¿Un nuevo orden mundial?

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Acaso estemos asistiendo, en esta sociedad global, al desmantelamiento de la unipolaridad personificada por EEUU, país que campa a sus anchas desde el suicidio de la URSS en 1989-1991. Esta desaparición propició que EEUU desviase su atención hacia Latinoamérica: la destrucción del marxismo-leninismo (la principal preocupación estadounidense durante la Guerra Fría) se consideró, a partir de ese momento, una batalla ganada. Porque, si bien es cierto que algunos países (como Cuba) siguieron –y siguen– anclados en esos ideales comunistas, el efecto dominó ha sido, desde entonces, inexistente: no ha surgido ninguna gran potencia –en la línea de la URSS– que deteriorase el realismo político yanqui, su indiscutible liderazgo…
No obstante, pese a ese vacío, decíamos antes que quizás estemos asistiendo al desmantelamiento de la unipolaridad estadounidense. Y es cierto: el nuevo club de naciones, BRIC, formado por Brasil, Rusia, India y China, que acapara el 40% de la población mundial, rebasando el 15% del PIB global, cuestiona –en cierta manera, como veremos– el orden mundial. Pero, ¿qué anima a estos países a coordinarse, a unir sus esfuerzos? Según Miguel Ángel Bastenier, los cuatro del BRIC “piensan que les ha llegado la hora de aprovechar la globalización, el consumo, la gestión de una nueva riqueza y de una exaltada soberanía en el mundo”. Asimismo, este club de países se opone firmemente a la intervención norteamericana en el mundo islámico.

Pero vayamos por partes. Toca ahora hablar de Rusia. Medvédev, el actual presidente de tal país, inició en noviembre de 2008 una gira por la región Latinoamérica que lo condujo a Perú, Brasil, Venezuela y Cuba. En una histórica visita a Lima, Medvédev recordó un hecho significativo: en los 80, el comercio entre Perú y la extinta URSS estaba en torno a los 300 millones de dólares anuales, mientras que en 2008 las exportaciones peruanas a Rusia no superaban los 15 millones. Este dato curioso –perfectamente extrapolable a otros países latinoamericanos– da cuenta de que, como sostiene Salim Lamrani, “el hemisferio está viviendo una revolución política con la llegada al poder de numerosos líderes progresistas, particularmente en Venezuela, Brasil, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Argentina y Paraguay, sin olvidar la presencia histórica de Cuba, donde los procesos sociales se siguen desarrollando bajo la amenaza de la injerencia de Washington”.

En efecto, la cooperación de Rusia con Sudamérica es a la vez política (con el fin de fundar un mundo multipolar), económica (transporte, turismo, energía…) y militar (ahí están los acuerdos firmados con Nicaragua o Venezuela). En este último punto, Medvédev llegó a admitir que Venezuela era el principal socio estratégico para Rusia en Suramérica (no hay que olvidar que ambos países realizaron en 2008, de manera conjunta, operaciones navales en el Caribe: un hecho inusual en la historia venezolana), lo cual debió de agradar especialmente a Hugo Chávez, firme opositor de EEUU, país que en los tiempos de Bush intentó reiteradamente desestabilizar a Venezuela.

Por su parte, Rusia, en su afán de ampliar las relaciones con los países latinoamericanos, pretende –según el citado Lamrani– recuperar “su influencia en una región que abandonó hacia 1991, al final de la Guerra Fría, y contrarrestar el intervencionismo de Washington en el Este de Europa y en el Cáucaso, marcado especialmente por la instalación del escudo antimisil erigido contra Rusia en Polonia y República Checa, el desencadenamiento de la guerra de Georgia durante el verano 2008 y el proyecto de ampliación de la OTAN a Ucrania”.

Hablemos ahora del otro país que abarca (excepto China y Rusia, el resto de países del BRIC representan al Sur) todos los paralelos: China, que en noviembre de 2008 anunció su integración –como país donante– en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). ¿Qué objetivos aproximan al país presidido por Hu Jintao a la región suramericana? Sin duda, económicos (búsqueda de materias primas, impulso del desarrollo bilateral…), pero también políticos (que se traducen en la búsqueda del aumento de su influencia en el mundo global). No en vano, la inclusión de China en el BRIC significa, según Bastenier, “volver a ser el imperio del centro”.

Pekín sintetiza, en el Libro Blanco sobre la política de China, su estrategia política en Suramérica. Tal estrategia, basada en el fomento de una equilibrada relación, se plasma, por ejemplo, en la firma de Tratados de Libre Comercio o en el estímulo de las inversiones.

Pese a que Rusia y China no sienten –por el momento– la necesidad de luchar por la hegemonía  mundial, a EEUU (que, como dijimos, desde 1991 campa a sus anchas por la geografía mundial) le preocupa la creciente  relación de estos países con Suramérica. Y no es extraño: recordemos que los países del BRIC acaparan el 40% de la población mundial, rebasando el 15% del PIB global. Por tanto, aunque la hegemonía no cambie (los BRIC ni siquiera son una confederación, carecen de vínculos institucionales y engloban culturas demasiado heterogéneas –China no es una democracia–: el cristianismo, el budismo, el islamismo…), quizás sí lo haga la realidad geopolítica. Los hasta ahora temibles Estados Unidos pueden dejar de perder protagonismo económico… y, lo que es fundamental, el respeto de sus vecinos.

Fuentes de la información:
BASTENIER, M. Á, “El Eje Sur-Sur”, El País, 21/04/2010.
BASTENIER, M. Á.: “El muro que cayó en América Latina”, El País, 18/11/2009.
CORDERO, Jaime, “Rusia añade con éxito a Perú en su estrategia para Latinoamérica”, El País, 25/11/2008.
LAMRANI, Salim: “Nueva alianza entre Rusia y Suramérica”, Le Monde Diplomatique (edición española), nº 6, junio de 2009.
RÍOS, Xulio: “China y América Latina”, Le Monde Diplomatique (edición española), nº 6, junio de 2009.
Fuente de la imagen:
http://observadorjuvenil.files.wordpress.com/

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Periodista cultural y escritor nacido en Santiso de Abres (Asturias), en 1987. Es licenciado en Periodismo por la Complutense y Máster en ‘Investigación en Periodismo: Discurso y Comunicación’ por la misma universidad, donde ultima su tesis: ‘La metáfora en la poesía de Antonio Martínez Sarrión’. Es jefe de la sección de Folio en Blanco en LA HUELLA DIGITAL y colabora en el diario lucense ‘El Progreso’, en cuya redacción ha trabajado. Ha escrito artículos culturales para diversas publicaciones, como el periódico asturiano ’La Nueva España’ o ‘Revista de Letras’ (canal oficial de libros de ‘LaVanguardia.com’). Es autor del poemario ‘Camas de hierba’ (Vitruvio, 2011). Su lírica ha aparecido en diversas revistas poéticas y ha sido antologada en las obras colectivas ‘Amores infieles’ (2014) y ‘La primera vez… que no perdí el alma, encontré el sexo’ (2015), ambas editadas por Sial-Pigmalión y coordinadas por Antonino Nieto Rodríguez. También ha participado como narrador en ‘Cuentos y reencuentros’ (Laria, 2009), antología colectiva coordinada por Tino Pertierra. Escribe letras en gallego —su lengua vernácula— para la banda Foxnola. El líder de dicho grupo, Abel Pérez, musicó, para su anterior proyecto musical (Os Folkgazais), un poema de Acebo, ‘Desafío’.

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