Un vacío lleno de nada

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Tumbada en la cama, abrió los ojos y miró el reloj, reflexionando sobre cómo ‘comenzar un comienzo’ sobre algo tan vacío como el propio vacío. No un vacío cualquiera, sino el vacío interior, aquél que se siente cuando, básicamente, ya no sientes nada.

No es fácil plasmar algo tan poco sensible, puesto que no lo vemos, ni lo oímos, ni lo olemos, ni lo tocamos. Hacer su descripción con palabras es bastante difícil ya que el lenguaje es una herramienta tan limitada en algunas ocasiones, que casi no se puede definir. Pero ella, que sabe que existe, puesto que ha sentido ese vacío, y cree conocerlo, puede explicar, muy difícilmente, las sensaciones que le ha venido produciendo.

Sentirlo, y saber que faltan muchas palabras y expresiones que no existen, para poder concretarlo y hacer como una caricatura de él (¿se puede dibujar el vacío?) y sentir que faltan verbos, adjetivos, preposiciones, frases sin hacer, suspiros, gestos y posturas por realizar de mil maneras diferentes para poder captar su esencia, para poder delatarlo y encarcelarlo con el fin de que no haga daño a nadie más… Crea una gran y terrible impotencia y sensación de ahogo, de asfixia, y dan ganas de crear un nuevo lenguaje, dialecto o lo que fuera necesario para poder explicarlo, porque cada vez que lo ha intentado, pocos lo han entendido, o mejor dicho, pocos han intentado entenderlo como buenamente han podido. Pero en realidad, no se han enterado de una mierda. ¿Acaso entiende ella por qué siente como siente? ¿Acaso vas a entenderlo tú?

Sin embargo, puede ser que algún otro ser humano, en otro lugar del mundo haya sentido algo, sino igual, similar a eso que dice sentir. En parte es un alivio; quiere no ser la única, a la par que piensa que ojalá no exista nadie más en el mundo que lo llegue a percibir nunca, porque pica, duele, araña y acaba matando por dentro. Sí y no, blanco y negro…otra contradicción, otra más, justificada en este caso porque no quiere volver a sentirse la extraña, la que ‘no encaja’ en el puzle de la vida.

Quizá lo que más se le escapaba acerca de este vacío que tanto creía conocer (mentira, en realidad no sabía nada, ni lo entiende hoy ni lo entendía entonces, tampoco entiende el por qué, solo lo sentía dentro y punto) era sus posibles causas. Pues por mucho que a la fuerza intimase con él, jamás se las quiso decir. Ella se lo preguntaba una y otra vez y por respuesta solo escuchaba silencio.

Siempre se acostaba escuchando el susurro de las hojas ya maduras que caían de los árboles, alentadas por el viento en aquellas noches de otoño, que tan largas se le hacían. Ella creía percibir que los árboles se quedaban vacíos en invierno al igual que lo estaba ella, y muchas veces les daba las gracias a aquellos troncos, vestidos únicamente con sus negras ramas, porque pensaba que lo hacían por acompañarla en su tristeza. Pero en primavera las hojas y las flores renacían y ella lloraba porque no sentía que dentro de ella renaciese ella misma de nuevo. Creía que el vacío era aquello que siempre estaría ahí, recordándole en forma de conciencia que es nulidad como persona, que sus palabras estarán siempre por debajo de las de los demás, le repetía día a día, y llegó a creerlo finalmente, que “es diferente al resto del mundo, y los demás así la ven, tiene paja por dentro, sirve solo para sentirse mal y hacer sentir mal a los demás y como diferente que es, debe vivir una vida diferente”.

Ese vacío. El que llevó a Laura a pensar que por lo único que le dieron la vida, es para sobrevivir, no para vivir. Nunca lograba comprender por qué los demás podían vivir y disfrutar con ello, cómo la gente era feliz simplemente intercambiándose un regalo, cómo yo me sentía bien con el simple hecho de leer un periódico sentada en la cocina mientras hacía el café de la tarde, con esas cuatro cucharadas de azúcar que a mí me endulzaban la vida. Ella me miraba, pero en realidad no me veía, siempre se empeñaba en tomarlo amargo. Como su existencia.

Muchas veces pensaba que los raros eran los demás, solo para sentirse algo mejor, pero en realidad sabía que no era así. Éstos seguían siendo sentimientos de dolor. Creía que tenerlos era su única función, la función que ella misma se había creado, y le parecía no haber otra posible opción, porque todas las partes de su mente se encontraban llenas de nada, solo de esas ganas de desaparecer de la faz de la Tierra. Aquella cosa que habitaba en su cabeza le hacía sentir que no merecía la pena esforzarse por tratar de ser otro mortal normal, imitarle, intentar integrarse, sonreír, salir, porque si lo intentaba, lo que estaba haciendo es forzarse y forzar al vacío, el cual luego le castigaría creciendo aún más por no haber sido sincera consigo misma ni con los demás. No era la primera vez que le pasaba.

