Tan frágil que podrías romperlo

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El pasado 4 de enero, durante el concierto que Nacho Vegas (Gijón, 1974) ofreció en la sala Joy (llenazo absoluto), me alegré de no ser un fan de ninguna celebridad humana (y eso que admiro a unas cuantas). Los que seguimos a Vegas desde tiempos remotos (bueno, no quiero exagerar: al menos desde antes de que hubiese saltado a la palestra con El tiempo de las cerezas, el disco que hizo a medias con Bunbury en 2006) solemos asistir a la escucha de historias (y me refiero, más allá del gusto por la narración, al sentido sistémico, porque juntar palabras rimadas puede hacerlo cualquier hijo de vecino: así vamos) sobre tipos atormentados con un silencio sepulcral. Un silencio que en la lírica (donde estamos obligados a rellenar tantos vacíos), como apuntara José Ángel Valente, debe escucharse antes que las palabras. Sin embargo, en la sala madrileña, no pocos novatos en asuntos poéticos ofrecían coreografías absurdas («¡La de Katy Jurado!», no paraba de gritar un grupillo con los brazos en alto, refiriéndose a «La pena y la nada», una de las más aburridas composiciones del asturiano) que impedían concentrarse en el placer del texto. Miedo me da el morbo de esas chicas que gritan «¡tío bueno!» y saltan al escenario antes de los bises a abrazar a su ídolo más decadente. Miedo me da el heavy de turno (a mi lado había uno) que se queja («¡Esto no es un karaoke!»)… cuando, paradójicamente, a él se le escucha en la primera fila tanto como al propio cantante. Miedo me da, en suma, que semejante griterío pueda romper a ese chaval (algunos le dicen caballero) tímido y enjuto que extrae virtud de la duda… Y eso, ¡ay!, no se paga con achuchones ni euros.

Todo comenzó un cuarto de hora más tarde de lo previsto (a las 21:15 h.) con «La plaza de la Soledá». Un cuarteto eléctrico conducido por ese obrero del folk-rock que es Xel Pereda, quien tuvo algún problemilla con la afinación y el volumen de su guitarra a lo largo del concierto, sonó desde el primer momento punzante, crepuscular…, sin necesidad de utilizar ningún tipo de procedimiento onanista. Por su parte, Nacho (guitarra en mano) se dedicó a estrujar las palabras y a medrar en los coros (ese registro agudo tan característico), resultando, como viene siendo habitual, menos afectado que en algunas grabaciones. Si bien es cierto que hubo momentos de todos sus LP’s en solitario, el cantautor se concentró en su actual Manifiesto desastre (Limbo Starr, 2008). Así, llegó «Dry Martini, S. A.»… y, a pesar del maldito bullicio, no pude ocultar mi estado de excitación. Es ésta una canción larga (sin embargo, no resulta nada pesada: hay mucho colorido en la parte vocal y en el piano de Abraham Boba) con la que nos sentiremos identificados todos aquellos seres solitarios que vivimos sólo a ratos en un mundo dominado por la podredumbre sentimental. Hay quien ha hablado de ida de olla para referirse al mentado sexo anal (S. A.), cuando yo veo ahí la metáfora perfecta del deseo brutal hacia una deliciosa persona que tal vez sólo existe en nuestra cabeza. Un juego que terminará, para nuestro daño, siendo real.

A mí es ese Nacho sarcástico («…y me pregunto si esto será lo más profundo que te voy a conocer jamás», dice refiriéndose a la práctica anal) el que más me atrae últimamente. Como el de «Lole y Bolan (un amor teórico)», otra canción del último disco en clave glam que, desgraciadamente, no interpretó. O como el de «Secretos y mentiras» (de El tiempo de las cerezas), en donde escupe un verso tallado a imagen y semejanza de tantos fans alienados: «Por favor, decídame la eternidad». También me gusta (volviendo al último disco) el Nacho sureño y pegadizo de «Crujidos» (magnífico, por cierto, el cajón flamenco de Manu Molina): «Es jodido, ya lo sé, pero no es dramático»: ¡qué mensaje neorrealista! Por el contrario, me resultan pesadas algunas canciones como «Mondúber» o «El tercer día». E incluso «Morir o matar», que es un tema bien narrado, con mayor altura que los dos anteriores, pero tal vez demasiado predicado en el cancionero del asturiano… El equilibrio se encuentra, bajo mi punto de vista, en «Detener el tiempo», que define la obra de Dylan, acaso el mejor parapeto contra la tormenta.

Sirvan, en fin, estos apuntes para constatar que la evolución del asturiano desde aquellos prometedores Actos inexplicables (2001) es de Perogrullo. Y en la mejor línea actual que he comentado (economía verbal, concisión, tensión, ironía, estribillos llamativos y punzantes…, sin perder la capacidad de contar cantando) debe seguir ahondando en sus próximos proyectos Vegas. El hombre que obra milagros cuando nosotros le entregamos el silencio.

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Fuentes de la información:
Casa del Libro
Fuentes de las imágenes:
Daniel Carretero (heineken.es)

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Periodista cultural y escritor nacido en Santiso de Abres (Asturias), en 1987. Es licenciado en Periodismo por la Complutense y Máster en ‘Investigación en Periodismo: Discurso y Comunicación’ por la misma universidad, donde ultima su tesis: ‘La metáfora en la poesía de Antonio Martínez Sarrión’. Es jefe de la sección de Folio en Blanco en LA HUELLA DIGITAL y colabora en el diario lucense ‘El Progreso’, en cuya redacción ha trabajado. Ha escrito artículos culturales para diversas publicaciones, como el periódico asturiano ’La Nueva España’ o ‘Revista de Letras’ (canal oficial de libros de ‘LaVanguardia.com’). Es autor del poemario ‘Camas de hierba’ (Vitruvio, 2011). Su lírica ha aparecido en diversas revistas poéticas y ha sido antologada en las obras colectivas ‘Amores infieles’ (2014) y ‘La primera vez… que no perdí el alma, encontré el sexo’ (2015), ambas editadas por Sial-Pigmalión y coordinadas por Antonino Nieto Rodríguez. También ha participado como narrador en ‘Cuentos y reencuentros’ (Laria, 2009), antología colectiva coordinada por Tino Pertierra. Escribe letras en gallego —su lengua vernácula— para la banda Foxnola. El líder de dicho grupo, Abel Pérez, musicó, para su anterior proyecto musical (Os Folkgazais), un poema de Acebo, ‘Desafío’.

2 Comentarios

  1. “Es jodido, ya lo sé, pero no es dramático”escribir una crónica sobre alguien tan grande (y tan pequeño subido al escenario, escondido en esa “frágil” melena) es difícil plasmar en palabras sus acordes, sus agudos y esdrújulos, pero no dudaba en que una vez más lo conseguirías.
    Y no es hombre de masas, de gritos, “de cachondo”, “de tio bueno” es hombre de silencios, de decir cantando lo que no dice hablando. Y escuchando semejantes gritos seguro pensaba: “Y a veces oigo a las ratas que roen la pared. Les doy papel de estraza del que uso yo para sacar la tinta de la piel”…
    Un concierto para cantarle al aire, y yo sin entrada porque se la había llevado el chico del karaoke o la chica acosadora, vete a saber…
    Nos quedará, menos mal, el Dry Martini S.A y su PLAS, PLAS que suena a aplauso con este desastre manifiesto.

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