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Tú que durante tanto tiempo fuiste mi esperanza y mi alimento, tú que te mostraste de una manera para luego ser diferente. Tú que te acercaste a mí sin invitación previa y decidiste quedarte sin pedir permiso. Yo que pensé que te conocía al menos un poco, que sabía de qué pie cojeas. Yo que me vi segura de poder ser lo que necesitabas, lo que buscabas. Yo que me deje llevar por tus palabras, por esa forma de ser, por la confianza que hiciste pusiera en ti. Yo que me creí todo lo que venía de ti y que cerré los ojos cuando algo no me convencía del todo.

Yo que fui tan lerda de dejar que entraras en mi vida, ahora, tiempo después, me siento frente a ti para oír que has cambiado. Que aquello de lo que renegabas, ahora te gusta. Que aquello que nunca quisiste ahora sí lo quieres. Me comentas que tu vida es distinta, las novedades que has incorporado y que antes ni te planteabas. Me lo dices con ilusión, con miedo, alegría y esperando un visto bueno que, en realidad, no necesitas.

Quieres que te aplauda y que te anime, que me alegre por ti y por tu futuro. Pides sin mentarlo, que sea tu apoyo como fui en algún momento. De hecho me tratas como si todo fuera de la misma manera. Las mismas bromas, los mismos comentarios, repeticiones de momentos pasados que nunca fueron reales. Te escucho atentamente, sonrío con y sin ganas, asiento y te pregunto cosas para intentar comprender lo imposible. Y mientras me pregunto si es verdad que la gente cambia.

Es un pensamiento que no traslado a palabras audibles, no espero respuesta de nadie porque ya me he respondido. Al mismo tiempo que me cuentas tus planes caigo en que la gente solo cambia si los de alrededor se quitan la venda de los ojos. Algunos tardan mucho, otros muy poco.

Así que en el fondo tu no has cambiado, sigues siendo alguien inseguro. Una persona que no va de frente ni es clara, que no tiene nada decidido y seguramente alguien sin personalidad. Sin la sinceridad suficiente para saber describirse y mostrando, interesadamente, lo único que te atreves a mostrar. Es ahora cuando pienso que perdí el tiempo y que me deje engañar. Y sé que no hay más culpable que yo misma, por eso te sonrío porque te compadezco. No tuviste mi “yo” sincero y maravilloso, solo el “yo” que pensé que tú querías. Un “yo” irreal.

Al final de todo te digo que espero tu felicidad, no es sincero, pero viendo que en realidad todo era mentira… ¡qué más da! Cuando me despido te regalo la mayor franqueza que nunca te di. Tú, para no variar, no captas la diferencia entre un adiós sincero y otro normal. Voy en dirección contraria a ti y mi tristeza aumenta, no por lo que tú hiciste sino porque yo te deje hacer. Tú sigues mirándome como si creyeras que aún no me he dado cuenta y yo voy a dejar que me mires así.

Fuentes de las imágenes:
www.paulamounts.blogspot.com
www.psicocasalta.com
www.mipunto-devista.blogspot.com
www.mundopoesia.com

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