Un Matadero de calor y música (II)

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Si el día anterior la nota predominante estuvo en la calorina reinante, la jornada del domingo del Día de la Música Heineken 2011 estuvo marcada por un bochorno torrencial de justicia, donde destacaron la propuesta arrolladora de Janelle Monáe junto a su banda y el rock independiente de los escoceses Glasvegas.

No existieron muchas diferencias con respecto al sábado en el Matadero Madrid, amén de las correcciones en los accesos del público, que estuvieron desatascados al abrir casi de par en par las distintas puertas de que disponía el recinto. En un derroche de imaginación podía haber dado para pensar en instalar ventiladores con difusores de agua en distintas zonas, algunas lonas en el patio central del Matadero o poner en marcha aire acondicionado en las diversas naves, pero la jugada no fue tal.

Las chicas de Dum Dum Girls aumentaron la temperatura aún más si cabe en el horno que acogía el escenario Madrid!, a base de guitarrazos infalibles y reminiscencias del post-punk aliñado con noise californiano muy medido y preciso. Mucha sustancia surf y garage en temas como “It only takes one night”, para finalizar con una versión de The Smiths, aunque se anhelaba una posición en las tablas menos hierática que podrían borrar de su predicado para arrollar al numeroso gentío que ya se congregaba a las cuatro y media de la tarde.

Y de un ambiente ardiente se pasó a la frescura de John Grant en el escenario Rockdelux, donde volvió a flaquear la organización con una infinita cola kilométrica e insoportable para aquellas horas de la tarde. Su nueva propuesta en solitario convenció y encandiló en directo desde las primeras estrofas con unas composiciones minimalistas y una voz grave y espectacular, aquella que hace vibrar con intensidad cualquier punto corporal. Con un corpus elegante, Grant supo ejercer como cantautor asentado y consecuente con la belleza de sus letras sostenidas por unos teclados que todo lo inunda sin complejos. Con un español mexicano agradeció de corazón la mejor acogida que había tenido cualquier artista hasta ese momento, augurando un futuro más que prometedor.

Pocos minutos después sonaron en el escenario principal los coros casi infantiles y poco acertados para este evento de las voces que componen Scala & Kolacny Brothers. A pesar de las archiconocidas versiones que interpretó este coro belga de artistas como Radiohead, Los Planetas o Manu Chao, no consiguieron persuadir ni a los más receptivos. Mientras, Times New Viking se dejaba la piel en la nave UFI, donde el sonido rebotaba a diestro y siniestro, produciendo un resultado cercano a lo pavoroso. Y con algo de retraso comenzaba Likke Li, ante la expectación de un numeroso público que ya se daba cita en el escenario Madrid! Destiló un directo épico y potente, rebosante de nobleza y energía con el que se entregó una de las figuras emergentes del pop independiente internacional, como así lo demuestra su segundo trabajo discográfico titulado Wounded rhymes. Llegó, vio y venció en uno de los mejores conciertos de la tarde dominical.

Destroyer aplicaron sus decibelios con un arrojo inusual y una calidez patente de corso del canadiense Dan Bejar, también componente de la súper banda The New Pornographers. Con un excelente Kaputt, noveno disco de este clásico del pop independiente, abrieron los platos fuertes del anochecer con distinción a base de canciones pop rellenas de un dulce saxo tenor y una trompeta. Pero la atracción estaba en el escenario principal, donde ya se vaticinaba un llenazo espectacular para ver a Janelle Monáe, una artista gigante que se presentó junto a su espectacular banda. Ella es la reina del soul actual, un alma independiente del rhythm and blues y un huracán del indie pop.

La guapa estadounidense se metió en el bolsillo al personal sin pestañear y desde su primera canción, con un ritmo explosivo y trepidante, en el que su increíble voz alcanzaba ya registros múltiples que van para sobresaliente cum laude. Nadie dejó de bailar a su son espectacular en aquel patio del Matadero, en el que no cabía ni un alfiler para escuchar el concierto más maravilloso del festival, con una puesta en escena deslumbrante, un coro sin igual y una sección de vientos rabiosa. Un exitazo pletórico que se convirtió en una fiesta de éxtasis colectivo. Puro músculo sonoro.

Extenuado, la muchedumbre se dirigió a la puesta de largo de Fuerteventura, el nuevo disco de Russian Red. No cabe duda que derrocha talento por los cuatro costados, pero su último álbum dista mucho de los hits inolvidables de su aclamado I love your glasses. Lourdes, en compañía de grandes como Charlie Bautista y Manuel Cabezalí, se encargó de presentar su última producción, pero cuando llegó el momento de “Take me home” o “Cigarettes” la gente aplaudió a rabiar, aunque no terminó de someter a su influjo folk al numeroso gentío que allí se congregó. Quizá porque es una propuesta musical muy tranquila más propia de ambientes íntimos, quizá porque la programación no le acompañó cuando estuvo situada entre Janelle Monáe y Glasvegas.

Fueron los escoceses quienes rompieron por completo aquella atmósfera íntima y sosegada con una sonoridad épica y emotiva, con un voltaje tremendo lleno de una actitud algo melodramática y a veces de pose chulesca. Llegaron para presentar Euphoric /// Heartbreak \\\, un álbum que entraña un rock de origen británico algo prisionero de su álbum debut, aunque con un aurea especial. En una escasa hora de concierto moldearon un espectáculo atronador, heredero de los mejores Oasis, en el que esta vez cobraron gran protagonismo las baterías fulminantes y aquellos guitarrazos bélicos. En definitiva, fue un concierto en el que también regalaron sus singles más pegadizos como “Geraldine”, “It’s my own cheating heart that makes me cry” o “Daddy’s Gone”. Al final, agradecieron la entrega del personal, se fueron felices y sus fans aún más. Ya era hora de que un festival nacional se decidiera a incluirlos en su cartel, porque iba camino de casos inauditos como el de Stereophonics.

Como guinda final del pastel llegaron Caribou. La banda de Dan Snaith clausuró esta edición del Día de la Música Heineken 2011 con unas sintonías electrónicas de componentes psicodélicos y propios de influencias club. Aquello se convirtió un aire fresco caribeño y calipso que todo el mundo bailó aunque ya fuera por dar el último gramo de vitalidad que quedara en el cuerpo. Más bien, su proposición sonora es propia de un revienta-pistas en festivales de verano a altas horas de la madrugada y sin nada que hacer al día siguiente. Su calidad presenta una musicalidad muy fina propia y muy adecuada para ambientes eufóricos. Una fiesta donde ya no había fuerzas ni tiempo.

Crónica: Óliver Yuste.
Fotografías: Jesús García del Castillo.

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