Tercer mundo con patatas fritas y Coca Cola

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“Diamantes de sangre”, última película del director Edward Zick, es el último ejemplo de cine supuestamente comprometido con los países empobrecidos. Esta vez Sierra Leona es el lugar elegido para localizar un filme que transmite una media de dos mensajes políticamente correctos por minuto. Sin embargo, tiene la película unas cualidades que no pienso negarle. A saber:

  1. El diamante está perfectamente hecho. Parece de verdad y todo.
  2. El bronceado de Jennifer Connelly tampoco tiene desperdicio. Hay momentos en los que hasta parece natural.
  3. El juego de luces y sombras del momento en que Djimon Hounsou se queda tal y como le trajo su madre al mundo, es maravilloso.
  4. La toalla que se coloca Leonardo Dicaprio a la cintura en una de las primeras secuencias de la película, parece muy suave y cómoda. Volveré a ver el filme y me fijaré en la marca.

Se salva, el buen hacer de los actores. Por lo demás, nada reseñable en mi opinión. Una sucesión de escenas metidas con calzador, un par de secuencias trágicas con las que hacer pensar al espectador que esta frente a una buena película, y un final un tanto forzado.

Y es que el cine solidario está de moda. Y tras su estela de compromiso, ha dejado alguna película excelente- “El jardinero fiel”-, otras más o menos recomendables- “El señor de la guerra” – y muchas otras mediocres- como esta que aquí se trata. Y es que pedir al autor de pestiños como “Leyendas de pasión” o “El último samurai” que hilvane una trama con el arte de John le Carre es como sugerirle a Leonardo Dicaprio que aprenda a llorar en una película. El filme de Fernando Meirelles es un precedente difícilmente superable: el preciosismo de su música y fotografía, el maravilloso modo de combinar el drama con el suspense, la expresividad de Ralph Finnes,…

Los  reivindicativos subtítulos que aparecen a ritmo de rap al final de “Diamantes de sangre”,  ilustran a la perfección la doble vertiente sobre la que intenta, fallidamente, volcarse “la película. Por una parte,  adrenalina a tutiplen en unas escenas que, en ocasiones rozan lo absurdo- como esa ridícula persecución final por la jungla africana. Por otra, intenta generar en el espectador la imposición moral de concienciarse con un tema que el filme toca de lejos y mal. Edward Zick utiliza esta vertiente solidaria para tratar de compensar las incoherencias argumentales en las que cae una y otra vez el filme. Al leer las cifras sobre niños soldado que figuran al final de la película, da la impresión de estar frente a un recorte del último boletín de Intermon Oxfam que se ha colado, casi por accidente, en la cinta de proyección. Dentro de poco, los capítulos de Benni Hill finalizarán con unos subtítulos que avisarán del serio riesgo que implica la obesidad, y Grease alertará de los peligros que tiene a largo plazo una utilización abusiva de gomina y  laca.

“Diamante de sangre” es una prueba más de lo comercial que resulta descodificar los problemas del tercer mundo y servirlos junto con unas patatas fritas y un vaso de coca cola. Mientras se siga vendiendo en el cine situaciones complejas de manera tan simplista, no se podrá hablar de solidaridad, sino de mero entretenimiento al que se deberá juzgar únicamente por la buena o mala calidad de su realización. Y en este sentido, “Diamantes de sangre” no llega al aprobado.

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