Un círculo vicioso

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El teatro peruano se encuentra en un momento importante, que puede verse de distintas maneras: algunos lo ven como ‘boom’. Otros lo ven como una oportunidad para poner a prueba su aprendizaje, y otros lo ven como un estado transitorio hacia algo que puede ser mejor. 

Escena de Circle Mirror Transformation

Claro, no hay que olvidarnos que hay otros que ven al teatro como un producto mercantil, y producen puestas en escena, una tras otra, con el único beneficio de generar rentabilidad. Finalmente, existen otros, que son pocos, que realizan un trabajo de exploración y búsqueda constante, de nuevas formas de expresión, que rompan con lo tradicional que muestra el teatro.

¿Cuál es el camino que debe tomar un nuevo director de teatro? Arriba están las opciones. Lo cierto es que luego de ver Circle Mirror Transformation, uno se queda con la sensación que su joven directora, Daniella Touzett, hubiese hecho algo más creativo con una obra de teatro que no entraña mayor complejidad.

Hubiese sido idóneo que la explicación del título de la obra, no la hubiesen puesto en el programa de mano sino, que los actores la expliquen, de alguna manera, en el escenario. La puesta en escena, fue por momentos densa. Darle mayor agilidad a las acciones y a los diálogos, hubiese hecho bastante. Por otro lado, las acciones de los actores se mostraron predecibles.

Sin embargo, lo que sorprendió de esta puesta en escena fue… ¡Que tenía treinta cortes! No hay justificación alguna para hacer tantos apagones de luz, que aturdían y que, sobre todo, le quitaban continuidad a la obra. No le daban sorpresa. No le daban ese “realismo” que debía tener.

Supuestamente, los cortes servían para separar momentos importantes dentro del taller de teatro (idea que plantea la obra). Incluso, para separarlo por semanas. Pero, treinta apagones… es demasiado. Es incluso tradicional colocar intermedios. Esto es una constante o una moda: que se aprovechen los cortes para que se muevan cosas, para que los actores se cambien de ropa, etc.

Pero ante una dirección extraña, los actores entraron al rescate. Los que remaron con fuerza hasta llegar a la orilla. Y lo lograron. El personaje de Nicolás Fantinato fue delicioso. Una buena interpretación, proyección de voz, presencia en el escenario, y esa cuota de humor y desconcierto, marcaron el sello de su personaje.

Patricia Barreto es una luz que brilla en cualquier escenario. Pese a que volvió a realizar un papel de adolescente (lo mismo ocurrió en la obra Entonces Alicia cayó), no se repitió. En esta obra, su papel de adolescente adquiría otro matiz; apático y desganado. En la obra de Mariana de Althaus era más conflictivo y problemático.

Javier Valdés tuvo un papel que no exigía mucho como actor, pero aún así, también puso su sello. De la misma manera con Patricia de la Fuente y Lisette Gutiérrez. Dicen que esta puesta en escena pretende reponerse en los próximos meses. Aún hay tiempo para otorgarle mayor creatividad y explotar las capacidades de sus buenos actores.

Hay que explorar más. Hay que buscar cómo darle la vuelta a los planteamientos que comúnmente se hacen sino, caeremos en el círculo vicioso de los convencionalismos a los que se aferra el teatro. Todo está en manos de la joven directora. Que sea un proceso del cual todos podamos aprender algo distinto.

 Fotografía: Christian Cortez.

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