Un auténtico don de fluir

0
436

Jorge Drexler empieza a cantar desde el disco que está en la computadora. Los dos parlantes afuera, la música en el balcón. Me alisto para ir al teatro, cayendo por la vereda en sonoro borbotón. Camino hacia allá, pienso que los actores tienen una labor de crear vida. Acción, movimiento y dinámica… más: ser el revés de la piel de un personaje.

Patricia Barreto

Entro. Alguien me acerca un trago, alguien me quiere hablar: “¿usted es el crítico? Adelante”. No hay telón, eso me agrada. No apostar por los convencionalismos como el telón o la cámara negra donde “los fantasmitas” (según Edgard Guillén) o los mismos actores cambian objetos de escena, me hace creer que estamos rompiendo con costumbres ya no necesarias.

Va a empezar Entonces Alicia cayó y no creo en el mundo de las maravillas. Tampoco creo que el mundo real sea una maravilla en su inestabilidad constante, de unos seres humanos que se resisten a comprender los límites inexactos de su alma. No sé, también, si algún día lo logremos. Por eso hacemos arte, por eso vamos al teatro. Para creer: en la autenticidad de los sentimientos, en la vida, en los milagros. Y el teatro peruano tiene un milagro: Patricia Barreto.

Fuerza, movimientos definidos. Cadencia, armonía. Yo sólo quiero que mires mientras te miro girar en el escenario. Si alguno de los actores buscaba influir y afectar en los espectadores fue la joven actriz de veinticuatro años. La clave de su éxito, en secreto a voces, es un trabajo y disciplina constante. Una facultad creadora que busca siempre proyectar una verdad.                                             

De la platea, unas manos se elevan sosteniendo una cámara. Se ocultan, vuelven a subir, regresan. Intentan sacarle una fotografía a la pequeña Paz (personaje que Patricia trabajó en la obra). Las manos buscan el mejor ángulo (¿cuál de todos, si en todos es bella?). Por fin, las manos logran sacar la fotografía como pueden; en un intento inútil por hacerla suya aunque fuese un instante.  

Termina la función y los espectadores se van con más vida con la que se sentaron en sus butacas. Alguien me hace preguntas, alguien me ofrece fumar; a todo digo que sí con tal de verte bailar. O actuar. En ella parece ser lo mismo. Tiene una belleza única que parece no tener edad.

***

Estar sentado al lado de Patricia Barreto es un peligro: uno puede terminar enamorándose de ella. Aún así, me animo a entrevistarla. Tiene una personalidad única, igual que un alma que desborda. Una alegría innata que no puede contener su cuerpo pequeño. Su caminar erguido, sus pasos de viento. Su cabello corto y negro, brillante. Su voz de locutora de radio romántica y unas manos firmes y, aunque arrugadas, perfectas: son la muestra más grande de años de trabajo.

Es madura, aunque quiera parecer de su edad (veinticuatro años) y a pesar que la mayoría de personas creen que tiene veinte. Y también es niña y es mujer. “Es bueno hablar de mí de acuerdo a lo que ha pasado por ti”, me dice Patricia. En un mundo de autenticidad a medias, me abre la puerta de su sinceridad para que saque mis propias conclusiones. Las tenía de antemano, ahora las reafirmo.

“¿Qué es ser actriz de teatro? Uhm, qué es ‘ser’. Nunca me lo había preguntado. Ser actriz de teatro no es algo cotidiano porque me siento así todo el día. Entonces sientes que es algo inherente a ti. Común todos los días. Es como ser mujer… Soy actriz. Es mi vida. Tal cual, así soy yo”.

Admito que es certera en los detalles que cuenta de sí misma y no es capaz de inventar una fábula sin haber estado allí para mostrar su simpleza. Su profunda verdad. Se pierde en las reflexiones: “¿cuál era la pregunta?”, luego de un silencio prolongado y tocar su barbilla. Mi dirige una mirada larga llena de ternura y dice: “trato de no repetirme, así me sorprendo a mí misma. ¡Imagínate! Si te repites es como si no estuvieras vivo”.

Patricia ha tenido una formación peculiar. Tras cinco años estudiando en la escuela de Pataclaun y, en paralelo a la pre (pre de algo, pues no se sentía capaz de distinguir otra profesión que no fuese actuar), decide irse a estudiar teatro en algunos talleres en Lima (no los “renombrados”). Lo que sorprende es su capacidad de asombro y vocación autodidacta, en beneficio de hacer una carrera propia, con un propio discurso; más que estar bajo una institución.

