Una historia de Hospital

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A veces, cuando te dan el alta, no significa que estés totalmente recuperada. Yo no debo estarlo porque el médico me ha prohibido categóricamente salir de casa hasta dentro de unos días, a veces se me va la cabeza, me tiran un poco los puntos, contemplo mis brazos llenos de moratones negros y tengo que aguantarme con la boca cosida y los mofletes hinchados que tengo ahora mismo. ¡Y mira que me gustaría salir corriendo de aquí!
De todos modos, prefiero encontrarme tirada en la cama tras haber dormido a ratos durante la totalidad de la jornada, la primera que estoy en casa tras una semana en el Ramón y Cajal. Tengo un aspecto anormal: apoyada en la almohada- y eso que yo jamás he utlizado una de ellas para dormir-, cubierta por la colcha gorda azul y la bata vieja, rodeada de los miles de libros de cuentos de cuando era pequeña tirados por el suelo tras haberlos releído para no aburrirme y flanqueada por el portátil malamente apoyado entre las rodillas.

Pero vuelvo a repetir: prefiero todo esto que verme de nuevo enjaulada en una sórdida habitación de hospital pintada de blanco aunque con manchas de humedad, cubierta con las sábanas- blancas también pero con algunos ribetitos azules-, separada por unas simples cortinas naranjas del resto de habitantes de mi celda y escuchando desde la vieja televisión negra y tradicional por monedas los aburridísimos comentarios de cualquier programa del corazón de los que siempre escogían mis compañeras para ver en lugar de las noticias. ¿Sabéis por qué? Ahora no tengo vía, esa horrible vía que parecía querer atarme al hospital como una presa. ¿Qué? ¿No sabéis lo que es una vía? Bueno, digamos que es una aguja que te clavan en cualquier venita desprevenida del brazo menos pensado y que mediante un tubito continuamente te llenan de líquido calmante o antibiótico proveniente de una infernal bolsita de plástico atada a un alargado poste de metal muy delgado y puntiagudo- ¿por qué siempre me hacía pensar en un tridente?-. Teóricamente, sirve para que pase por el torrente sanguíneo la medicación contra el dolor de las heridas que te hayan provocado tras la intervención pero en mi caso había veces en las que me dolía más el pinchazo, la entrada del líquido o el mismo desconocimiento que lo que me calmaba la poción milagrosa que siempre era de color transparente. Y mi pregunta siempre era la misma ¿por qué debía de aguantarme con la vía si ya estaba comiendo normalmente con la jeringa? ¿No podían pasarme los calmantes de la misma manera? Hay preguntas sin respuesta, chicos, ¡claro que las hay!

Mis enfermeras fueron dispares pero puedo resumirlas en dos tipos: las guapísimas pero monstruosas- delgadas, esculturales, jóvenes, morenas y con demasiada falta de paciencia que te clavaban sin piedad el líquido y a las que casi no pude dedicar espacio en mi memoria porque cada vez que las recuerdo sólo me viene el dichoso pinchazo-, y las menos guapas pero dulcísimas- una pelirroja deliciosa , no tan joven, madre de una chica de mi edad que me remedió el miedo a base de tranquilizarme, y una rubia no tan bonita como las primeras pero de voz dulce y delicada y rostro tan sereno como el que describí hace poco en mi cuento Nuestra Casa para retratar a su protagonista Drusa. Como véis, a este segundo tipo sí que lo recuerdo con más cariño porque realizaban su trabajo de manera pausada y tierna, como si estuviesen completamente entregadas a la labor de cuidar a sus enfermos.

Mucha gente habla de la comida en el hospital y es cierto que, por lo menos, huele bien. Yo sólo tuve la suerte o falta de la misma de poder probar una cena suave y… sosa ¡sosísima! Todavía recuerdo que al ir a pedir un poquito de condimento para arreglarla medianamente, me vino una de las enfermeras del primer tipo- morenas guapísimas e imbéciles, recuerda- y sólo me dijo de mala manera que me apañase con la que tenía. A partir del día siguiente, como me reconstruían por completo la mandíbula para que no me convirtiese en ese pelícano que nunca fui, me encontré con la boca tapada e imposibilitada para poder degustar otra comida sólida. Eso sí, los purés no están mal y, desde luego, no están sosos. Aunque es una lata eso de comer con una jeringa.

