Top Secret *

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Los intentos para disuadirme fueron vanos. Me había emperrado en descubrir la realidad oculta, desenmascararles. ¡Esa era mi misión! Al fin y al cabo, se supone, que el periodista ha de ser guarda-jurado de los valores sociales, o eso dicen. Nadie ni nada podría detenerme, porque lo tenía claro. Lo había visto con mis propios ojos, constatado con mi propia experiencia. Solo necesitaba las pruebas, datos para sacar todo este entramado a la luz. “¡Se van a enterar!”, pensé. Como dirían, gentes indoctas, por ahí: “se va a cagar la perra..” El Pulitzer será mío, fijo .

Todo surgió cuando leí los datos de envejecimiento que hay en Europa y específicamente en España. No somos el viejo continente por casualidad. El mote es más que apropiado. Por ejemplo en España la población mayor de 64 años aumentará en 1,3 millones entre 2010 y 2020, alcanzando casi el 20% de la población total. A ello se une una reducción de personas en edad de trabajar (de 16 a 64 años) de casi medio millón de efectivos (un 1,6%) en 10 años. Una ganga si monta una residencia de ancianos. Y pensé: “¿Quién se va a hacerse cargo de tanto abuelito desvalido, el Estado o la gente joven que no existe?”. Como en mis pensamientos solo puedo entrar yo, y a veces mi madre, pues me auto-conteste: “El Estado fijo que no y los jóvenes que queden saldrán por patas a ver si les pagan un sueldo que les permita comer”. Todo ello me llevó a otras dudas como: qué hará entonces el Estado con tanta población envejecida, qué soluciones estarán tomando, etc. Así que decidí investigar como cual valiente reportero o cauto detective.

La primera señal del maquiavélico plan de los gobiernos, en concreto de este, no tuve que buscarla muy lejos. Venía en el periódico. Aumentar la edad de jubilación. Leyendo atentamente cual era el fundamento de tan descabellada idea, vislumbré la hipótesis a demostrar. El plan B es: ¡matar viejos! Me quedé anonada, incrédula y asombrada ante mi capacidad deductiva. Sin embargo pasé de un orgullo insospechado a un desamparo inesperado. “¿Cómo voy a demostrar tal cosa?”, recapacite. Era una misión imposible, los datos no estarían a mi alcance, todos los documentos serían clasificados, no habría manera humana de conseguir pruebas. Desolador panorama. Y en el caso, muy improbable, de obtenerlos tendría que pensar a que país exiliarme. Sí, porque aquí entre demandas y amenazas no saldría viva. Porque, como todo el mundo sabe, en este país un periodista puede insultar, descalificar, desautorizar, mentir, falsear, vilipendiar, ultrajar, denigrar, humillar a cualquier persona o institución mientras no tenga datos veraces. En el momento en el que lo haga con la verdad, habrá dictado su sentencia de muerte profesional.

Durante semanas indagué por la red, Internet, intentando encontrar más señales, pruebas, pistas, signos, evidencias y nada. Una noche me vestí como Lara Croff, o como James Bond para los clásicos, y me colé en cuatro o cinco ministerios y no hallé nada, excepto polvo. “¡Mira que soy tonta! Estos documentos los tendrán a buen recaudo los que dirigen el mundo”, concluí. Tras varios intentos, visitas a centros de documentación, bibliotecas y hemerotecas sin atinar con nada útil, empecé a decaer en mi empeño. No sabía que más podía hacer. Estaba claro que tenernos trabajando hasta los 67 era para ver si nos daba un algo y evitar el pago de una pensión digna. Era un indicio evidente, obvio, claro, elemental, indiscutible, irrebatible. Pero necesitaba más pruebas.

Pasaron los meses sin que pudiera avanzar en mi investigación, veía como poco a poco se me escapaba el Pulitzer entre los dedos. “¡ Mierda, mierda y tres veces mierda!” era el pensamiento recurrente en mi cabeza. Hasta que un día lo vi: la luz, el camino, la senda. ¡La verdad!. Fue en un hospital. ¡Cómo no se me había ocurrido antes! Era el sitio perfecto para verificar mi hipótesis. ¿Dónde encontrarás más gente mayor que en un hospital? En ninguna parte. Y además no solo iba a encontrar gente mayor, encontré los hechos que apoyaban y hacían avanzar, viento en popa a toda vela, mi investigación hacia el altar de la fama. En ese momento me amé más que nunca.

