Una guitarra femínea

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Nacieron, crecieron, empezaron a tocar y se subieron a los escenarios (¡algunas hasta con tacones!). Rockeras, clásicas, guapas – o no tanto -, increíbles, rebeldes, únicas, mujeres. Algunas murieron. Violadas y maltratadas. De la misma forma que relataban las canciones que, en muchas ocasiones, ellas mismas habían compuesto.

La historia como ejemplo

Era 1 de abril. El crepúsculo vespertino anunciaba una cita impar. La Sala Samoa, cromáticamente fría, empezaba a entrar en calor. Sobre el escenario, recogido y bastante alto, tenía colgada una Fender Stratocaster con un acabado Brown Sunburst y el golpeador blanco. El instrumento, al final de su cuerpo, parecía tener una especie de lunar que lo hacía único y característico estéticamente. Había empezado a trastear entre sus cuerdas hacía ya dos años, pero, en el fondo, no sabía mucho más de ella. En ese momento, llegó el vasco. Era uno de los chicos que tocaba en otro grupo esa misma noche. Tenía el pelo largo y sus ojos habían vivido varias décadas, probablemente alguna de ellas la había pasado mirando los trastes de su vihuela. Uno de los amplificadores era suyo. Un armatoste precioso y con tintes clásicos. Él, tristemente en vano, intentó explicar amablemente su funcionamiento. Pero nadie lo escuchaba. Estaba nerviosa. Tocaban otras dos bandas más. Virilmente conformadas, por supuesto. Sin embargo, esa noche, el escenario olía diferente. Quizá a perfume femenino. Cristina a la batería. Laura manejando la guitarra de forma espectacular. Noemí, combinando bajo y coros. Ester, cantando y saltando. Ellas ya no eran neófitas.

Tampoco eran novatas Janis Joplin, Patty Smith, las hermanas Wilson (Heart) o Chrissie Hynde (The Pretenders); los más conocidos ejemplos vocales femeninos del rock. The Runaways, a mediados de los setenta, daban una lección al género con una formación completamente femenina. Joan Jett o Lita Ford, su guitarra consorte, serían reconocidas dentro del rock a la misma altura de muchos hombres compañeros de estilo. Las Vixen, en los ochenta, ya sorprendían dentro del hard rock y los noventa nos regalaron bandas como L7, Bikini Kill (con la famosa Kathleen Hanna) o 7 Year Bitch, compuestas en su totalidad por mujeres capaces de romper con el esquema de la escena rockera, del punk y del grunge. En España Las Vulpes, Chute de esperma  o Humpty Dumpty tomaban ejemplo. Todas ellas harían mella en la historia de la música y la mujer. Algunas, como es triste y habitual, lo harían tras su muerte. Un arquetipo: Mia Zapata, vocal de The Gits, violada y brutalmente asesinada a finales del siglo pasado, a la misma edad a la que se despiden todos los grandes: los 27.

Sin embargo, las chicas reconocidas del rock se quedan a la sombra ante viril estilo, para convertirse, más bien, en las desconocidas del género. Preguntar por la banda mejor valorada de este ámbito, encontrará su respuesta con The Beatles o Rolling Stones; dentro del hard rock, AC/DC o Guns N’ Roses; del punk Ramones o del grunge Nirvana. ¿Y las mujeres? ¿Dónde están?

Quizá las afamadas Spice Girls, bienquistas mundialmente, ayudan a encontrar una pista. Lo cual lleva a analizar también en qué tipo de escenario se mueven las féminas. Una de las razones, puede ser el atractivo físico, en muchas ocasiones, amparado por una instrumentación masculina. Quizá por eso la voz de Mia Zapata no consiguió llamar tanto la atención. Tampoco lo consiguieron Suzi Gardner, Roxy Petrucci o Tobi Vail (quien además fue la compañera de Kurt Cobain antes de conocer a Courtney Love). Guitarristas, baterías y bajistas tampoco se ven reconocidas.

Quizá el panorama musical esté vetado a las mujeres porque rompen con su feminidad, porque a una chica no le queda bien gritar ante un micrófono, porque tocar la batería es demasiado masculino o porque el rol de los hombres es hacer música y el de ellas, al que están acostumbradas, es a idolatrarles.

