Una apuesta valiente pero arriesgada (I)

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La vigésima edición del Festival Internacional Castillo de Aínsa se presentaba como una vuelta de tuerca sonora con respecto a otros años pasados, una renovación total que se establecía sobre una apuesta valiente y arriesgada del nuevo equipo directivo del festival, aquel que se ilusionó y se esforzó en vano por programar un elenco de artistas internacionales y nacionales de primer nivel en el panorama musical alternativo.

Una apuesta valiente por transportar a la espectacular Villa de Aínsa y su mágico castillo medieval bandas tan seductoras como No Age, The Daylights o Art Brut en el apartado foráneo, junto a suculentas sonoridades nacionales como las firmadas por Marcus Doo & The Secret Family, Nudozurdo o Gentle Music Men. Todo ello sobre el riesgo de precipitarse al mayor vacío sin red, cuando ese envite valeroso se asienta sobre la premisa básica de trasladar a los maravillosos Pirineos unos gustos musicales exquisitos, pero desconocidos para una población oscense que poco quiere entender de indies y alternativos.

La jornada del viernes 8 de julio se presentaba a priori como una velada sometida por los ritmos de colorido británico, que se inauguró con la actuación del grupo zaragozano Los Turbios, ganadores del concurso Mejor Maqueta de Aragón FICA 2011. Una aportación musical underground más que conocida y muy dispersa en la que cabían los ritmos psicodélicos, el garage o el rock. Buenas intenciones aunque aún con falta de tablas por los cuatro costados. Después llegó Ainara LeGardon y su banda para intentar levantar un poco el ambiente soso de primera hora con algunos temas de su disco We once wished. Puso voluntad y arrojo hasta donde le fue posible, pero el poco personal estaba un más bien perdido y disperso.

Rozando la media noche subieron al escenario Marcus Doo & The Secret Family para desplegar uno de los momentos mágicos del festival muy apropiado para aquellos entornos idílicos de cuentos de hadas. Una magia especial con raíces irlandesas, gallegas y celtas en general, con una combinación de voces que en muchos casos recuerdan a las mejores interpretaciones de aquellos Deacon Blue de los noventa. Con Xisco Rojo como nuevo bajista, interpretaron divinidades como “1919”, “El principio” o “Secret family”, todas ellas brillantes perlas de su álbum debut The magpie returned the ring. Ellos ya no son una banda prometedora, son una realidad que arrulla los sentimientos íntimos con la delicadeza más esforzada entre gotas de rockabilly, pop cálido y mucho folk elegante y preciosista.

Cápsula supuso el cambio de tercio para proclamar un concierto brutal en el que no dejaron títere con cabeza y ejercieron una velocidad de crucero arrolladora con su post punk y primitivo garage rock en continua efervescencia guitarrera. Un directo casi perfecto, pero cuando subieron al escenario Art Brut aquello se vino abajo sin pestañear ante un influjo bestial de buen rock caleidoscópico de trance británico con multitud de influencias y un espectáculo inconmensurable que descompone al más tímido del Paraíso. Fueron ellos y no otros los que consiguieron colapsar al gentío con su cantante, Eddie Argos, retozando entre el público mientras que su banda llevaba a cabo una locomotora trepidante de guitarrazos en estado puro. Sin duda, el mejor concierto del festival.

Tras aquel acelerado y sudoroso atropello subieron a las tablas los escoceses Errors, que desarrollaron un electro pop muy fino y trepidante con temas tan demoledores como “A rumour in Africa” o “Salut France”. La combinación perfecta de musicalidades electrónicas que hicieron bailar a raudales al respetable hit tras hit . Y de ahí al festival de baile sin control que propuso Inbetween Diyeis hasta altas horas de la madrugada.

Crónica: Óliver Yuste.
Fotografías: Carmen García Pintado.

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