Un murmullo de ninfa: Conversación con Rodrigo (y II)

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Rodrigo García Blanca, ex integrante de Solera y de CRAG (dos de los grupos más míticos de nuestra música popular), es un excelso letrista y un músico con una vasta formación. Ésta es la segunda —y última parte de una dilatada conversación que Héctor Acebo (jefe de Opinión de LA HUELLA DIGITAL) mantuvo recientemente con el compositor sevillano.

RodrigoGarcía

He aquí la segunda parte de la conversación que servidor mantuvo hace escasas semanas con Rodrigo García Blanca (Sevilla, 1947). Rodrigo —fundador de los míticos grupos de pop Solera y CRAG— ha ido labrando, desde mediados de los setenta, una carrera solista corta pero rica y coherente. En sus cuatro discos publicados hasta la fecha (el último es de 2006), este Rodrigo se presenta como un autor alejado de las modas, de los clichés, de las convenciones… Para algunos, es un trovador; para otros, un artista pop. Abstengámonos, por favor, de etiquetar a alguien que trabaja con el mismo esmero el texto que la melodía, a alguien que concibe el amor como una espiral sin límites…

La música del solista sevillano, bella en su velada sugerencia, debe ser paladeada: no consumida. Otro tanto podríamos decir de sus excelsas composiciones para Solera y CRAG, algunas muy conocidas (“Sólo pienso en ti”, “Señora azul”, “Linda prima”), pero lo cierto es que en su obra solista se acentúa el cariz intimista, la voluptuosidad, la vocación descriptiva… De ahí que sus canciones —alabadas por la crítica especializada— no hayan llegado al común oyente de música pop, quien, efectivamente, no busca la cognición, sino el entretenimiento. Tengo por muy lúcida esta confesión que me hizo el propio músico: “La masa casi nunca está donde a mí me gustaría que estuviese. He trabajado toda la vida en líneas que no son prácticas (si nos atenemos a lo que se entiende por practicidad) y, ciertamente, no he querido seguir otro rumbo, con lo cual también soy el responsable de mi carácter minoritario. A lo mejor no he servido para hacer ‘¡Macarena!’ y volverme millonario. Entre que no sirvo y no me gusta hacer una cosa así, jamás me he puesto a ello. Si mil personas se enteran de mis encajitos, ya me parece una barbaridad. Tan acostumbrado estoy al reconocimiento como a la oscuridad.”

Rodrigo puede presumir de su condición de glorioso héroe subterráneo, parafraseando al crítico Luis Lapuente. Y es que el artista sevillano cuenta, desde los tiempos de Solera y CRAG, con unos seguidores selectos y fieles. Son los llamados rodriguistas. Hablamos de un público minoritario, sí, pero, ¿desde cuándo la extrema sutileza es apreciada por la masa?

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“Quiero que seas mi dama” fue el sencillo extraído del primer disco de Rodrigo.

En 1975, apareció tu primera incursión como solista, Canciones de amor y sátira (CBS). Este disco, en comparanza con las óperas primas de Solera (1973) y CRAG (1974), es más narrativo.
Claro, al estar solo, ya no existía la tensión de hacer voces, que es un capricho muy exigente. En ese disco, hay letras extensas, muy protagonistas… Letras de cantautor. Y estas canciones hubieran tenido más difícil encaje en el grupo. Mi repertorio, en fin, ya no estaba sujeto al compromiso de ser aprobado ni de ser tratado en equipo.

Creo que uno de los temas de ese álbum, “El gato”, define muy bien tu estilo como solista. Es ésta una pieza sumamente descriptiva, en donde, sin embargo, la música no cumple una mera función de acompañamiento. Así, la guitarra cimbreante acentúa los andares del felino protagonista.
Sí, en “El gato” la guitarra da como una respuesta a los versos.