Así, la chica que actuaba en el colegio y que sentía el “bicho raro” de verse en un escenario entregando su vida y arte, decidió viajar a Argentina a los veinte años. Ingresó al Teatro Orgánico de Francia con cede en Buenos Aires pero, al ser menor de edad en ese país, le dieron la posibilidad de realizar estudios complementarios hasta que cumpliera la mayoría de edad. Sin embargo, esa decepción momentánea y el deseo de aprender, la llevaron por otros caminos.

Patricia no se resignó. Aprovechó su estancia en Buenos Aires y aprendió a realizar máscaras de teatro “con la misma disciplina que el ballet”. Entró al Circo Criollo de Buenos aires, para tomarse una revancha tanto en materia actoral como en su sueño frustrado de ser trapecista (su madre se opuso a ello). Ahora recuerda con cariño lo vivido. Tiene un trapecio en casa que le hace recordar que estar cerca del cielo es fácil sólo balanceándose. O simplemente soñando.

Todo lo aprendido lo ha plasmado en su corporalidad. En formar su propio lenguaje. Luego tomó clases en el Estudio Baires, de actuación de cine. Luego el Método de Lee Strasberg. Finalmente, decidió regresar con libros, algunas fotografías y varias lágrimas vividas que constituyeron un aprendizaje fundamental en su vida actoral.

“Hay que tener una humildad de aprendizaje”, me dice. “No es bueno decir: ‘entiendo tu crítica pero yo creo que estoy bien’. Realmente hay cosas que te pueden enseñar y hay que dejar la vanidad de lado”, termina diciendo la admiradora de las actrices peruanas Ana Cecilia Nateri, Norma Martínez y de la extraordinaria norteamericana Maryl Streep.

***

Llego a ver Momo, escrita por Michael Ende. La vi dos veces. Soy aquel tipo callado, con aires de intelectual, que te mira de costado sólo por disimular. Patricia realiza tres personajes (ninguno es el principal), pero logra la atención de los niños y adultos que van a ver una obra de carácter universal.

Lo mejor de Patricia, sin duda, es cuando interpreta a una rubia muñeca perfecta que busca cautivar a Momo con el objetivo que la sustituya por sus amigos. Para dar la ilusión de ser una verdadera muñeca, hay que saber definir determinados tipos de movimientos. Adaptar las cualidades humanas para conseguir una expresión en forma artística. Gracias pero no, no bailo. Quizás la próxima vez. Tengo torpes las rodillas y tú, veloces los pies. Acabó la función. Aplaudo. Otra crítica por hacer.

En esa función de Momo, fue el cumpleaños de uno de los niños que asistió a ver la puesta en escena. Patricia está aprendiendo a tener empatía con los niños. Es un trabajo complicado. Es como redescubrirse y acordarse de una edad que todos vivimos. Lo intenta desde la docencia: trabaja en un colegio de Pachacamac, dictando clases a niños de aproximadamente tres años.

Teatro Auditorio CAFAE. Sólo quiero verte bailar, sólo quiero verte bailar. Quisiera verte girando, girando y mirándome mirar. En Circle Mirror Transformation, la obra de Annie Baker, Patricia demuestra su versatilidad y buen trabajo. No hay papel donde se repita. Quizás sean los inicios de un futuro prometedor.

Si bien la vanidad le ha jugado varias malas pasadas cuando empezó a descubrir el mundo del teatro, Patricia debería continuar con la humildad del silencio y el trabajo dedicado. Mantener vivo su instinto de búsqueda constante y animarse por romper los parámetros en que se ha encasillado al teatro. En cómo se concibe actualmente. El teatro es más que luces brillantes, butacas limpias y un decorado de cine.

Una ruptura no es mostrar la “ilusión” de que las cosas son “reales” en escena. Hay que demostrar que el teatro es tal cual, y que es un espacio donde se crea y se entrega vida. Patricia Barreto actúa como quien respira, con un auténtico don de fluir. Actúa y parece tan fácil, como dejar el corazón latir. Regreso a casa, una vez más, a escribir. Jorge Drexler termina de cantar desde el disco que suena día tras día en la computadora.

Fotografía: imágenes de archivo.

Dejar respuesta