Un año sin él

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Algunos libros de nuestras estanterías llevan huérfanos desde el 17 de Mayo de 2009. Suelen ser negros, con una pequeña imagen en portada –un cielo, un florero, un cigarro que desprende dos monigotes de humo–, llenos de versos. O más grandes, más coloridos, con una esquina de primavera rota o un buzón rojo que ya no puede devorar las cartas de Mario. De Mario Benedetti, que es el padre de todos ellos y que se fue sin hacer ruido al exilio definitivo de una muerte, como todas inexcusable.

Pero el uruguayo Benedetti conoció muchos exilios durante sus 88 años de vida. Argentina, Cuba, Perú, España. Y como a tantos, le dolió en el alma su patria, lejana y oprimida. Quiso que fuera Madrid su “patria chica”, la ciudad en la que cuidar su delicada salud en los meses de calor.

Joan Manuel Serrat y Daniel Viglietti le pusieron música a sus poemas como él ponía letras al amor, las mujeres y la vida, nombre éste de uno de los libros recopilatorios de poemas con el que poder enamorar a cualquiera, con el que dormir abrazado. En realidad, cualquier libro de Benedetti puede ser al mismo tiempo una trinchera desde la que defender la alegría,  una manta de invierno, un grito que hace temblar las botas de militares asesinos, una oficina con relojes que tardan días en marcar horas o un informe sobre caricias furtivas en la oscuridad.

Sería absurdo querer colocar etiquetas o meter en un cajón, académico y bien ordenadito, las frases y versos de un hombre que nunca tuvo ánimo de subir a ningún altar, mucho menos a los endebles y poco visibles altares de la poesía. Y que sin embargo, gracias a su público, a su fiel legión de seguidores que hacían pequeña cualquier sala o auditorio donde Benedetti leyera sus poemas, gracias a ellos subió a otro altar, más generoso y justo, el del reconocimiento de sus lectores.

Siguen vivas las imágenes, en la memoria de este periodista, de centenares de personas agolpándose en la puerta de la Casa de América de Madrid, a finales de Junio pasado, esperando a poder acceder al homenaje póstumo al escritor; siguen vivas las palabras de Joaquín Sabina, cuando decía que la poesía de Mario Benedetti sabía “a calle y a corazón partío”; sigue viva una imagen, tal vez baladí pero quizá son los recuerdos menos relevantes los que más se clavan, y es ver a Lorenzo Milá, a la sazón presentador del telediario nocturno de Televisión Española, despedir su informativo mostrando a cámara uno de los Inventarios de Benedetti y hacerlo con contenida pero visible emoción.

Tal vez sea un triste tópico aquello de, cuando muere un creador, “al menos queda su obra”. Esperemos que de Benedetti queden las historias de amor que sus versos tejieron en la vida de sus lectores y las noches de insomnio que sus libros hicieron únicas. Quizá más lo primero que lo segundo. Y también viceversa.

Fuentes del texto: Elaboración propia

Fuentes de las imágenes: www.casamerica.es

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