Una belleza mística y particular

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La Fundación Juan March abre sus puertas, desde el 16 de octubre hasta el 10 de enero, ofreciéndonos la oportunidad de contemplar unos 70 dibujos de Caspar David Friedrich (1774-1780), prestados por los muesos estatales de Alemania y del norte de Europa, así como por algunos coleccionistas que muy rara vez, incluso nunca, han expuesto al público.
Mediante diferentes técnicas sobre papel que abarcan, desde el lápiz, la pluma y tinta china, acuarelas y gouaches, vemos los bocetos y estudios de sus dibujos, en una fase creativa que conformarían un cuadro final. Son fracciones minuciosas en el detalle, precisas y de gran belleza, que el autor realizó durante sus viajes, sus paseos por el campo y largas horas de trabajo. El artista no pintaba en plena naturaleza, allí tan sólo dibujaba; de ahí que podamos disfrutar del ‘arte de dibujar’ del máximo exponente del Romanticismo alemán.

Su temática más repetida en diferentes intervalos de tiempo son los paisajes, ruinas, árboles, edificios y arquitecturas.

Señalar como referencia de su obra, La Cruz de la Montaña (El Retablo de Tetschen), la cual fue clave para abrir accesos a la pintura romántica en Alemania. Cuadro que le llevó a la fama en medio de una fuerte polémica, porque supuso una pintura donde se graba su concepción del ‘paisaje sublime’, una nueva modalidad que sería muy imitada.

La Naturaleza
Esta hermosa exposición es de aquellas que deja un sabor a caramelo, que una vez terminado y finalizada, quedará en el recuerdo de manera grata y como archivo de imágenes bellas. Y es que en la obra de Friedrich hallaremos impresa una huella poética y musical, que delicadamente, pulsa las teclas de los sentimientos de aquellos que penetran en su pintura y dibujos. El sentimiento que el artista modela, que es pura información, activará diversas emociones en el individuo activando directamente los estímulos más hondos del espíritu. En un marco donde se ensamblan la armonía, la precisión, la sutileza y matices, observaremos el vínculo de marcada intensidad que Caspar David Friedrich mantuvo con la Naturaleza y su forma de revelar parajes. En algún momento de su vida diría que ‘la tarea del pintor de paisajes no es la fiel representación del aire, las piedras y los árboles, sino que es su alma y sentimiento lo que ha de reflejarse’.

Se evidencia, por tanto, su devoción pietista por la naturaleza donde la pieza más cotidiana alcanza una dimensión sobrenatural, en unas composiciones cargadas de realismo y simbolismo; simbolismo reflejado en sus recurrentes cruces y ruinas, que manifiestan su relación con la espiritualidad y la muerte.

Estos paisajes majestuosos que dejan al hombre- si aparece- reducido a la mínima expresión y relegado a un segundo plano, se traducen en el lenguaje universal, a la pequeñez del hombre frente a la grandiosidad de la madre tierra.

En la exposición aparece una cita del poeta alemán Friedrich Von Hardenberg que expresa lo siguiente: ‘El mundo tiene que romantizarse: encontraremos así, de nuevo, su sentido primigenio. Y romantizarlo no es más que potenciarlo cualitativamente…esa operación es aún del todo desconocida: en la medida en que concede a lo común un sentido profundo, a lo ordinario un aura misteriosa, a lo familiar la dignidad de lo desconocido, y a lo finito un destello de infinitud, lo romantizo.

Y al contrario: mediante esa operación, lo profundo, lo desconocido, lo místico y lo infinito…reciben una expresión corriente’. Interesante, ¿no?

Fuente de texto:
www.march.es
Fuente de imágenes:
Google (imágenes) Friedrich Fundación Juan March, youtube y Cruz en la montaña

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