Un poder sin contrapoder

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Hace hoy treinta y dos años Margaret Thatcher llegó al poder como primera ministra británica y, tan sólo dos años después, Ronald Reagan tomaría la presidencia de los Estados Unidos, dando inicio entre ambos a una nueva época. En un mundo donde la pauta económica y financiera viene marcada por los anglosajones, la “Dama de hierro” y el ex actor republicano comenzaron a desplegar una política donde el Estado de Bienestar keynesiano fue paulatinamente socavado para dar paso a todo un proceso de desregulación y liberalización de los intercambios que se ha dado a llamar neoliberalismo, y cuyos efectos a nivel planetario se conocen como Globalización.

El neoliberalismo, que alcanzó su paroxismo a raíz de la caída del Muro de Berlín en 1989, supuso para el periodismo la transformación de la información en mercancía. Y el comercio de todos contra todos, tarde o temprano termina convirtiéndose en la guerra de todos contra todos. El capital sin freno convierte todo en un bien intercambiable, incluso el trabajo humano, de manera que era inevitable que la información escapara a semejante perversión. Los medios de comunicación, que originalmente habían nacido para ejercer una función de “cuarto poder” vigilante del poder político después del ejecutivo, legislativo y judicial que enumerara Montesquieu; se encuentran con que en las últimas tres décadas la coyuntura económica mundial les permite abandonar esa posición y constituir por sí mismos un poder nuevo. Lo más preocupante es que los medios son el único “poder democrático” sin contrapoder.

La distorsión de la información considerada como bien público ha sido provocada en buena medida por la ambición empresarial, que ha convertido a los medios en minúsculos integrantes de corporaciones transnacionales que extienden sus hilos por los cinco continentes. La propiedad recae ahora en manos de unos pocos magnates, cuyas empresas –que la mayoría, en su origen, poco tuvieron que ver con los medios de comunicación- deben cotizar al alza en los mercados financieros si aspiran a mantener su estatus. La rendición de cuentas ante los accionistas genera un mercantilismo en torno a la información que la pervierte hasta el punto de relegar al criterio de informar a un papel secundario. El valor de la información oscila, en la actualidad, no en función de su veracidad, sino en función de la oferta y la demanda.

Por si fuera poco, desde hace unos quince o veinte años no hay semana que no tengamos noticias de concentraciones mediáticas o de estrategias dirigidas en ese sentido. Los medios se han visto sometidos a tremendos procesos de concentración, tantos como las empresas a las que pertenecen les han obligado a someterse. Esto genera un fenómeno peligroso en dos direcciones: por un lado, las empresas acaparan poder fáctico a medida que aumentan de tamaño y acaparan los principales resortes de la opinión pública, y por otro, este aumento de la influencia por parte de las empresas lo ganan en detrimento del Estado, que languidece a favor de la mundialización dejando vía libre a los mercados para que sean ellos quienes regulen algunos aspectos públicos esenciales. Entre ellos se encuentra la información, que se trata del factor clave en la vida política contemporánea. Con una información que privilegia la rentabilidad y que responde ante los parámetros del mercado como fines primordiales, no podemos ser nunca ciudadanos libres.

Con la inmensa mayoría de los medios siendo acaparados en última instancia por unas pocas manos y con una información viciada por las exigencias de los fondos de inversión, corremos el riesgo no sólo de ser una ciudadanía vilipendiada, sino además de perpetuar el Pensamiento Único, aquel que intenta extender el modelo neoliberal vaciando lo político y privilegiando el escaparate. En la época de las autopistas de la información es necesario ser crítico con los medios por reproducir el Pensamiento Único de forma tan descaradamente flagrante, y para ello es necesario dotar al periodismo de un tope, como lo tienen el resto de poderes democráticos, para mostrar que no todo vale; así como desvincular de una vez a la información de las exigencias económicas para que los periodistas puedan velar por la verdad en lugar de por el beneficio del grupo para el que trabajan.

Fuentes de imagen:
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http://www.ilhn.com/datos/saber/imagenes/medios.jpg
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