Un gigante deprimido

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Con la llegada del año nuevo vuelve a rugir la tierra que pisan los ciudadanos canarios. Cuando todos se acostumbraron a la calma relativa que parecía imperar en la zona, retornan ahora los pequeños movimientos sísmicos y el agua oceánica que rodea sus costas vuelve a hervir. Debe ser una sensación muy angustiosa vivir indefinidamente con las maletas preparadas en la puerta y pensando en salir corriendo al primer toque de atención de las autoridades.

Un gigante deprimido - Ilustración: Galstheo

Esta amenaza continua genera una tensión creciente hasta el día en que te ves obligado a abandonar tu casa y propiedades en un intento por salvar tu vida y la de tus seres queridos. En momentos así, lo mejor que puede ocurrirte es que esa amenaza resulte ser una falsa alarma, ya que, de cumplirse los peores presagios, esa huída veloz de tu hogar podría ser la última vez que cerrases con llave la puerta de tu casa. Una situación que difícilmente puedes imaginarte en su verdadera magnitud hasta el día que te toca vivirla.

Esa sensación de tensión acumulada parece que se está generalizando a nivel mundial, como si cada mes hubiese en cada barrio humilde del mundo industrializado un terremoto de la misma magnitud de los que se han vivido en la isla de El Hierro. Cada mes se da un peor dato para su economía familiar y para su calidad de vida. El peor de esos terremotos es el dato del paro, desbocado en España y Grecia y galopante en países como Italia y Portugal. Un movimiento sísmico tan fuerte que deja sin hogar ni esperanzas de futuro a miles de personas. Sin duda, esa sensación de bancarrota y desamparo genera una angustia y tensión social crecientes.  

La subida de impuestos, los recortes en ayudas sociales cuando más necesarias son, el intento por parte de las autoridades de concienciar a los ciudadanos sobre la pérdida de derechos laborales históricos, la excusa de la crisis y el déficit para justificar la degradación en los servicios de la sanidad y la educación públicas… Y todo ello sin olvidar los constantes casos de corrupción política, financiera e incluso aristocrática que emergen a la luz pública, casi siempre con el mismo final impune, generando en el ciudadano un sentimiento de impotencia y rabia que crece día a día.

En todo el mundo se está demostrando que la crisis no ataca a todos por igual, ya que no todo el mundo se está apretando el cinturón y unos pocos, incluso, se lo están desabrochando y cada vez tienen más cintura. La crisis está haciendo a los ricos mucho más ricos y a los pobres, inmensamente pobres; está acabando con la clase media a nivel mundial y está generando una brecha social demasiado grande para ser superada por aquellos que nazcan en el lado empobrecido. No es bueno para los pobres ni tampoco para los ricos, señalados como blanco de todas las iras de aquellos que queden desheredados del sistema social.

Todo esto recuerda una imagen ya vista unos pocos años atrás en aguas caribeñas. Entonces pudimos ver cómo un terremoto, de tamaño no muy superior al del resto de terremotos de la zona, arrasó un país minúsculo, empobrecido y atrasado como es Haití. Todo quedó reducido a escombros. Su capital, Puerto Príncipe, dejó de existir; se perdieron los edificios históricos y las calles dejaron de ser calles para convertirse en basureros llenos de mugre y miseria. Ya nada funcionaba, el Estado se había perdido y el país fracasó. Y sin embargo, aunque parezca mentira viendo todo el país deshecho, hubo barrios de Puerto Príncipe que siguieron en pie. Y no sólo eso, sino que apenas sufrieron desperfectos en su totalidad.

Eran los barrios altos, aquéllos en los que viven la élite de la nación, barrios modernos, aseados, seguros y aislados del resto de la ciudad. Allí el terremoto se mostró como lo que en verdad fue: una amenaza peligrosa pero no un desastre humanitario. A día de hoy, en Haití los pobres son indigentes y los ricos son dioses que, por su situación tanto física como social, parecen vivir en un monte Olimpo, ajenos a las desgracias que sufren sus paisanos a los pies de la colina dorada. Ninguno ha mostrado intención de colaborar en la reconstrucción, a pesar de que muy probablemente en ese reducido barrio de la capital se concentre casi el 80 por ciento de la riqueza total del país.

Así, la opinión pública se deprime, porque se siente ninguneada, maltratada, estafada, impotente y desatendida. Se ha visto sorprendida por las consecuencias de una crisis que no ha generado y ve descompensado el precio a pagar por ello. Ahora mismo, la ciudadanía es igual que un niño grandote y tímido en el patio del colegio, donde niños mucho más débiles que él, pero con más maña y sinvergonzonería, le quitan todos los días el bocadillo y el dinero que le han dado sus padres.

La población mundial es un gigante deprimido que aguanta la situación mientras puede, pero eso no es sinónimo de un estado continuado de paz. Si aguanta es porque contiene la presión que está generando día a día. Es un peligro soterrado e ignorado, igual que vivir sobre un volcán, no somos conscientes de ello hasta que el suelo comienza a temblar.

Ese es el verdadero peligro de la depresión social. Una persona deprimida, sin un tratamiento adecuado, puede estallar igual que una olla a presión que no ha dejado escapar el vapor que se generaba en su interior. En situaciones límite puede terminar agrediendo a los demás o agrediéndose así mismo. Quién sabe entonces qué puede llegar a ocurrir cuando una sociedad deprimida no pueda aguantar más.

Ilustración: Galstheo.

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