Os podría contar miles de anécdotas de mi estancia en el Ramón y Cajal pero soy incapaz de acordarme de todas. Quizá pueda comenzar con la más sorprendente, aquella en la que, una vez totalmente despierta tras la reconstrucción de mandíbula que me habían realizado, los divertidísimos médicos de la UVI- destacando la simpática enfermera que me atendió una vez del todo repuesta y que escuchó mis indescifrables comentarios (porque ni con la boca tapada, en la UVI, llena de tubos y con una sonda me callo)- me entregaron un papel que se supone había redactado mientras me encontraba saliendo de la anestesia tras cuatro horas de operación. Estaba escrita con una letra horrible y contenía algunas frases inconexas, torcidas y, desde luego, peculiares. Por ejemplo, pedía que me sacaran el tubo de la garganta porque no podía respirar bien y que había tenido asma, preguntaba si mi cirujano había terminado ya de cortar, rogaba colocarme en una postura de yoga y, finalmente, lo más increíble de todo ¡exigía que quitasen lo que estaban oyendo y que me pusieran el informativo de Radio Nacional de España! ¡Ahí! ¡Marcando maneras hasta sedada! Ni que decir tiene que me he quedado con la nota milagrosa y que pienso restregársela por la cara al profesor que no me ha querido retrasar un examen que me coincidía justo con mi estancia en la UVI. ¿No quiere examen? ¡Pues toma examen!

En fin, eso es lo más divertido. Acto seguido, en la misma UVI me dieron un reloj y me quedé sorprendida de que había pasado allí medio dormida dos días enteros. También me quitaron unos tubos que tenía en la nariz- es una guarrería pero la sensación es la misma que si te quitan un moquete pegajoso e incrustado tras una semana de gripe-, una sondita- que aunque parezca mentira, no duele cuando te la retiran- y un tubo que tenía en la garganta para respirar y que cuando salió no me provocó más que una ligera tosecita muy breve aún cuando el cirujano, el día antes de la intervención, me había prevenido de que tendría que pasar por un horroroso trance con el tubo. No se debía acordar de que una vez tuve asma porque si el horrible percance era esa tosecilla…

Lo peor de mi estancia en el hospital fue, precisamente, cuando me llevaron a mi habitación una vez completamente despierta. Como no podía moverme prácticamente me asusté pensando que me había quedado sin movilidad porque me habían repetido en la UVI que ya estaba totalmente fuera de la anestesia, que sólo tenía que evacuarla, y ni me respondían los brazos, ni la espalda ni nada de nada. Allí, rodeada de mis familiares más cercanos- un gesto que también me emocionó soberanamente porque decían que me habían acompañado en la UVI hasta momentos antes de que me despertara y yo no me acordaba de nada- pasé un momento que si no es el que más miedo he soportado en la vida es porque se trata de aquel en que me dijeron que se incendiaba la casa de mi abuela. Ambos son lo suficientemente traumáticos.

Es cierto que el primer día no me pude mover en absoluto pero a partir del segundo ya pude desembarazarme un poco de estar todo el tiempo atornillada- aviada vamos a llamarlo en homenaje a la vía- y por lo menos salí a dar algún paseíto, me duché a duras penas e incluso me dio tiempo a marearme y salir corriendo hacia un asiento si no quería estrellarme contra una pared.

El resto de jornadas se sucedieron de forma rutinaria, incluso el horrible momento en el que tuve que ver mi nueva cara en el espejo y sólo contemplé a una pera- o un clon de Popeye según mi hermano pequeño- llena de puntos y con enormes manchas amarillas, rojas y moradas. Nada, que me pusieron cara de república en la operación. He de confesar que en vez de pensar que estaba horrenda me comencé a reír e hice infinitas bromas a mi familia sobre mis puntos y dos tornillos que me habían colocado en la mandíbula para sujetar. De repente me había convertido en Frankenstein pero me puse a imitar a Igor que me hace más gracia.

Por último me váis a dejar que dedique unas líneas a mis deliciosas compañeras de habitación. No he hablado de ellas hasta ahora porque pensé que merecían un capítulo a parte. En primer lugar se encuentra la entrañable Estrella, una valiente mujer que creo era de origen rural y de unos cincuenta años, a la que habían extirpado mediante biopsia un tumor que tenía alojado en la parte trasera del cráneo. Era rubia teñida, de cabello largo y rizado- aunque la mayor parte del tiempo tuvo la cabeza vendada-, de altísima figura regordita, brazos fuertes y pequeños ojos marrones miopes cubiertos por unas gafas a mi gusto horteras. Sus rasgos eran bonachones: la boca carnosa, la nariz abombada y el mentón redondo. Aunque quizá por la delicada intervención a la que había sido sometida, se encontraban pálidos en determinados tramos y totalmente colorados en otros. Si habéis visto alguna foto de la madre de Sandra Palo, tiene un parecido notable con ella pero de manera más afinada.