Si bien es cierto, «las mujeres siempre han hecho pop o soul… El heavy metal empezó hace mucho y aunque una mujer quisiera empezar en una banda, con la sociedad del momento, no era normal ver a una chica tocando la guitarra, por ejemplo, tenían que quedarse de groupies». Las Lizzies no se conformaban con mezclarse entre el público. Querían subirse a un escenario, querían ser chicas como The Runaways y querían tener la actitud de Motörhead. Marina y Patricia, al bajo y la guitarra respectivamente, habían saboreado lo que era estar en escena. Por aquel entonces, allá por 2010, ninguna de las cuatro era consciente de nada. Y el público, a día de hoy, parece que tampoco. ¿Por qué? Porque «se suelen sorprender bastante al ver a cuatro niñatas ahí y dicen éstas qué van a tocar». Años después, conseguirían encontrar una voz y una chica capaz de tocar la batería. Por fin estaban completas. Las cuatro. Sin embargo, sespués de publicar su primer EP y con más planes en el extranjero que en el panorama nacional, Patricia aún tenía que soportar expresiones del estilo: «todo lo que has conseguido, a saber cómo lo has conseguido» o «eres una chica y tienes una guitarra colgada, ahora tienes que demostrarme que sabes tocarla». Ella, tampoco había sido la única que había recibido comentarios del estilo, pero, si bien es cierto, «en el fondo, todo esto también va dentro de cada uno, de que te atrevas o no a hacer lo que quieres».

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Las hijas de Jett

No obstante, estas cuatro madrileñas no eran las únicas que habían tomado herencia de Joan Jett, ni eran una excepción a la hora de decidir respecto a tocar o no con sus compañeras. Los grupos íntegramente femeninos empezaban a tomar el ambiente musical con nombres como Civet, Devotchkas o The Donnas en el panorama internacional y Las Furias o Las Sexpeares en nuestro país.

Puede que entonces la respuesta sea sí, a las chicas les gusta la música. Les gusta el rock. Les encanta tocar y hacer ruido. Ellas mismas. La historia lo ha demostrado. En la actualidad, muchas mujeres, dueñas de sí mismas, toman la decisión de organizarse y subirse a las tablas, porque no existe condición alguna para negárselo. Y tampoco existe ningún requisito que impida su reconocimiento por ser femeninas sus componentes.

Ellas pueden ser protagonistas de un escenario invadido por hombres, y pueden utilizarlo como herramienta para reivindicarse, aunque eso les lleve a una paradójica muerte. Pueden tocar por y para ellas mismas, sin necesidad de que ellos les dediquen sus canciones de amor o no. Pueden, por qué no, mezclarse y fusionarse en un variopinto grupo donde ellas toquen la batería y ellos canten.

L7-018

Perder la vergüenza

Ni Laura, ni Cristina, ni Noemí, ni Ester pisaban por primera vez un escenario. Llevaban ya un año dando conciertos por La Mancha. Tiempo después, se moverían por Andalucía y Extremadura. Y juntas, suponían uno de los pocos grupos alternativos y exclusivamente femíneos de la península ibérica. Después, Noemí dejaría el conjunto. Llegaría, meses después, otra Laura. Seguían siendo chicas. Y seguían persiguiendo la quimérica idea que, paradójicamente, se materializaba en una realidad. Pero todo esto, en ese momento, ellas aún no lo sabían.

Por su parte, el vasco seguía hablándome. Enchufando cables, toqueteando los botones de su equipo y estudiando el sonido de mi guitarra, una Fender Stratocaster con un acabado Brown Sunburst y el golpeador blanco. Estaba muerta de vergüenza. Mi cabeza no paraba de pensar en todas aquellas mujeres que nos habían abierto la veda. Después de un par de minutos, me convertiría en una Suzi Gardner, la guitarrista de las L7. Con mis compañeras, mutaríamos a una versión castellanizada de Bikini Kill o seriamos cinco nuevas hijas de The Runaways. Estábamos haciendo algo grande.

Era 1 de abril. Y era, también, mi primer concierto.

 

La primera imagen es un collage realizado por Elena Mora Navas, la segunda viene de aquí.

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