Twilight Guardian, las últimas consecuencias de ser un héroe mundano

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La obra de Hickman y Kotian es una despiadada destrucción de un personaje absorto en un mundo hacia el que ansía escapar: el de los superhéroes.

twilight_guardian_1_cover “No importa el qué hagas, sino el cómo”. La deconstrucción de los superhéroes, o al menos los ensayos al respecto, han pasado de ser la excepción que marcó Watchmen a la norma de los cómics modernos. Kickass, Wanted, Superior… Incluso la línea general de Marvel y DC llevan años explorando los recovecos de las psiques de sus protagonistas. Sin embargo, Twilight Guardian es la gran prueba de que aún faltan nuevos enfoques para mirar a través de las cínicas lentes de esta mentalidad, llevando el género hasta el límite gracias a un factor simple pero determinante: el contexto.

El Guardián del Crepúsculo (o más bien la Guardiana del Crepúsculo) es una joven adulta que patrulla las calles del suburbio en el que vive. Es una superheroína anodina. Sin superpoderes, sin aparatos, sin entrenamiento. El cómic se desarrolla en el mundo real, donde nadie es mejor que nadie y los superhéroes realmente son frikis disfrazados. Esta es su historia.

O quizá no.

La vida del Guardián del Crepúsculo es un brillante ensayo, no ya sobre la mentalidad de los superhéroes, sino sobre los mismos individuos. El cómic, mantenido a través de una extensa y redundante narración que emula las entradas del diario de la protagonista, muestra el cómo esta heroína de andar por casa moldea su mundo a su alrededor para crear una imagen de aquello que desea. Los gatos se convierten en presagios de fuerzas sobrenaturales, los desconocidos en potenciales némesis, los crímenes distantes en villanos pendientes de vencer.

La historia acaba siendo una suerte de El misterioso asesinato del perro a medianoche pero con superhéroes, adoptando la perspectiva de un pobre diablo que no está hecho para este mundo tan duro y frío. Hay retazos de un tributo a la historia del cómic de vez en cuando, tipo Flex Mentallo, pero el grueso de la narración y su tema principal son la obsesión y la ceguera que nos imponemos a nosotros mismos. Duele el ver a un personaje con tan buenas morales, tanta energía y tanta ilusión creer que está contribuyendo a algo, creándose películas de la nada e incluso alterando la propia realidad para adaptarla a aquello que ella desea. Es un caso perdido. Puede que ni siquiera nada de lo que estemos leyendo sea real. Quién sabe.

Ahí yace el toque especial de Twilight Guardian, lo que hace tan grande a esta extraña obra y al mismo tiempo lo que hace que duela tanto leerlo: ni la protagonista ni nosotros vemos explícitamente nada de lo que ocurre. No hay momentos de revelación o cambios de forma a la Lars von Trier para decirnos “así lo ve ella, así es en realidad”. Es su mundo, son sus ojos ¿y quién nos dice que no estamos nosotros igual de ciegos por vivir en una realidad que simplemente no aguantará mucho?

 Imagen: portada del cómic, de Erik Jones.

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