Conviene matizar que no eres un cantautor al uso. Lo digo precisamente porque en tu obra las soluciones líricas siempre crecen en paralelo con las musicales.
Lo cierto es que muchos de los cantautores al uso no sabían más que rasgar la guitarra, con lo que no tenían otro remedio que cultivar la sobriedad. 

En 1980, Movieplay publicó el que para mí es tu disco más redondo como solista.
El repertorio de ese álbum creo que está mejor logrado que el de Canciones de amor y sátira. En parte, porque yo había crecido un poco más y estaba menos amargo. Algún tramo de mi primer disco expelía una crudeza recalcitrante y furiosa. Recuerda aquella diatriba feroz titulada “Vete tranquila, niña”. En mi siguiente álbum, hay broma e ironía, pero no tensión colérica. De hecho, era una época en la que yo estaba viviendo más a gusto que un cochino en un charco. Casi todas las canciones —compuestas con mucha distensión— rezuman erotismo y ternura.

A partir de ese LP, tu voz se vuelve más frágil, más reposada, menos dylaniana… Nunca volverás a alargar tanto las vocales como en tu ópera prima.
En los discos sucesivos yo vivía de un modo más sosegado, y eso quizás me condujo a cantar de otro modo. El propio tiempo lima.

El disco de 1980 es un homenaje al poliédrico universo femenino. No en vano, se le conoce, a falta de título, como “el de las mujeres”.
Desde luego que es un homenaje al universo femenino. Pero hay una canción que habla sobre un chico homosexual (Alberto del Rosario) y que, sin embargo, se titula “Charo”. Lo cual indujo a pensar, a la gente que no se fija mucho en los detalles, que el álbum estaba dedicado completamente a las mujeres. De esas canciones yo recuerdo con especial satisfacción “Laura” y “Déjame deshacerte la cama”. Hay en el álbum un tema nostálgico, “La abuelita Berta”, que se adapta cómodamente a tu punto gallego. En la atmósfera de ese cuento inventado, aparece la condición ultramarina de finales del siglo XIX y principios del XX. Berta podría ser un personaje de Valle-Inclán.

“La abuelita Berta” es una pieza entrañable y melancólica, sí. En el álbum, incluso la guitarra aparece metaforizada en una sinuosa mujer. El tema al que me refiero, “En el sofá”, es de una altura lírica extraordinaria: “Se van a dormir mis dedos / al nocturno de tu centro”.
Hice “En el sofá” con esa intención de doble lectura. Las estrofas que preceden a la solución, a la explicación, nos incitan a pensar en una chica, dadas las formas femeninas de la protagonista. Luego llega el efecto sorpresa, premeditado, y uno descubre que los elogios van dirigidos a una guitarra. Pero hasta el primer estribillo eso no se venir. Te diré que la guitarra, para quien compone con ella (yo lo hice durante muchos años), puede ser muy complaciente.

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“Laura”, una de las más bellas canciones de Rodrigo.

¿El tema más exitoso de tu homónimo disco quizás fue “Laura”?
“Laura” fue el single, pero en ese disco no hubo nada exitoso. El trabajo pasó, desafortunadamente, con más pena que gloria. Las pocas críticas, en general, fueron positivas, pero yo en los medios despertaba menos curiosidad o menos morbo que los iniciales CRAG. Encima, el apoyo de Movieplay fue muy tímido.

El músico Rodrigo García

“Laura” es un ejemplo de sutileza aderezada con sonoros versos. En dicha canción, no pasan desapercibidas las aliteraciones: “Voluptuosa venus verdadera”, “Sutil, salada y sibilina seda”…
Son ganas de jugar.

Pero esa figura retórica no funciona como un mero alarde o un ejercicio de estilo. Tengo para mí que la silabeante dicción consigue realzar la sensualidad de la joven protagonista.
Hombre, uno disfruta de los sonidos de esas palabras, pero éstas dicen lo que tienen que decir. A veces, los vocablos te salen sin esfuerzo, y piensas: “Venga, ¿por qué no voy a rizar el rizo?”.

