‘The Birdman’, una especie en extinción

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Fuente: NBA Media Central
Fuente: NBA Media Central

De recoger pan duro detrás de un supermercado a luchar por el anillo con Miami Heat, pasando por un centro de rehabilitación para superar su adicción a las drogas. La historia de Chris Andersen es un claro ejemplo de superación, en la que la madre y sus tatuajes juegan un papel primordial.

Más allá de la excentricidad y exotismo de su personalidad con su cresta mohawk y su cuerpo tatuado en un 75 por ciento, Chris Andersen (California, 1978) guarda una vida llena de obstáculos y de palos que le han impedido llegar más lejos de lo que lo ha hecho. Aún así el californiano, con 36 primaveras, se ha convertido en el mejor socio, y de forma inesperada, de LeBron para la conquista del anillo.

“Bato los brazos una vez, al igual que un águila y a diferencia de otras aves”, es la típica celebración del californiano que junto con su tatuaje en el cuello que reza Free Bird  y los muelles que tiene como piernas le hicieron apodarle The Birdman. Un Birdman que para llegar a ser el Ave Fénix de los Miami Heat, ha tenido que pasar por la carroña que muchas veces te da la vida. Y es que Andersen, con apenas 7 años fue abandonado junto a su madre y sus dos hermanas en Texas por su padre. De la noche a la mañana, la familia se vio mendigando en las puertas de un supermercado para un mendrugo de pan duro.

Sócrates ya preguntaba por quién capitularía más pronto, si el que busca las cosas difíciles o el que se sirve de lo que buenamente puede hallar. Pues bien, Andersen halló lo que pudo y prometió a su madre que le iba a dar el cielo que su padre le prometió y nunca apareció. Probó con todos los deportes y no hubo éxito, pero cuando parecía todo perdido el baloncesto apareció en su vida.

Las universidades de América querían a Andersen, pero su cabeza loca, las malas compañías y las notas parecían querer lo contrario. Sin embargo, como si de agua en el desierto se tratara, apareció la oportunidad de probar suerte en el Blinn Junior College. Duró un año y se  presentó al draft de 1999, sin que su nombre apareciera en ningún equipo. Como profesional, este sería el primer mazazo de su carrera pero del que pronto se levantaría emigrando a China.

 “Imaginaos a un chico de Texas, que jamás ha salido de allí, viajando a China. Un paleto, vamos. Bien, pues así era yo”. Así resumía su experiencia durante un año en el Jiangsu Nangang. No tardaría mucho en darse cuenta que los rollitos de primavera y el pollo con almendra no abastecía el hambre de este ave. Así pues, volvía a hacer las América en busca de un hueco, pero comenzando por lo más bajo. De momento, Andersen no había llegado ni a ser un simple jilguero.

La evolución baloncestística y física de Andersen comenzó en la D-League con Fayetteville Patriots. Y sí, físicamente también, ya que en un partido, corría el año 2000, su madre, enamorada de las Harley Davidson, tuvo la brillante idea de regalarle un tatuaje – el primero para él – a su hijo en un viaje por la famosa Ruta 66. Le dio la mano y Andersen le cogió el brazo, ya que a partir de entonces no pararía de dibujarse su cuerpo.

Sorprendentemente, Denver Nuggets llamó a su puerta. El sueño de la NBA había llegado. Ya le podía regalar el cielo que prometió a su madre. Ya nunca más tendría que pedir pan a las puertas de un supermercado. Ya nunca más tendría que robar crema de cacahuetes. Y en cambio, se avecinaba la fama, nuevos tatuajes – que llegarían a cubrir el 75 por ciento de su cuerpo -, la cresta más mohawk, más fiestas, más alcohol, más mujeres. Y más drogas.

Su madre no daba crédito, sus entrenadores se lo avisaban, su carrera se podía truncar. Ya en 2006, como jugador de los New Orleans Hornets, su sueño se convertiría en pesadilla. El comisario David Stern lo sancionaba con su inactividad durante dos años por consumo de marihuana y cocaína. Sin embargo, dicen que hasta que tocas fondo no te das cuenta de la realidad y este fue el caso de Andersen. “No malgastes tu vida, tío. Vida solo tenemos una, y esto se acaba rápido. Ten una vía de escape, una vía alternativa, para ti y para los tuyos. No les dejes con el culo al aire. Lo hecho, hecho está, pero ahora, protégeles, amigo. Y así no lo haces”. Palabras de un veterano de la liga, Kevin Garnett, que hicieron reflexionar a The Birdman.

Después de dos años de inactividad, entrenando los veranos con el prestigioso coach Joe Abunassar, el hombre pájaro resurgía de sus cenizas. En concreto lo haría, de nuevo, con Denver donde estaría hasta 2012. Parecía un hombre nuevo, con más tatuajes eso sí y con una cresta que casi tocaba el aro de la canasta. Sus números eran buenos, sobre todo en tapones, su entrenador, George Karl, le admiraba pero a sus 34 años se quedaba sin equipo.

Su vida no podía acabar así y un último tren estaba a punto de pasarle un año después. En enero de 2013, Miami Heat firmaba un contrato de 10 días con el californiano. Éste se prolongo hasta hoy y la vida lo puso en el lugar al que estaba destinado: luchando por el anillo junto a LeBron James, Dywane Wade y compañía. Ahora, tras tantos años de lucha por sobrevivir, se coronado campeón de la considerada mejor liga de baloncesto del mundo.

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