“Te quiero porque me das de comer”, transgrediendo la oscuridad

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David Llorente firma una de las mejores y más rompedoras propuestas literarias en mucho tiempo. Una exquisita reformulación del género negro tan brillante y original como siniestra y adictiva.

comrEn primer lugar, me gustaría felicitar a Editorial Alrevés por arriesgarse a apostar por títulos tan valientes como Te quiero porque me das de comer. En segundo, advierto desde ya lo difícil que me va a resultar escribir esta reseña evitando usar el tópico “una novela que no dejará indiferente a nadie” y quizá también lo complicado que puede resultarme convencerles de que en esta ocasión esta muletilla es más que cierta. De hecho comenzar a leer la novela de David Llorente puede producir dos efectos contrarios ya no sólo en cada lector sino también en uno solo; preguntarse “qué demonios es esto” con perplejidad airada y dejar de leer de inmediato o preguntarse “qué demonios es esto” con perplejidad gozosa y continuar leyendo de manera adictiva mientras se aplaude con cualquier parte del cuerpo que no nos impida sujetar el libro.

Ya, pero “¿Qué demonios es esto?”, se preguntarán ustedes. Pues esto es una novela de forma prodigiosa y cuyo fondo no puede desdeñarse. Para hacernos una idea aunque peregrina de lo que estamos hablando les pido que imaginen a un José Saramago con muy mala uva escribiendo Cámara Gessell desde un bar de Carabanchel. Si no son capaces de imaginar algo parecido van por el buen camino porque es difícil comparar cualquier cosa con Te quiero porque me das de comer. Aunque lo ideal sería que el lector descubriera la magnífica propuesta planteada por David Llorente, voy a tratar de concretar un poco. Estamos ante una novela negra (detesto las etiquetas pero había prometido concretar) que carece de puntos y aparte y de separaciones entre párrafos más allá de los de cada capítulo, que abusa deliciosamente de los dos puntos y los paréntesis, que entremezcla a menudo en cada frase múltiples historias y personajes así como recetas de cocina, partes del cuerpo, listados de películas o libros, composiciones de drogas y un largo etcétera.

Lo mejor y más sorprendente de todo es que el resultado de toda esta aparente locura y decidido y aplaudible desprecio por cualquier clase de norma estilística y quizá incluso gramática es completamente excelente. Llorente consigue crear una sensación de desasosiego en una atmósfera propia y, sobre todo y de manera excelsa, la percepción en el lector de que la trama (y/o tramas) discurren de manera simultánea. De esta manera el autor va perfilando una desquiciada pero fabulosa radiografía humana y criminal del barrio de Carabanchel presentándonos personajes y las historias de estos como quien va juntando las piezas de un puzle tan gigantesco como complejo. Todos ellos, retratados con sus vilezas (muchas) y grandezas (pocas), van girando en torno a una figura central, la de Max Luminaria, un asesino en serie a la altura de los mejores villanos de la historia de la literatura. Ignoro la fidelidad de Llorente hacia la realidad de este barrio en la época que trata (principios de los 90 y de 2000) pero creo que opta por una especie de deformación hiperbólica y pesadillesca del entorno como vehículo para aproximarse a una verdad más absoluta. En este sentido Max Luminaria sería, si no una víctima o causa de la sociedad, sí un resultado inevitable, una suerte de Frankenstein creado con múltiples retazos del mal que le rodea y, por ende, dueño de la maldad absoluta.

Pese a la contundencia y dureza de muchos pasajes de Te quiero porque me das de comer, el autor puebla de forma inteligente toda la novela de un humor negro y sarcástico pero también brillante y útil para descargar la tensión acumulada. A su vez el libro está teñido de guiños y referencias, como ese personaje llamado David que quiere ser escritor y un buen mal día decide coger un avión y largarse al extranjero, lejos de la demencia cotidiana del barrio. Por último, el final de la novela es absolutamente magnífico, y  pone la guinda a una lectura tan sorprendente como exquisitamente soberbia que vaticino hará historia y que, lo siento pero me estoy mordiendo la lengua, les aseguro que no dejará indiferente a nadie. Perdón.

 

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