Lo primero es la manera en la que los mayores llegan al hospital: el transporte público. Autobuses repletos de ancianos enfermos o con ganas de estarlo porque entre tanta tos, estornudo y apretujón es difícil no enfermar. Autobuses que no moderan su velocidad ni frenan con suavidad a pesar de llevar una carga tan delicada. Creen los que mandan que en ese viaje, corto pero intenso, podrían morir dos o tres ancianitos; pero ellos resisten. El segundo paso es asesinato por desconcierto, los hospitales son cada vez más grandes y más enrevesados. Los pobres abuelitos miran y rebuscan por donde llegar al despacho del médico. La gran mayoría termina preguntando, graso error. Porque se tendrán que enfrentar al funcionario tipo “D”. De destrucción. Normalmente mujeres de mediana edad con gafas y cara de mal café que atienden con desidia y desgana. Cuando no con borderia. Tercer medio: el desgaste de la poca memoria, mediante ascensores que, cada vez que se paran, desmarcan los pisos deseados. La consecuencia es que tengan que hacer un sobreesfuerzo mental en cada apertura de puertas, recordando a que piso iban e intentando no olvidar a dónde tienen que ir cuando lleguen. El cuarto paso se centra en las salas de espera o mejor dicho, salas del maltrato. Con sillas y sillones incómodos y dificultosos para sentarse y levantarse. Añadiendo las horas muertas que pasan allí esperando La esperanza es que los abuelitos se queden para siempre sentados. Como pueden ver son medios sutiles pero efectivos.

Quinta medida consistente en hablar con un médico que pocas veces les escucha o les entienden, dicho especialista les mandará mil y una pruebas para sus males. Ahí encontramos la sexta y última artimaña : pedir una cita. Es la más complicada y sutil de todas, requiere de la colaboración de todos los profesionales hospitalarios para que salga bien. La técnica será la siguiente: marear, desorientar, confundir y matar. Las citas no se las darán en el sitio más cercano, no, la burocracia manda que se pierdan, otra vez, por el inmenso edificio buscando el lugar donde les den cita. Contando con subir otra vez a los ascensores del infierno y maltratando su memoria. Una vez encuentren el lugar les desorientaran sobre que papel es el adecuado y cuando tiene que ir o venir para esta u otra cosa. Si se enteran es de milagro, así que la confusión es implícita a la desorientación. Y por último el golpe fatal: les dan cita para dentro de dos o tres años. ¿Por qué las listas están saturadas? No, porque esperan que después de tanto trajín y contando con la vuelta en el autobús, el pobre o la pobre ancianita no pueda acudir a la cita por defunción. ¡Y un viejo menos del que preocuparse!

Pero si todo esto no funcionase, poco probable, hay un plan alternativo de la misma calidad. En el caso de que el anciano termine ingresado el protocolo manda: darle un pijama o bata con el que se le vea el culo y las canillas (ataque de vergüenza), ponerles en unas camas que son como potros de tortura, hacerles hacer pipi y popo en cuñas mediante alzamientos de pelvis peligrosos para las caderas, darles comida de hospital (esta es de las medidas más crueles que existen) y hacerles poco caso o menos. Este es infalible.

Ante dichas evidencias no es necesario que obtenga ningún documento oficial que refute mi teoría. Cualquiera que tenga una mañana libre que perder, puede comprobar tales hechos. Era mi deber denunciar esta práctica desleal de las autoridades, en defensa de los débiles e indefensos ancianos. En pro de una sociedad justa y mejor. Porque es mi deber como: persona, ciudadana y periodista. ¡Por que este tipo de cosas no han de quedar impunes!. Estas últimas líneas las incluiré en mi discurso cuando recoja el Pulitzer, porque está claro que este año es mío.

Fuentes de las imágenes:
www.lahistoriadeldia.wordpress.com
www.elbucaro.blogia.com
www.gratisjuegos.org

*Este artículo está escrito en clave de humor, no pretende ofender

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