Tratado sobre un sentimiento inédito

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– Tengo miedo. Padezco “nostalgia”, como si fuera poco sobrevivir a mi narcolepsia. 
– No entiendo cómo puedes echarla de menos, ella no vale nada. 
– Yo no he dicho eso.
– Sin embargo, lo piensas. – Y su mirada provocó el desasosiego de la mía.

A ella no puedo engañarla. Fiel seguidora de mi vida, regalaría sus días de primavera para hacer florecer mis ramas… ésas que, resecas, sólo encuentran la luz en su mirada. 

Tanto me quiso un día, que confundí juego de palabras con palabras de amor encasilladas, etiquetadas de amistad, tiempo, cariño; ¿en qué punto fue delirio?, sólo ella sabe cómo terminé en su cama. 

Nunca imaginé que un estado ebrio pudiera confirmar esa actitud que jamás consideré justificada. Esa noche nos embriagamos de felicidad y sueños, donde nadie fue testigo de la locura y el deseo.

Por aquel entonces, él era un cantante ególatra, abstraído por mujeres que mezclaba en un colchón; ella, la que fue mi primer amor, simplemente había desaparecido. Mas no fueron el despecho ni su ausencia detonantes en mi cuerpo; su mirada, tan intensa, penetró en mí sin darme apenas cuenta. 

Nos amamos como nunca hicimos antes, como a nadie le entregué mi corazón. Suena absurdo, sinsentido, pero amante y amiga, es la razón por la cual aún creo en el amor sin haberme enamorado. 

Me negaron la existencia de un doble sentimiento y formularon unas reglas acerca del amor y del deseo. Pero de una estoy enamorado, un amor frustrado que ya no deseo poseer. Silvia es, por otro lado, la persona que suspira cuando a mí se me ha olvidado la razón de los porqués. 

Y, es ahora, tras su frase, cuando me pregunto: ¿por qué amarla no puede estar bien? 

¿De quién aprendimos tradiciones que hoy anulan lo que Silvia es para mí? Ni ella a la espera de su ególatra, ni yo culpable enamorado de un fantasma, olvidamos que lo nuestro es otra cosa. Cerca estamos sin rozarnos y, callados aún conscientes, adoramos un destino donde nada es para siempre.

Nos prometieron un “eterno mientras dure”; en mí se agotó el tiempo y Silvia sigue aquí, constante en lo nuestro, espíritu del devenir.  

Fotografía: Josué Díaz Sánchez

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