digna de reseñar: “Siempre hay que tratar a los empleados exactamente como queremos que ellos traten a nuestros mejores clientes”. Un cliente contento se forja con un empleado que le trate bien; y un empleado te tratará bien si se siente bien tratado no sólo por el cliente, sino también, y sobre todo, por su jefe. Por ello, creo que de muy poco sirve una cuantiosa propina por un servicio prestado, si el que lo presta no se siente igual de bien valorado por aquel para el que trabaja.

Con esto, no me niego a las propinas, no va por ahí mi pensamiento. Las propinas son el agradecimiento del cliente, y no tendrían porque dejar de darse, siempre que se hagan de forma voluntaria. ¿Voluntaria? ¿Es que acaso son obligatorias?, alguien se preguntará. Pues sí. Y no me refiero a que no te permitan salir si no has dado propina, sino a esa obligatoriedad inocua que parece inexistente pero que poco a poco se fragua hasta convertirse en pura normalidad. Un cliente que no da propina parece un cliente insatisfecho, desagradecido. Y no, no lo es, ni mucho menos. Puede estar contento, pero no querer dar propina, y el camarero no debe afrontar aquéllo como una ofensa, no debe intuir que su labor está siendo infravalorada. Su trabajo debe estar pagado por el patrón, y la propina no es más que una pequeña recompensa por parte del cliente del valor añadido que siente que ha recibido. El problema de las propinas es cuando de ellas depende el sueldo de un empleado. Cuando su salario base es bajo, y sean las propinas quienes le ayuden a redondearlo. Cuando el jefe da por hecho que el camarero recibirá propina y utiliza esto como excusa para rebajar el sueldo base. Ahí el único beneficiario claro no es el empleado, sino el empleador. El sueldo de un camarero debe pagarlo íntegramente su jefe, no a medias con los clientes. Lo que éstos, al final de la jornada, hayan querido darle es cosa que queda entre ambos, que nada tiene que ver con el que paga a fin de mes.

Fuentes de las imágenes:
www.harapadecolores.blogspot.com
http://www.cocinerosurbanos.com

1 Comentario

  1. El colectivismo se impuso libremente en Barcelona en 1936 de mano de los anarquistas de la CNT y de la FAI. Se colectivizaron cientos de industrias entre ellas los transportes públicos.

    Los trabajadores queremos salarios justos y no depender de la caridad. Eso fue lo que ocurrió en Barcelona y en todas las colectividades libertarias.

    Las propinas degradan al que las recibe, se convierte en sumiso y servil y le impiden luchar por sus derechos. Sirven de enfrentamiento entre compañeros y el patrón se aprovecha de ello.

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