Un cisne demasiado negro

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Recuerdo haber dicho alguna vez a alguien: “Yo nunca llegaré a esos extremos”. Y también me acuerdo perfectamente de la rotunda respuesta: “Nunca digas nunca”. Esta breve historia podría resumir la transformación en la que se ven inmersos el entorno y la propia protagonista de esta danza psicótica creada por Aronofsky.

Nina Sayers es una bailarina del ballet de Nueva York, que aspira a la interpretación de grandes papeles. Sus interminables días transcurren por y para su carrera, que en ocasiones llega a convertirse en una verdadera y demoledora obsesión. Nina vive con su madre, una bailarina a la que su nacimiento truncó la carrera, y que proyecta sus frustraciones y fracasos pasados en el posible éxito de su hija.

Todo transcurre aparentemente de manera normal. El principio es suave, tranquilo: Nina es dulce, trabajadora y por momentos casi angelical. Si continúa por ese camino, pronto le llegará su momento. Y así es, en uno de los entrenamientos, Thomas (Vincent Cassel), el director del ballet, irrumpe en la clase buscando solistas para trabajar en El lago de los cisnes. Finalmente, tras un proceso de selección difícil y unas turbulentas audiciones, víspera de la decisión final, el papel de la reina cisne recae en Nina.

Por fin el gran papel de su vida ha llegado. Sustituirá a la bailarina principal, Beth, que atraviesa momentos fatídicos y que roza ya el final de su carrera. Soberbia secundaria Winona Ryder. Ha llegado el momento esperado, ese impulso que su carrera necesitaba, pero la presión del director y el continuo control de su madre -en otra magnífica interpretación de Barbara Hershey- a veces parecen superarla. Comenzará a darse una dualidad que acompañará a Nina durante el resto de la película: interpreta a la perfección la inocencia del cisne negro, pero le cuesta llevar a las tablas la sensualidad y esa pizca de maldad con la que el cisne negro seduce al príncipe.

Como detonante, entrará en escena Lily (Mila Kunis), una bailarina que llega de Los Ángeles a Nueva York, con la que la historia dará un giro. Una serie de movimientos y gestos de Lily desencadenan los celos y las suspicacias de una Nina, completamente desbordada por la situación. Su carácter empezará a deteriorarse y a sufrir un endurecimiento y el ballet se verá salpicado por tintes altamente competitivos y dramáticos. Germinará entonces en la protagonista una fuerte rivalidad hacia Lily, que irá creciendo regada por una espiral de autodestrucción que amenaza gravemente con esa inocencia y esa dulzura inicial.

Desde este momento, Darren Aronofsky abrumará al espectador con una interminable serie de planos violentos, sugestivos, visiones de Nina cada vez más absurdas y clásicos juegos de espejos. Todo esto se alternará con la tensión narrativa y el terror propio de sus películas –como ya dejó constancia en Réquiem por un sueño– y será acompañado por una inmensa obra musical, que será uno de los pilares sobre los que se sustente la obra.

La oscarizada Natalie Portman cierra la mejor interpretación de su carrera, completando con éxito todos los registros que la cinta le exige y acumulando por ello todos los elogios posibles, con un final previsible desde el inicio, pero que, sin embargo, no le quita eficacia.

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