Túnez, tres años después de la primavera árabe

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El país que inició la revolución en el mundo árabe hace tres años vuelve a ser pionero. Aclamado por la prensa internacional como un ejemplo de transición democrática, se disponía esta semana a terminar el borrador de su Constitución. Al amparo de un nuevo Gobierno tecnócrata, la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) sigue debatiendo varios puntos de la Carta Magna en un contexto económico débil y una continua inestabilidad política.

El pasado 14 de enero estuvo marcado por el tercer aniversario de los primeros acontecimientos de la primavera árabe. Aquel día comenzó la revuelta en este país del norte de África que después expulsó al dictador Ben Ali. Tres años después, los resultados de aquellos actos están empezando a conformar lo que será la región en los próximos años, e incluso décadas.

Túnez. Foto de wikimediaA falta de mejores resultados, Túnez se ha convertido en el ejemplo de transición democrática para sus vecinos de la revolución. En Libia, dos años después de la caída de Gaddafi, todavía se sufren la desintegración del Estado, las divisiones regionales y la violencia de los grupos surgidos entonces. En Egipto, el ejército recuperó el poder mediante un golpe de estado que derrocó al primer presidente electo del país. Actualmente, un gobierno de transición intenta mantener el orden a la espera de nuevas elecciones. La situación en otros países como Yemen, y, especialmente, Siria, es aún más oscura. En este contexto, la cuna de las revoluciones árabes es una excepción y ofrece algo de esperanza sobre los resultados de aquellos meses de lucha que mantuvieron al mundo en vilo.

El 23 de octubre de 2011 se celebraron en Túnez las primeras elecciones libres bajo la atenta mirada de la comunidad internacional. Salió vencedor el partido islamista moderado Ennahda, que se alió con los laicos moderados del Congreso de la República Ettakatol. Sin embargo, pronto se desestabilizó el Gobierno a raíz del asesinato de Chokri Belaid, político de extrema izquierda. Ante la inestabilidad renunciaron varios ministros. Más tarde, en julio de 2013 fue asesinado Mohamed Brahm, lo que llevó al país a una nueva crisis política. Ennahda decidió dejar el poder en manos de un gobierno tecnócrata presidido por Mehdi Jomaa, que debe liderar Túnez hasta las nuevas elecciones de este año y velará por la aprobación de la constitución.

El proceso de elaborar una nueva Carta Magna ha estado plagado de dudas y retrasos, además de intensos debates en el hemiciclo. Debía estar lista para el tercer aniversario de la revolución pero el desacuerdo en varios puntos ha retrasado de nuevo el borrador definitivo. Los 217 miembros de la Asamblea debían aprobar por mayoría simple los 146 artículos y examinar unas 250 enmiendas para el día 14, pero una nueva disputa entre parlamentarios detuvo el debate. Al final, deberán aprobarla por una mayoría de dos tercios. Si no se lograse sería sometida a referéndum, pero el consenso alcanzado hasta ahora entre islamistas y laicos hace suponer que no será necesario.

Esta Constitución incluye importantes innovaciones en el contexto árabe, como la renuncia a que la sharía o ley islámica sea fuente del derecho. Si bien en el texto no se termina de delimitar el papel que tendrá la religión dentro del Estado, pues se declara el Islam como religión oficial mientras que a su vez se habla de libertad de culto, conciencia y creencia. Este debate, en cuanto a la forma del Estado y su relación con la religión está siendo uno de los más profundos. Otro punto que ha destacado es el reconocimiento de la igualdad de los ciudadanos ante la ley y la igualdad entre hombres y mujeres en las listas electorales.

El pueblo tunecino está a la espera de que se apruebe finalmente el texto y el país recupere la estabilidad que haga crecer su débil economía. Túnez tiene hoy en día una base democrática prometedora, que aunque frágil, puede desafiar la creencia popular de que la revolución árabe carece de resultados reales. Además, el éxito de esta democracia emergente no es sólo interés de Túnez y el resto de países del Magreb. A Occidente en general, y a Europa en especial -por cercanía geográfica- le conviene una democracia estable en la zona del Mediterráneo. Por otra parte, sería un desafío a los grupos violentos extremistas que han intentado imponerse tras la conflictividad de las revoluciones.

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