¿Una historia permanente de jogo bonito?

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Jairzinho, Pelé, Gérson, Tostao y Rivelino. Cinco atacantes y un estilo imborrable. La línea ofensiva de aquel Brasil del 70, recitada con el fervor de un padrenuestro laico, evoca la cima más alta que la canarinha haya hollado. La entonces tricampeona mundial se coronó, por tercera vez en doce años, en el Azteca de México. En el Distrito Federal, Brasil se hacía con el tópico en propiedad por méritos propios. Desde aquella cota imborrable, el preciosismo de su juego es el parámetro que mide cada actuación de la seleçao.

El jogo bonito se institucionalizó una década después. El sintagma se incorporó al acervo colectivo del fútbol. Brasil era alegría y disfrute. Cada torneo internacional daba una vuelta de tuerca más a una concepción que se creía inimitable. Al estilo se le atribuía la feliz resurrección del combinado nacional: dos decenios habían servido para reemplazar la angustia de un país que se asomó al abismo cuando Ghiggia silenció Maracaná. La tragedia de 1950 no se consolidó como trauma generacional porque los equipos que acudieron a Suecia, Chile y México levantaron el cetro mundialista.

La selección brasileña de 1970. Foto: El Gráfico Magazine #2646 (wikimedia)
La selección brasileña de 1970. Foto: El Gráfico Magazine #2646 (wikimedia)

Aquella primavera futbolística florecía a través de su concepto. La idea además, era rentable en títulos. Efectismo y efectividad se conjugaban y ponían por delante a Brasil en la carrera de la historia. No importó que el concurso en Argentina 78 concluyera con un tropiezo en semifinales, tampoco que España 82 se cerrará con una eliminación prematura en la segunda ronda. Ambas convocatorias, aun sin la gloria de la copa Jules Rimet, reforzaron la leyenda. Sendas participaciones finalizaron pronto pero sin traición: el paradigma seguía vistiendo de amarillo.

Las favelas y la calle fueron la primera cancha de muchos de los que construyeron aquella edad dorada. La extensión del fútbol y su progresiva industrialización diluyeron la esencia de la propuesta. Atletas y cerebros tácticos integraron, cada vez en mayor proporción, los distintos combinados brasileros. Sin perder la etiqueta, el ideario incorporó elementos ajenos. Músculo, fuerza, despliegue y otros términos asociados a la némesis europea terminaron derribando el muro. La democracia enraizaba en Brasil con la llegada de los noventa; también una teoría opuesta a la que le brindó fama.

Ora con el credo inmaculado ora con una oferta ajena, Brasil siguió engrosando su palmarés con Mundiales, Copas América y medallas olímpicas. Mantuvieron la llama del jogo bonito un elenco interminable de grandes figuras internacionales, individualidades que brillaban en el equipo nacional apoyados por jugadores de corte fabril. Estados Unidos 94 descorchó la transformación colectiva: sudor por perfume. Sólo la excepción oriental de Japón y Corea del Sur 2002 recuperó briznas del aroma puro. Desde entonces, el estado de la cuestión prima el pragmatismo frente a la idealización.

Alrededor de Pelé germinó un relato delicioso. Nilton Santos, Didí, Zagallo, Garrincha, Djalma Santos, Amarildo, Vavá, Carlos Alberto, Clodoaldo y la delantera que arrasó en México; después del rey, Falcao, Zico y Sócrates. Varias generaciones de estrellas sostuvieron, una tras otra, el mito de un país. La nación más extensa y poblada del continente sudamericano construye su identidad desde la popular disciplina deportiva. Los sesenta, setenta y ochenta, preludio del fútbol espectáculo actual, tejieron la fábula más hermosa de todas las selecciones del planeta.

“Brasil ya no es el país del jogo bonito”, proclamó el expresidente Lula da Silva en L’Équipe.  La cultura y la política no son ajenas a un hecho diferencial que condiciona la convivencia e influye en todos los ámbitos y estratos. Las selecciones del 70 y el 82 colisionan de frente con el equipo que venció en Estados Unidos 94 o el que está jugando en casa. La pérdida de aquellos rasgos distintivos aleja al equipo de su gente, una sociedad que ama la pelota y que se articula en buena medida alrededor de ella.

La fiesta del carnaval, la fiesta de la samba, la fiesta del fútbol. Brasil es territorio de ocio callejero, de asfalto y de arena. Antaño refugio de peloteros, el deporte del esférico regatea hoy el libre albedrío de sus protagonistas y se refugia también y cada vez más en campos de entrenamiento y gimnasios. En mitad del cambio y como metáfora, la clase media. Con el nuevo milenio despertó el potencial económico de la región y al calor del crecimiento brotaron millones de nuevos consumidores.

El nuevo país, joven, descontento y artífice de unas protestas que no cesan, tampoco se reconoce. El espejo devuelve un reflejo difuso. Y el fútbol no es ajeno a la nueva realidad, más compleja. El último cuarto de siglo ha desnaturalizado aquel paraíso particular. Los intercambios con la otra orilla del Atlántico fusionaron lo de un lado y otro, lo propio y lo ajeno, lo estético y lo funcional. Medios y afición reniegan del fútbol mestizo que los suyos están exhibiendo. Quizás sea una reclamación tardía.

En Brasil y en su fútbol, verdadera bandera nacional, se viven tiempos convulsos. No mengua el descontento un periodo largo de mejoría económica; no difumina las críticas la posibilidad cercana del hexacampeonato. El país del año del Mundial vive en un bucle introspectivo, en una dinámica de preguntas con respuesta ambigua. En las gradas se revisa el célebre mito porque la verdeamarela de Scolari es una contradicción de sí misma. El gobierno Rousseff, que administra un presupuesto inimaginable tres lustros atrás, no escapa de la censura general.  El mejorado nivel de vida no es suficiente.

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