Todos los alumnos del Presidente

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Tengo una amiga que está terminando la carrera (periodismo), por terminar, nada más. Ella quería ser como Larra. También tengo un amigo que escribía novelas mientras estábamos en clase de Derecho. Y según tengo entendido, hay más gente como mis amigos, y seguro que vosotros conocéis a alguien así o sois uno de ellos. De aquellos que empiezan a estudiar periodismo porque quieren ser grandes articulistas, porque les gusta escribir y en el fondo tienen mucho que decir. Algunos de ellos se decepcionan al entrar en primero, incluso hay muchos que dejan la carrera porque se dan cuenta de que esta enseñanza no responde a sus expectativas. O porque realmente ni sabían ni saben lo que quieren hacer con su vida, pero no les apetece seguir aquí. Vaya usted a saber.

Hay otro gran grupo que tiene un concepto idílico del periodismo como un servicio público, como una profesión liberal y romántica, pensando en hacer algo bueno por la vida y cambiar el mundo. Este grupo también lo pasa mal en cuanto empieza a trabajar y descubre que los medios son empresas, privadas o públicas, pero con un único fin que es obtener beneficio social o económico. Vamos, que no son hermanitas de la caridad. Y hay que venderse, vender tus principios, tu honra y valores, no sólo tu tiempo y dedicación. Descubren que no pueden cambiar el mundo y, peor aún, el mundo está mucho peor de lo que ellos pensaban.

También los hay prácticos que se adaptan a lo que les venga, que quieren trabajar y que le echan cara al asunto, aprenden de los veteranos y en poco tiempo se desenvuelven en una rueda de prensa como si fuera el salón de su casa. Vamos, que hay para todos los gustos.

Pero todo esto viene cuando empiezas a trabajar, te da como una bofetada de realidad en cuanto asomas las narices fuera de la facultad. ¿Qué hacemos mientras tanto?

Ni se nos pasa por la cabeza que la prensa puede ser el Cuarto Poder. A nadie se le ocurre que se puede hacer oposición. Poca gente ve a los medios como un instrumento de control del gobierno. Pocos los que reconocen que tenemos en nuestras manos una herramienta que bien utilizada puede ayudar a sanear una democracia. Más bien al contrario, concebimos a la prensa como un instrumento de promoción personal, como si estuviéramos en el S. XVII. O en el XIX, para defender un partido o una facción política. No es que sólo se hiciera entonces, es que esos usos tenían sentido entonces, no ahora. O al menos, creo que no debería ser nuestro objetivo. Que no te queda más remedio que trabajar en Público al servicio del Presidente, pues nada, hay que cumplir con el “limpia, fija y da esplendor”. Pero se entiende porque hay que comer. Lo que me cuesta más entender es que se prefiera eso.

Tal y como yo lo veo, la responsabilidad es del Gobierno, no de la oposición. A quien hay que criticar es a nuestros gestores, para que no abusen, para que sepan que les estamos observando, que sabemos lo que hacen con nuestro dinero. A lo que debemos aspirar es a sanear la democracia, denunciar corrupciones, exigir dimisiones de incompetentes, a entrar en el Hotel Watergate y hundir todo un gabinete por delincuente. Da igual quién esté en el poder, hay que dejar claro que están vigilados. Pecaríamos de ingenuos si creyéramos que existe la objetividad absoluta y carecemos de simpatías, pero hablo sólo de a lo que deberíamos aspirar, ¡y es una aspiración tan noble!

Sin embargo, ¿qué es lo que encuentro? Servilismo, pesebrismo, ausencia de crítica, de ideales, de principios concretos, seguidismo y borreguismo, abandono a la manipulación mediática, a la publicidad, a las consignas estúpidas y fáciles. Jóvenes conformistas con el discurso institucional que tienen el sentido del compromiso social en la pantalla del iPod. Me recuerda a un episodio de Los Simpsons, en que Homer al final claudica en la secta bajo el lema más estúpido del mundo (a su medida, claro): ^Nanana, Líder^

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