Un año después, adiós en la hierba

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El primer partido de Rafael Nadal en el torneo de Wimbledon finalizó con la inesperada derrota del manacorense. Su contrincante, el desconocido belga Steve Darcis, se impuso al número cinco mundial en menos de tres horas de juego (7-6, 7-6, 6-4). El reciente campeón de Roland Garros reeditó sorprendente tropiezo sobre el tapete de Londres: si en la pasada edición era el checo Lukas Rosol quien le eliminaba en segunda ronda, este año Darcis lo hacía en la jornada inaugural.

De blanco inmaculado y en la superficie menos habitual del circuito. Rafa Nadal comparecía sin probatura previa en el grande más peculiar de los cuatro majors. Sobre la pradera inglesa germina un estilo extraño de juego que obliga a los participantes a adoptar golpes diferentes y movimientos que rara vez se emplean en otros suelos. El quinto cabeza de serie del torneo no pudo, y dispuso de casi tres horas de juego para hacerlo, adaptarse a la superficie. Incómodo, temeroso, a merced del revés cortado a una mano –golpe poco frecuente cuando se juega sobre arcilla o cemento– con que le castigó su rival.

Darcis, más agresivo, acumuló golpes ganadores en mayor número que el favorito. Se apoyó en la profundidad que alcanzaba golpeando con su perfil menos natural y cimentó el triunfo atacando la pelota. Nadal solo pudo resistir, hacer la goma. Sin haber tenido la iniciativa en el primer set, consiguió forzar el desempate. Allí remató el belga, que había sido mejor en esa manga inicial. Al balear no le servía su planteamiento conservador. Gobernaban el primer servicio del belga y el descaro con que trotaba por la pradera verde. Se adelantó Nadal en el segundo set, pero igualó Darcis que gozó de hasta cinco oportunidades para llevarse un parcial que terminaría ganando.

Rafa Nadal (27) entrenando en el All England Club. Foto: Wimbledon (Florien Eisele/AELTC)
Rafa Nadal (27) entrenando en el All England Club. Foto: Wimbledon (Florien Eisele/AELTC)

Encaró el español la tercera manga con una pesada losa a la espalda. Y el primer juego finalizó con rotura de Darcis. Estaba crecido el belga, confiado, muy por encima de lo que se le supone a un tenista que no figura entre las primeras cien raquetas mundiales. Consolidó el break con su saque, obligando a Nadal a seguir su estela si quería seguir vivo en las islas. De la resurrección del ganador de Roland Garros no había noticias: ni subía la intensidad ni arriesgaba buscando ganadores. Intentó el de Manacor ser más profundo, buscar el error de quien, poco acostumbrado, podía derrumbarse ante su hazaña. Pero resistió el inesperado invitado.

La hierba, probablemente “la superficie más complicada para mi rodilla”, según señaló Nadal en la rueda de prensa previa al torneo (declaraciones recogidas por Efe), fue la misma superficie donde se produjo la también prematura eliminación, consumada frente el checo Rosol, que precipitó su adiós a las pistas el pasado año. Destrozado físicamente entonces, no han sido los problemas en la articulación ni los musculares ingredientes en la decepción de 2013. En su comparecencia ante los medios, después de haber sido apeado del torneo, el tenista zurdo descartó los problemas físicos como causa de la derrota.

No podrá Nadal regresar a la gloria de Londres, aquella que tocó en 2008 y 2010. No disfrutará de su habitual mejoría según transcurren los días de competición en los Grand Slam. No verá cómo el césped se agosta después de los primeros partidos y pierde sus cualidades originales para convertirse en un terreno menos diferente. No floreció el tenis de Nadal, quien estuvo simplemente correcto con su servicio y tratando de alargar los peloteos. El césped volvió a teñirse de negro.

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