Me sorprendió su vivacidad- tras el segundo día porque la buena mujer se mantuvo medio en coma toda la primera jornada en la que estaba yo en la habitación-. También la paciencia con la que soportaba la manera en que muchas veces la trataban… bueno ya sabéis quiénes. Lo más divertido y a la vez emotivo fue comprobar cómo por su cama iba pasando una galería de personalidades inacabable, desde familiares chillones a amistades múltiples, maridos hablando de fútbol, amas de casa dando gritos e invitándonos a todos a bombones aunque no pudiera comerlos e hijos canis con sus respectivas novias chonis, una de ellas embarazada, tratando de esconder que en sus móviles de última generación resonaba a todo volúmen alguna melodía popera de esas que detesto u ¡horror! ¡la canción del osito enamorado!. Aunque hay que reconocer que el soniquete que tenía el móvil de Estrella- que no se calló en todo el tiempo- era divertidísimo: una voz que gritaba “sácame del bolsillo, sácame del bolsillo”, pegaba un alarido al estilo Irrintzi y pedía socorro hasta desgañitarse.

Pronto comprendí por qué a Estrella la quería tanta gente: simplemente era encantadora y bastante cotorra y nerviosa. Habló conmigo con toda naturalidad e incluso nos acabamos riendo de varios chistes o refranes típicos del entorno rural. Al final creo que incluso trazó un tipo de amistad con mis padres y mi tía porque tampoco con ellos se callaba. Digamos que era un clon mío pero en vez de hablar de política, periodismo o arte, lo hacía sobre corazón, moda o recetas de cocina. Se preocupó mucho por mi estado de salud y me trató como si fuera mi madre en muchas ocasiones. Y creo que de esa manera la recordaré siempre.

Mi otra compañera era mucho más introvertida. Se llamaba Alicia. A ella no la visitó más que su agradable marido, el cual casi siempre la llevaba a dar pequeños paseos por la planta para que se alejase de la sordidez de nuestra habitación. Se trataba de una muchacha de unos cuarenta años- en todo caso, más joven que Estrella y creo que hasta que mi madre- que había sido intervenida por cáncer en ambos pechos y contaba amargamente que había pasado ya cuatro operaciones en el mismo hospital por esa misma enfermedad. Confieso que al principio habló más con mi tía sobre su problema, quizá porque sufrió hace tiempo el mismo trauma, que conmigo. Parecía como si le diera verguenza confesar sus males a alguien ajeno a ellos. A mí me trató con mucho cuidado y alguna sonrisita casual pero yo la notaba abatida y muchas veces sentía deseos de alejar su tristeza y animarla para que se uniese a la diversión que siempre se formaba con Estrella, sus múltiples visitas y conmigo. Pienso que Alicia lo pasó bastante peor que nosotras, que siempre nos estábamos riendo de lo que nos habían hecho hasta que venía la enfermera correspondiente y me clavaba la vía y a Estrella la daba un somnífero. El día que le dieron el alta- uno antes que a mí- incluso la vi de refilón desde un huequito de la puerta que daba al baño y que se podía vislumbrar perfectamente desde mi cama. Estaba llorando y se acariciaba la herida de uno de sus senos. Un espectáculo que me hizo remover las entrañas.

Alicia tenía la cara y el tronco extremadamente delgados en contraste con unos brazos, piernas y caderas bastante anchos. Era morena con mechas rubias y se cortaba el cabello a capas irregulares. No la veías contenta muy de seguido, de hecho, uno de los escasos momentos en los que la vi reírse porque siempre andaba agarrotadita y triste como si estuviese a punto de echarse a llorar, fue cuando mis padres le hablaron de mis escritos. Simplemente me deseó suerte y me dijo que cuando me hiciera famosa que podría decir a sus compañeros que había estado en la misma habitación de hospital que yo. Sus rasgos eran más suaves que los de Estrella. Tenía la piel pálida, los pómulos muy marcados y rojos, fuertes ojeras y la boca delgada y tímida menos cuando sonreía que se le agrandaba. Sus ojos eran marrones y grandes pero se encontraban constantemente aletargados por la pena.

La verdad es que,  tras estos días ingresada he aprendido mucho de mí misma, mis miedos y la gente que realmente me aprecia y se acuerda de mí. También, mediante la experiencia en primera persona, he contemplado el sufrimiento por el que pasan los enfermos y sus distintas reacciones. Hay quienes se deprimen, se enrocan, son fuertes o recurren al humor, lo que está claro es que cualquier enfermo es una persona estupenda. Y es de esta forma en la que se descubre cómo es en realidad.

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