Como éste le acompañaba durante todo el día, siempre se sentía incómoda. No le gustaba estar presente, porque en realidad, la presencia de Laura no era más que la presencia del vacío, y todo lo que eso conllevaba; no podía soportar ver sus ojeras en el espejo, la pálida tez que cubría su rostro, sus enormes ojos negros que gritaban en silencio pidiendo libertad.

Por las mañanas, al despertarse, siempre albergaba una vaga esperanza de poder volver a ser ella misma, sonreír sin estar forzada, sentir en el corazón esa sonrisa, pero al intentar hacerlo, le dolía mucho, y sabía entonces que él no se había ido.
Cada día le resultaba más difícil relacionarse con los demás, incluso con su familia. Con los que habíamos sido sus amigos. Conmigo misma. Parece como si el hecho de contar algo de esta relación con el vacío a alguien fuese a ser el detonante de la III Guerra Mundial. Estaba aterrorizada, tenía mucho miedo, al que dirán, al sufrimiento de la gente, a sufrir más de lo que ya sufría, ¿que pasaría con ella si decía algo?

En el fondo no era muy consciente de que se había acomodado a esa situación, que se había resignado sin remedio a una vida gris, llena de piedras invisibles pero consistentes. Con el paso del tiempo, sus días empezaron a definirse con palabras parecidas (aproximadamente) a la inquietud, el desasosiego, la ansiedad; todo esto combinado a la vez con la apatía, la inapetencia, la tristeza.

En esos momentos y durante mucho tiempo no supo cómo reaccionar. De modo que pensó que quizá esto es lo que Vida tenía preparado para ella, así que se conformaba mientras envidiaba a los chicos de su edad, aquéllos que sí eran capaces de reír y divertirse, de confiar los unos en los otros. De sonreír sinceramente. Cada vez que lo pensaba, bajaba la mirada y una lágrima se precipitaba al vacío (valga la redundancia) desde sus ojos, creyendo que no podría hacer nada por cambiarlo.

Sin embargo, un día, a pesar de que se sentía muy débil y confusa, tomó una decisión: trató de rebelarse contra sí misma, creyendo que así acabaría con su pesadilla, que había ido creciendo tanto con el paso de los años, que en ese momento era tan grande, que hoy siguen faltando las palabras para decir que es más grande que grande. ¿Enorme? Más que enorme… Laura, se propuso intentar cambiar, quería volver al mundo, pero tras tantos años dejada a la intemperie por sí misma, no se dio cuenta de que querer no es un sinónimo de poder. Es cierto que si ella quería, podía (quiso y pudo) porque no hay nada más fuerte para conseguir algo que la voluntad,  pero a veces la gente utiliza mal el verbo “querer”, lo dice, pero se refiriere a “desear sentirse y estar bien, tener lo mejor, pero sin mover un solo dedo para conseguirlo”. Esa es la cultura del esfuerzo que nos enseñan frecuentemente en la actualidad. Tras llevarse un palo enorme y seguir no igual, sino peor, Laura se sintió abatida y pensó que a partir de ahora, lo que le quedase de vida, querría dedicarla a autodestruirse del todo. Pero, aun sintiéndose inútil y tonta, no lo era. El tiempo pasaba, cada vez más deprisa o más despacio, según la perspectiva en que lo mirase. Y no perdona. Nunca perdona. Laura lo sabía.

Y, en algunas ocasiones, parecía reflejarse en sus pupilas una luz intermitente con su rostro esperanzado…quería volver…seguía ahí… Yo lo sabía. Porque si aprendió alguna vez a vivir, lo había olvidado hace mucho tiempo, y ya era hora de que lo hiciera de nuevo. Porque aún no era tarde. Porque aún estaba a tiempo.

Empezó a desconfiar de sí misma (sí, el prefijo des- está bien puesto, lo pongo porque no tenía muy claro cuándo le hablaba el vacío o cuándo estaba razonando ella misma) empezó a dejar de escuchar los pensamientos enfermizos de su cabeza y a fiarse plenamente de lo que la gente que le rodeaba y de la que tanto había huido, le decía con toda su buena intención. Poco a poco empezó a estar en más ocasiones dentro de sí misma, hasta que llegó un momento, en que volvió del todo y dentro de Laura solo estaba ella. A mí, su evolución me recuerda al renacer de un ave Fénix. Cuando se lo dije, se fue corriendo, conmigo a rastras, a la tienda de tattoos que había al final de la calle de mi casa. Le queda precioso tatuado en su tobillo.

Sigue teniendo miedo a sentir lo mismo, pero yo le digo que siempre y cuando trate de ‘autoestimarse’, esté donde quiera que esté, porque yo sé que está, y sigue siendo ella, en estado puro,  no tendrá de qué preocuparse. Pero si no se quiere ni se respeta, jamás podrá querer y respetar a los demás y entonces sí que podrá volver a sentirse vacía, a tener ese pensamiento constante, de “nada vale nada, ni mi vida, ni mi futuro, ni mi familia, ni nada, porque por dentro estoy hueca, y tengo un corazón de paja que no late como todos los demás”

– Si no tienes esto en cuenta, Laura -le digo- entonces la nada y el vacío volverán.

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