A propósito de la dicción, me encantaría que hablásemos de tu curioso y arcaico modo de pronunciar la v como un fonema labiodental (no bilabial). Eres el único vocalista español que aún sigue esta recomendación académica de los siglos XVIII, XIX y principios del XX.
Yo tengo bastantes hablas metidas dentro. El lógico e inevitable acento andaluz se me fue diluyendo, porque viví cinco años en Bogotá, y allí se me pegó mucho la manera de hablar de los colombianos. Y luego, durante los veinte años que viví en Madrid, fui adquiriendo mucho del sonido más castellano. Ahora, que llevo veinte años viviendo en Cádiz, he recuperado el acento andaluz. Y a la hora de hablar, dependiendo de con quien estoy, me va saliendo, inconscientemente, un habla u otra. Cuando canto, yo no diferencio la b y la v de forma premeditada. Siempre, eso sí, intento pronunciar claro. Soy consciente de que, a veces, uno, escuchando una canción, no logra adivinar la palabra que ha dicho el cantante, porque éste no redondea bien la dicción. Y precisamente intento pronunciar de la manera más neta posible para que el oyente no tenga que recurrir forzosamente a la letra. No me gustaría que una palabra quedase turbia y confusa en el sonido. Cantando, siempre he intentado renunciar al seseo, que es un rasgo muy andaluz. Quizás diga una burrada, pero el seseo me parece un síntoma de pereza mental. Yo creo que el castellano debe hablarse de la mejor forma posible, como la lengua que es, en todas partes. Las derivaciones y las adaptaciones cómodas demuestran que, desde Canarias hasta Argentina, se ha tirado por la facilidad. Conozco a mucha gente que bendice y que disculpa este tipo de comodidades. Incluso los más locos preconizan que el castellano de Sudamérica supera al de Valladolid o al de Palencia. Es como si alguien opinara que en Argelia se habla mejor el francés que en Francia. ¡Qué delirante! El idioma es maravilloso; no hay que hacerlo fácil, ni cómodo, ni ramplón.

En tus tres primeros discos, lograste hilvanar una serie de realidades y de idealizaciones que, al menos en mi magín, conforman un determinado prototipo de mujer. Una fémina inocente pero sensual, sibilina y voluble, frágil y altiva… Así, en “Ana” hablas de “la niña y mujer”. Y en “Fiona”, exclamas: “¡Qué acierto conocerte el matiz de amazona / y el gesto de Diana, de niña maga, Fiona!”. Algo parecido sucede en “Laura”, donde transmutas a la mujer en un jinete pero también en una porcelana.
¿No son así de ambivalentes las mujeres en general? Esas facetas tan opuestas nos dejan a veces perplejos. Y nos preguntamos: ¿cómo una mujer puede ser, simultáneamente, tierna y guerrera?

Rodrigo firmando su disco 'El jefe?

A mi modo de ver, en esas canciones dibujas el prototipo de la muchacha, que admite, por su cambiante condición biológica y psicológica, jugosos contrastes.
No estoy tan de acuerdo contigo en esa apreciación, aunque en los ejemplos citados hay material para pensar así… Me estoy dando cuenta de que en algunas canciones me sale una manera de expresar muy andaluza: allá nos decimos “niño” y “niña” entre adultos. Lo cierto es que mis personajes Ana, Fiona o Laura destilan juventud. Ten en cuenta que las canciones citadas están compuestas cuando yo aún era joven, y por aquel entonces, en general, no podían ser muy mayores las mujeres (reales o inventadas) que me inspiraban… Aun así, en algunos de mis antiguos temas también aparecían señoras que me doblaban la edad. En su reverso, la “Niña Luisa” sólo tiene 13 años. Este tema partió de una chica muy bonita que vi en un parque de Cádiz. Morenita, el pelo largo, llevaba puesto un jersey… Ese chispazo me volvió un poco loco y construí el cuento.

