Un Matadero de calor y música (I)

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Como ya ocurriera hace dos años, el Matadero Madrid se convirtió el pasado fin de semana en una escuela de calor abrasadora y de excelente música en el festival Día de la Música Heineken 2011. Una sofoquina que no permitió a los asistentes ver con calma las actuaciones musicales de primera hora entre asfaltos incandescentes y naves de sauna.

La diferencia entre aquella celebración real del Día de la Música 2009 y este festival urbano es el precio de sus entradas y su coartada. Si en aquella ocasión la conmemoración era gratuita, en el presente se ha convertido en un mercado de venta al por menor exclusivo de Heineken,  un espacio muy bello para realizar cualquier actividad similar pero con el sol escondido a buen recaudo, arquitecturas sin un acondicionamiento vital para aguantar los rigores de las altas temperaturas e infinitas colas para entrar en el recinto, para ir a los baños, para adquirir algo de comida en los escasos puestos,…, para lo que fuera.

Por el contrario, la organización elaboró un cartel de alta calidad musical y eficacia garantizada, aunque en algunos momentos esa programación estuviera descuadrada en lugar y tiempo. Demostraron que se puede reunir un buen puñado de artistas nacionales e internacionales de primerísima talla, subirlos a escenarios muy bien preparados y dejar que el mundo disfrute. En un incierto plano se podría colocar la sostenibilidad del evento, donde se vieron actitudes, pero tendrán mucho que cambiar si quieren convertirse en un festival de referencia en España con el valor añadido de la sostenibilidad.

Ellos eran la mejor forma de inaugurar el cartel de grandes figuras sonoras a primera hora la tarde del sábado, abriendo por primera vez las puertas del escenario Madrid! Gille Mostaza y Santi Capote sostuvieron su exitoso plantel de canciones adictivas en aquella nave de ratonero sonido y vaporoso ardor asfixiante. Antes de finalizar su actuación, era mucha la muchedumbre que salía disparada y extenuada en busca de líquido y de una porción de sombra casi inexistente. Ahora tocaba decidirse entre el sonido noise macarrónico de PS I Love You y el conquistador estadounidense San Amidon hasta el comienzo de Anna Calvi en el escenario grande, el caso era refugiarse de un sol de justicia que caía por aquel entonces.

Cuando la británica salió a las tablas ya le esperaba numeroso público expectante y ella no decepcionó con sus melodías seductoras conjugadas con guitarras poderosas, aunque no terminó de convencer por completo su rock más desnudo y su potente vocalización. En el lado opuesto se instaló a Lüger, de nuevo en la sauna del escenario Madrid!, con una propuesta más radical y de menor consistencia. Composiciones roqueras en abundancia con intrincados derroches electrónicos no saldaban aquella potencia descomunal.

Hasta ese momento las actuaciones se encontraban a medio gas de asistencia, incluso Toro y Moi aún arrancó con poca entrada en el escenario mediano. La banda de Chazwick Bundick emergió desde el talento disco-funk y buen pop rítmico a base de estructuras amables y aterciopeladas. Todo ello hasta que llegaron The Pains of Being Pure at Heart y rompieron el molde establecido con melodías preciosistas elaboradas desde la genialidad y el talento de este quinteto estadounidense, que condensan en sus temas un pop independiente lleno de tersuras tiernas y potentes guitarrazos de una sonoridad portentosa, aunque se echara de menos su genial “Higher than the stars”.

Poco después, Wild Beasts funcionaron con precisión aferrándose al sempiterno toque britpop de los ’90, leves toques de piano muy refinados y una dualidad de voces elegantes que no ocultaron su linealidad sonora. Para las diez de la noche estaba programado el concierto de los que se convirtieron en el exitazo cantado de la jornada. Vetusta Morla llegaba a Madrid con la clara intención de presentar su nuevo disco, y así lo hicieron, pero con más de media hora de retraso ante las eternas colas del gentío que aún aguardaba en el exterior para entrar al recinto. De nuevo fallaban todas las previsiones y saltaban todas las alarmas. Cuando el quinteto madrileño salió al escenario, el patio del Matadero estaba atiborrado de gente en una nueva noche triunfal para ellos.

Un auténtico baño de multitudes esperando a una formación que, hoy por hoy, es de lo mejorcito que tenemos en nuestro país por calidad y por musicalidad. Los de Tres Cantos comenzaron con “Los días raros”, en lo que estaba claro iba a ser una presentación por todo lo alto de su nuevo álbum, Mapas. Aunque ya está rodado en directo, y sus incondicionales ya han tenido tiempo de asimilar estos nuevos temas, siguen pesando y mucho sus canciones míticas: “Copenhague”, “Un día en el mundo” o “Sálvese quien pueda”. Fueron éstas y no otras las que convirtieron su actuación en un éxtasis de karaoke colectivo, en una coral espiritual merecida durante hora y media. Pero su nuevo material no termina de cuajar, no termina de ser aquel debut redondo que les lanzó al estrellato, aunque se empeñen “En el río”, “Boca en la tierra” o “El hombre del saco”; aunque sean Vetusta Morla.

Ellos terminaron el concierto más victorioso y más multitudinario del pasado sábado, y por el que muchos habían pagado la entrada. Dejaron un público exultante para disfrutar de un final de fiesta con Crystal Fighters, que no decepcionaron en ningún momento. Desde su intro exquisita, los londinenses ofrecieron un espectáculo trepidante e inolvidable donde las cadencias electrónicas y dance más elegantes predominaron sin contemplación. Convirtieron aquello en una feria decibélica de gran clase y pedigrí desgranando las canciones de Star of love, el debut que les ha lanzado a la fama con múltiples percusiones e instrumentos folclóricos tradicionales de raíz vasca. Era lo que tocaba a estas alturas de la noche y supieron cumplir su papel protagonista a la perfección, y el gentío se lo agradeció con numerosas ovaciones hasta el fin de los finales esperados.

Crónica: Óliver Yuste.
Fotografías: Jesús García del Castillo.

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