Es envidiable la carga fonosimbólica que presentan los nombres de tus protagonistas femeninas. Ese arte nominal está al servicio de la percepción, de la creación del personaje, al que otorgas vida en apenas tres minutos.
Puede que sea así. Pero no escojo de manera premeditada los nombres. Lo qué tú sugieres, es más bien una consecuencia de la cosecha del oyente. Algo parecido sucede cuando leemos: si bien los personajes vienen más o menos descritos, cada lector a menudo construye imágenes asociadas con alguna persona que ha visto o ha soñado… Pero, a lo mejor, el escritor tenía en mente —incluso de forma dispersa— un prototipo distinto. El receptor es dueño de participar en el mensaje, dando al mismo su propia interpretación.

De acuerdo, pero coincidirás con este oyente (y con este lector) en que Laura y Josefina son, como sus propios personajes, dos nombres muy distintos. Tras haber escuchado por vez primera ambas canciones, uno tuvo la sensación de que la juventud se personifica en Laura y de que doña Josefina destila abolengo e inocencia.
Sí, claro, los nombres, como las propias historias, son muy distintos. Laura es un nombre muy pictórico; no en vano, la canción describe a una mujer hermosísima. Diría que este tema es como la descripción de un cuadro de Tiziano. Por cierto, la protagonista de la canción existe, pero yo no la conozco personalmente; el sueño que tengo con respecto a esa persona es completamente fantástico. ¡La mujer estaba para morirse! [Risas]. Doña Josefina es una persona bastante mayor que, de repente, rejuvenece gracias a la picardía de un chaval. Lo que se describe en “Doña Josefina” (un tema medio de broma) es la coyuntura, la vivencia de una señora en un determinado momento de su vida…

El melenudo Rodrigo sigue conservando una de las miradas más pícaras del pop español. Este músico, aparentemente, es solemne y, al tiempo, llano, pero cuando le dices una frase graciosa, sus clarísimos ojos parecen entornarse de tanto que brillan.

En tu siguiente disco, Solera reservada (Fonomusic, 1987), hay maravillosas canciones como “Cuarto menguante”. Sin embargo, el álbum, grabado con poco presupuesto, quizás se resiente de un sonido al que le falta algo más de calor… Verbigracia: “Amor primero” es un hermoso tema que, de haber tenido unos arreglos orquestales de cuerda, resultaría mucho más envolvente…
En ese disco, se notan los sonidos que entonces estaban de moda y que ahora mucha gente podrá calificar de modestos, de añejos… Tuvimos un presupuesto corto, es cierto, pero lo supimos emplear muy bien. El álbum se grabó en 120 horas de estudio: una cifra récord. Hubo buenos músicos participantes, y yo imprimí el sello de la casa a las guitarras y a los teclados… José Antonio Álvarez Alija, por su parte, consiguió un sonido brillante y claro.  Además, en Solera reservada hay varias canciones que me parecen de primera división: “Cuarto menguante”, “Fiona”, “Sortilegio de muerte”, “Amor primero”… Reivindico, una vez más, la importancia del repertorio en cada álbum. Por cierto, el jocoso tema que da título al disco, es de la misma bodega que “De piel trigueña” [del álbum de CRAG Queridos compañeros, Polygram, 1985] o “Canción seria de la primera cita” [del único y homónimo trabajo del trío Rodrigo, Adolfo y Guzmán,J.J. Record’s, 1994].

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“El jefe” da título al último álbum de Rodrigo.

En 2006, autoeditaste el que hasta ahora es tu último trabajo: El jefe (sin ánimo de señalar). Me sorprende que el peso del disco recaiga sobre los teclados. ¿Te viste obligado a tomar esa decisión formal debido al escaso presupuesto?
El presupuesto faltaba, desde luego, así que, en vez de embarcar a amigos músicos en mi proyecto —tocar gratis puede incordiar—, preferí resolver con teclados la mayor parte del disco. Pero para entender tal decisión también hay que tener en cuenta lo siguiente: a mediados de los 80, yo empecé a componer mucho más con el piano que con la guitarra. Y a la hora de vestir las canciones, el teclado tiene un carácter de inmediatez casi indiscutible.

Llama la atención que en El jefe (sin ánimo de señalar) adquiera tan poca relevancia la guitarra, ese instrumento al que le declaraste tu amor incondicional en la citada canción “En el sofá”…
La guitarra casi ya no la puedo tocar, porque tengo artritis o artrosis (o lo que sea) en los dedos. Esa enfermedad, en los últimos años, me ha ido alejando del instrumento. Y es que cuando empiezas a tocar con dificultad, te desanimas. El abandono de la guitarra condiciona, evidentemente, el enfoque de mi interpretación. Asumo que en el disco faltan unas cuantas guitarras. Estaría encantado de poder seguir tocando la guitarra con la misma tranquilidad y con los mismos resultados de hace unos cuantos años…

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“De piel trigueña”, un lúdico tema de CRAG.

Todo músico virtuoso sabe hacer de un instrumento el perfecto apéndice de su personalidad. Rodrigo es multiinstrumentista, pero se le reconoce especialmente por su guitarra, esa con la que se ganó la vida —como músico de sesión y estudio— durante muchos años. Igual que su mirada, la guitarra eléctrica de Rodrigo siempre ha sido bulliciosa y pícara. Pizpireta. En algunas de sus canciones más desenfadadas, como “Volverás” o “De piel trigueña”, el sevillano se valió de este instrumento para soltar esquirlas de socarronería. Y en los momentos rockeros, este jinete de la melodía logró convertir a la guitarra en una yegua indomable; no hay más que pensar en “Doña Josefina” o en “Rondar de madrugada”, donde las cuerdas enfatizan hasta límites insospechados la excitación del estribillo: “Y se apagan los faroles con los luceros del alba. / ¡Qué frío he cogido, niña, por rondar de madrugada!”. El lúdico sello de la casa se deja notar incluso en las canciones menores que el ex CRAG compuso, tocó y produjo para su otrora amada Karina, como “Canta conmigo”. Mención aparte merece la sabrosa versión kariniana de “Un niño”; la traviesa guitarra es culpable, en gran medida, de que el conocido villancico adquiera tintes de canción protesta.

¿Se dan cuenta?: Este tiempo mediocre le ha robado al músico su amado instrumento. Uno, al recibir la amarga noticia, se acordó, inevitablemente, de aquel emocionante estribillo del sevillano: “Romperé tu silencio, romperé, / con mi abrazo, / romperé tu silencio, romperé, / mi fiel y amante guitarra”. ¡Ay!

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Karina interpreta, junto a CRAG, el villancico “Un niño”.

¿Estás preparando en la actualidad algún álbum?
Sí, ya tengo listo el repertorio de un nuevo disco que probablemente será doble y que significará mi despedida involuntaria pero forzosa. Las canciones también estarán tratadas con escasos medios económicos. Ese repertorio es veterano, pero, a mi juicio, conserva la vigencia, dada su personalidad y su eficacia. En el nuevo álbum, volverá a cobrar relevancia el teclado. De todas formas, aun contando con las limitaciones de las que hemos hablado, intentaré que el álbum quede digno, como creo que quedó digno El jefe.

¿También tienes pensado autoeditar el nuevo trabajo?
No es que tenga pensado autoeditarlo: es que no tengo más remedio. ¡Y aún así voy a perder dinero! [Risas].

Imagino que en los últimos años te habrás sentido muy maltratado por la industria…
Hombre, maltratado es una palabra muy dramática, pero se puede emplear. Desde Solera reservada [1987], con la excepción de la última incursión del grupo [Rodrigo, Adolfo y Guzmán, 1994], yo no conseguí publicar nada, salvo el álbum que me pagué en 2006. Durante varios años, presenté, en distintos sitios, proyectos que me rechazaron con cortesía, con desdén e, incluso, con grosería. Esas gentes manifestaron una evidente falta de sensibilidad, pues mis proyectos —creo que puedo decirlo— desprendían delicadeza e, incluso, romanticismo. (Ten en cuenta que en las discográficas una panda de ceporros se ha hecho con el control de las decisiones: ¡menudo relevo generacional!). Negativa tras negativa, al cabo de los años, me dije: “Hago yo un disco y me lo pago”. Pero, claro, cuando autoeditas un álbum, si no eres millonario, es considerable el dinero que te puedes gastar en la aventura. Y, evidentemente, no puedes plantearte una campaña de lanzamiento ni con minúsculas. ¡Yo mismo distribuyo El jefe! En fin, el disco que tengo entre manos, va a tener un resultado igual de catastrófico que su predecesor: se venderá con cuentagotas. El batacazo económico me obligará a abandonar estas aventuras. Pero puedo presumir, una vez más, de tener la confianza en un repertorio bien trabado. Quiero que mis pocos oyentes me escuchen un poco más antes de que fallezca. Todos somos vanidosos, y, como nadie me financia, el precio que yo pago por mi vanidad es la autoedición.

Rodrigo sigue siendo fiel a su bohemio retiro en Chiclana de la Frontera (Cádiz), hermosa ciudad a donde se mudó hace más de veinte años. Allí, lejos de la algarabía, este alquimista del lenguaje ha editado sus tres libros: Verde veronés (1995), El sello de la casa (2001) y Armis et Litteris (2004). Por esas misceláneas se asoma, cómo no, el mismo pícaro galán de “Volverás”, “De piel trigueña”, “Déjame deshacerte la cama” y tantas otras canciones: “Esmeralda…’. ‘Qué…?’ ‘Qué nombre, hermoso y resplandeciente. Y lo demás, a juego.’ ‘Gracias’. (Casi un rumor, casi un murmullo de ninfa.)”

Para leer la primera parte de la conversación con Rodrigo, pincha aquí.

Imágenes: H. A. / Reproducciones de las portadas musicales

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Periodista cultural y escritor nacido en Santiso de Abres (Asturias), en 1987. Es licenciado en Periodismo por la Complutense y Máster en ‘Investigación en Periodismo: Discurso y Comunicación’ por la misma universidad, donde ultima su tesis: ‘La metáfora en la poesía de Antonio Martínez Sarrión’. Es jefe de la sección de Folio en Blanco en LA HUELLA DIGITAL y colabora en el diario lucense 'El Progreso', en cuya redacción ha trabajado. Ha escrito artículos culturales para diversas publicaciones, como el periódico asturiano ’La Nueva España’ o ‘Revista de Letras’ (canal oficial de libros de ‘LaVanguardia.com’). Es autor del poemario ‘Camas de hierba’ (Vitruvio, 2011). Su lírica ha aparecido en diversas revistas poéticas y ha sido antologada en las obras colectivas ‘Amores infieles’ (2014) y ‘La primera vez... que no perdí el alma, encontré el sexo’ (2015), ambas editadas por Sial-Pigmalión y coordinadas por Antonino Nieto Rodríguez. También ha participado como narrador en ‘Cuentos y reencuentros’ (Laria, 2009), antología colectiva coordinada por Tino Pertierra. Escribe letras en gallego —su lengua vernácula— para la banda Foxnola. El líder de dicho grupo, Abel Pérez, musicó, para su anterior proyecto musical (Os Folkgazais), un poema de Acebo, ‘Desafío’.

2 Comentarios

  1. Rodrigo (miembro de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán, CRAG) acaba de publicar su último álbum este mismo mes, con 20 canciones inéditas. Los que estén interesados en adquirirlo pueden contactar conmigo en la dirección de correo electrónico irenegbueno@hotmail.com y los pondré en contacto con él. Un saludo!

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